viernes, 3 de junio de 2011

LA URRACA

Cuentan los que saben, y no suelen ser muchos los que saben, que la escritura es un arte solitario. Un arte que necesita de soledad, de concentración, de inspiración, de talento y, sobre todo, de trabajo, mucho trabajo.
La inspiración es a veces esquiva, a veces generosa. Uno puede andar durante semanas, cual poeta romántico, vagando por playas y montañas, otras veces se puede encerrar en lo más oscuro de los templos o darse un baño de multitudes; en vano.
Y otras, simplemente la vista de una ardilla o de una gaviota concita una catarata de ideas que lleva al relato, al poema o la novela.
El otro día, después de haber estado cinco horas por la mañana en la caseta de Maidhisa en Madrid, Belén y yo nos tendimos en el césped del parque del Buen Retiro, hasta que volvieran a abrir las casetas de la Feria del Libro. Hacía una tarde típica de la primavera madrileña, con buena temperatura, nubes y claros, con golondrinas surcando los altos cielos velazquianos.
Mientras descansábamos contra el tronco de un plátano de indias, veíamos la vida asilvestrada entre los paseantes y los tumbados: la fauna de palomas, tórtolas y perros de compañía me saltaron a la vista en primer lugar -literalmente-; después fue la discreta presencia de ardillas de cola emplumada y multitud de urracas parlanchinas, que competían por las nueces y las ramas libres.
Siempre me gustaron las urracas -que de las ardillas hablaré en otra ocasión-. Los hermosos córvidos han sido objeto de leyendas y prejuicios desde la más allá de la Edad Media. Los anglos las consideran dignatarios de mala suerte. Los alemanes, italianos y franceses le atribuyen facultades de taimadas e inteligentes y en España abundan en el folclore popular, unas veces como emisarios de mal fario y otras, de forma opuesta, se utilizan incluso en el Alto Aragón para designar a una mujer bella.
También ha sido fuente de inspiración para relatos populares; así, el mismo Hergé, utilizó a la urraca para hacerla responsable del robo de las joyas de la Castafiore en el episodio homónimo de Tintin, mientras que Rossini, la hizo estrella en una de sus óperas, La gazza ladra, también como ladrona.
En cuanto a mí, la urraca, ese bello, elegante e inteligente córvido bicolor, va a protagonizar un relato en ciernes, del cual estas líneas son sólo un preludio. 

2 comentarios:

cosas de poca importancia dijo...

A mí los medianos o grandes pájaros siempre me han provocado desconfianza; y más si en ellos predominan tonos oscuros y encima se mofan con sonidos iguales de lo que creen entender al vuelo con su inteligencia aligerada. Pero en tu pluma un relato de ladrones alados, o lo que te inspiren los animales del Retiro, fijo que queda esplendoroso y maqueado.

Antonio Cabrera Cruz dijo...

Amigo de las cosas de poca importancia: A mí, por contra, siempre me gustaron las aves: todas son para mí de buen agüero. Cuando estoy perdido en mis pensamientos suelo levantar la vista y buscarlas. No hay nada más tranquilizador que ver el alto vuelo de la gaviota sobre el mar o el coqueto salto alado de la alpispa junto a la acequia (Néstor Álamo dixit).