lunes, 31 de octubre de 2016

Enrique Mateu, Bob Dylan y un perinqué

Quede advertido el amable lector: este artículo no es objetivo. Es imposible que tenga un solo gramo de imparcialidad. No la tiene ni la pretende. No soy el hombre indicado para ello en este caso.
Enrique Mateu es mi amigo. Desde este privilegio he podido admirar como ha parido su obra en los tiempos recientes, como ha dedicado el cuerpo y el alma a la creación, como se ha comido las noches y devorado los días, como ha ido urdiendo la trama de los tejidos que nos presenta en una exposición en el Museo Poeta Domingo Rivero de Las Palmas de Gran Canaria, mientras recopilaba su música, desarrollaba empresas y diseñaba nuevos proyectos.
He sido testigo del proceso de composición de algunas músicas, arrancando fragmentos a las mareas, a las nubes y hasta el mismo sol, rasgando la madera de un piano como una termita o amaestrando un perinqué con una batuta de miel. He navegado con él una singladura azarosa en un cayuco senegalés rumbo a Maspalomas. He compartido un Jaguar C-Type por la pista de Le Mans con él y he contemplado como hacía música tapando con un calcetín un motor de seis cilindros. Después de todo esto y algunas otras aventuras no se puede ser neutral.
La exposición de imágenes presentadas en sociedad el pasado lunes 17 de octubre sólo es un fragmento de su pasión creadora. Durante los más de cuarenta años de carrera musical que refleja su biografía (Véase www.enriquemateu.com), más de 100 discos llevan su firma. Aunque solo fuese por su faceta musical merece ser reconocido y apreciado.
La inquietud insaciable de Enrique ha hecho que siga investigando, emprendiendo y creando obras con su inconfundible sello personal, buscando nuevos caminos para expresar su creatividad, explorando territorios, a priori, vedados, mezclando no sólo técnicas diferentes, sino distintas Artes.
Tres días antes de que Enrique Mateu inaugurara su exposición donde ‘la música se puede ver y la pintura se puede oír’, la Academia Sueca de los premios Nobel, le concedió el premio de Literatura a Bob Dylan, causando un terremoto en el público mundial interesado por la Cultura y una gigantesca controversia en los campos de Marte de la Literatura, donde muchos escritores se han sentido afrentados por la ‘ocurrencia’ de la Academia escandinava, de premiar a un ‘cantautor’, clamando al cielo, gritando: ¡Sacrilegio!
Durante la segunda mitad del siglo XX y los principios de este vertiginoso siglo XXI, las Artes clásicas, como la Literatura y la Música están perdiendo terreno y ‘consumidores’ ante el avance de nuevas tecnologías y de creadores que están buscando esas nuevas ‘artes’ cibernéticas para crear.
Los gustos de los ‘consumidores’ (permítanme hacer uso de este término) han cambiado radicalmente y cada vez es más complicado encontrar lectores u oyentes que quieran exclusivamente uno de estos ‘productos’ culturales aislados; y esto sólo es el principio.
Cada vez hay más ‘consumidores’ de productos culturales que reclaman y adquieren productos multimedia, muchas veces a la carta: las series, los videojuegos e, incluso la música, recurren a la combinación de muchas artes. Los creadores de música popular saben que la forma de llegar al público es la combinación de ésta con imágenes en vídeos compartidos en plataformas digitales.
Enrique Mateu ha ido evolucionando sin parar hasta trascender más allá de su Arte predilecta. La exposición de ‘pinturas sonoras’ y/o ‘sonidos gráficos’ es una muestra de esa permeabilidad entre artes. La página web de referencia es otra muestra de su deseo de visibilidad y trascendencia en estos tiempos de exposición cibernética.
Todavía hay artes como la Literatura que se mantienen, en cierta medida, de forma autónoma, utilizando la letra impresa como se hacía en el siglo XIX; aunque cada vez más se ve la necesidad de combinar el medio de expresión escrito con imágenes y música. Las portadas vistosas, los ‘book-trailers’ y los vídeos empiezan a ser incorporados de forma tímida por algunos escritores como formas de llegar a un mayor espectro de público, siquiera como forma publicitaria.
Personalmente creo que está llegando un nuevo tiempo para los creadores de las distintas artes, un tiempo en evolución, donde la mezcla de medios, de elementos, de técnicas será esencial para llegar al nuevo ‘consumidor’. Esto además requerirá la colaboración de creadores procedentes de distintos sectores.
Todo ello servirá para ganar público en sectores que nunca se han aproximado a cada una de estas manifestaciones creativas aisladas. Enrique Mateu se muestra clarividente para convertirse en un pionero de la multimedia artística. Su perfeccionismo, sus conocimientos y su calidad serán clave para alcanzar estos objetivos, porque ‘los tiempos están de cambio’. ¡Pasen y vean!
he times they are a-changin’

Come gather around people
Wherever you roam muevan
And admit that the waters
Around you have grown
And accept it that soon
You’ll be drenched to the bone
And if your breath to you is worth saving
Then you better start swimming or you’ll sink like a stone

For the times they are a-changing

For the times they are a-changing

Come writers and critics
Who prophesize with your pen
And keep your eyes wide
The chance won’t come again
And don’t speak too soon
For the wheel’s still in spin
And there’s no telling who that it’s naming
For the loser now will be later to win
Cause the times they are a-changing

Come senators, congressmen
Please heed the call
Don’t stand in the doorway
Don’t block up the hall
For he that gets hurt
Will be he who has stalled
There’s the battle outside raging
It’ll soon shake your windows and rattle your walls

For the times they are a-changing

For the times they are a-changing

Come mothers and fathers
Throughout the land
And don’t criticize
What you can’t understand
Your sons and your daughters
Are beyond your command
Your old road is rapidly aging
Please get out of the new one if you can’t lend your hand

Cause the times they are a-changing

Cause the times they are a-changing

The line it is drawn
The curse it is cast
The slowest now
Will later be fast
As the present now
Will later be past
The order is rapidly fading
And the first one now will later be last
Cause the times they are a-changing

Cause the times they are a-changing

Bob Dylan (1963)
Los tiempos están de cambio

Vengan y reúnanse, gentes,
por donde quiera que se muevan
y admitan que las aguas
alrededor de ustedes han subido.
Y acepten eso pronto,
ustedes se empaparán hasta el hueso
y si su aliento les merece la pena salvarlo,
entonces es mejor que empiecen a nadar o se hundirán como piedras,

porque los tiempos están de cambio,

porque los tiempos están de cambio.

Vengan escritores y críticos
que profetizan con pluma,
mantengan sus ojos abiertos,
la oportunidad no vendrá de nuevo
y no hablen demasiado pronto
porque la ruleta todavía está girando
y no hay predicción sobre a quien designará,
para el perdedor es ahora tarde para ganar,
porque los tiempos están de cambio.

Vengan senadores y congresistas (diputados)
Por favor, hagan caso a la llamada,
no se queden en el camino,
no bloqueen el salón,
porque aquel que se hiera
será el que se estanque.
Ahí afuera hay una batalla rugiendo,
pronto estremecerá sus ventanas y crujirá sus muros,

porque los tiempos están de cambio,

porque los tiempos están de cambio.

Vengan madres y padres
a través del país
y no critiquen
lo que no puedan entender,
hijos e hijas
están más allá de sus órdenes,
su antiguo camino está envejeciendo;
por favor, pónganse fuera del nuevo si no pueden ayudar.

Porque los tiempos están de cambio,

porque los tiempos están de cambio.

La línea se ha trazado,
la maldición se ha pronunciado,
el más lento ahora
será más rápido después,
como el presente ahora mismo
se pasará después.
El orden se está desvaneciendo rápidamente
y el primero de ahora será el último después,
porque los tiempos están de cambio

porque los tiempos están de cambio.

Traducción de Antonio Cabrera Cruz (2016)

miércoles, 3 de agosto de 2016

El juego de la mosca (¡Pikachu, Presidente!)

Esta entrada apareció primero en CanariasCultura

Hace unos diez años, cuando todavía tenía responsabilidades sindicales, iba al frente de una manifestación de enseñantes, portando una pancarta reivindicativa junto con otros líderes. La manifestación transcurría por la calle León y Castillo en dirección a la sede del Gobierno de Canarias al ritmo de altavoces y lemas reivindicativos.
Nos movíamos lentamente, ocupando la céntrica vía. Un millar o dos de docentes marchábamos reivindicando la Escuela Pública y la estabilidad del profesorado interino con un ambiente festivo, que aprovechábamos para charlar con aquel compañero de la época de Fuerteventura o aquella compañera de los tiempos de los equipos de Educación Compensatoria, todos ya entrados en canas y experiencias, marchando al cansino ritmo de la demostración laboral.
Según nos acercábamos a la plaza del Dr. Rafael O’Shanahan, los cánticos empezaron a hacerse más críticos con algunos miembros del Gobierno de Canarias, sobre todo con el recién elegido Paulino Rivero: “Escucha, Paulino, esto no está fino”, “Rivero, atiende, la Escuela Canaria no se vende” y algún otro que prefiero no repetir aquí.
En un momento de la marcha alguien empezó a cantar: “Pikachu presidente” y el inmenso coro lo repitió multiplicando el efecto: “¡PIKACHU PRESIDENTE!”, ¡”PIKACHU PRESIDENTE! Confieso que, sin entender lo que decía, yo también coreé el lema: ¡Pikachu presidente!
Después de un rato, en un ambiente de jolgorio, me atreví a girarme al compañero de pancarta que tenía más cerca y le pregunté:
– ¿Quién es Pikachu, Juan?
El interpelado era Juan Viera, quien por aquel entonces era mi homólogo Secretario Insular de la Federación de Enseñanza de CC.OO., me miró con cara de asombro y, sonriente, me respondió:
– ¿Tú no tienes hijos, verdad, Antonio?
– Pues no, ni hijos ni sobrinos-, le respondí.
– Entonces se entiende -me dijo con displicencia-. Pikachu es un Pokémon, un dibujo animado y todos los chiquillos saben quien es. Sale en la televisión y en los juegos de Game Boy.
– No tengo televisión ni consolas, Juan – me atreví a confesarle, un poco avergonzado.
No hubo más diálogo. Juan se me quedó mirando como quien encuentra a un ser extraño en medio de la calle, se sonrió, me palmeó la espalda y continuó coreando los cánticos: “Si esto no se arregla, leña, leña, leña”;   “Si esto no se apaña, caña, caña, caña”.
Han pasado muchos años y todavía sigo viviendo sin tener televisión, pero ahora ya sé quién es Pikachu y muchos de sus congéneres, sobre todo gracias a Internet y las nuevas aplicaciones de los creadores de “Pokémon Go”.

Recientemente he visto a decenas de personas, mirando las pantallas de sus teléfonos móviles y marchando hipnotizados por la calle, buscando a esos bichitos virtuales, sin pararse a contemplar el mundo real que los rodea. Los he visto mientras la puesta de sol teñía de rojo el atardecer de la playa o tapando la brillante luz matutina filtrada por las ramas de un ficus majestuoso delante de la Biblioteca Municipal, para mejor ver la ilusión óptica del Pokémon.
Me parece que los cánticos de aquella lejana manifestación de 2007 han resultado premonitorios y Pikachu se acerca a una presidencia, al menos a la de los tiempos libres y de ocio de muchas personas, tanto adultas como menores. El uso de las posibilidades lúdicas de los aparatos táctiles está revolucionando las actividades de nuestra sociedad. Muchos adultos han descubierto las posibilidades de evasión (¡y adicción!) que permiten algunas de las nuevas aplicaciones interactivas, que entretienen y divierten.
Los menores, que han nacido y crecido en este nuevo escenario de aparatos interactivos e adictivos, son víctimas ideales de las características negativas de esta era “pokémones”.
Es difícil encontrar niños que no conozcan los juegos más adictivos, cada uno con una mitología y una parafernalia de seres virtuales, sean los ya “tradicionales” “Pokémon” o los más recientes “Minecraft”. La mayoría de mis alumnos cuentan con artilugios electrónicos como móviles o tabletas y pasan gran parte de su tiempo de ocio ocupados con ellos. Conocen quién es quién, qué características posee cada uno, cuáles se neutralizan entre sí, los que son positivos y los negativos.
Es un fenómeno imparable. Es difícil encontrar algún niño que no disponga de consola, móvil o tableta desde temprana edad. Cuando no es el propio es el de alguno de sus progenitores, que se lo dejan para que se ”entretenga”.
Este entretenimiento virtual exagerado es muchas veces el centro de su interés diario, requiriéndoles una concentración plena y, evidentemente, esto los distrae de otros centros de interés más convencionales, como la interacción con otros niños, los aprendizajes escolares e, incluso, los juegos reales. En algunos casos, es muy complicado motivar a determinados niños con aprendizajes tradicionales para los que se usan medios “decimonónicos”, como la pizarra y los libros.
Muchos se quejan de que se aburren. Los juegos estáticos de las consolas no les permiten liberar su exceso de energía. Y después de horas de ejercicios dactilares en las pantallas repiten: “me aburro”.
El aburrimiento es como un fantasma al que todos temen. Algunos padres piensan que un niño aburrido es algo peligroso y se le busca todo tipo de actividades para que no caigan en ello. Las agendas de muchos niños están repletas de actividades desde el amanecer hasta la noche: colegio, comedor, clases de piano, de tenis, de natación, de ballet, de francés o de chino y, entre todas ellas, la consola o la tableta para “entretener”.
Pocos padres o educadores piensan en la necesidad de la pausa, de la inactividad positiva o de la reflexión, para un crecimiento equilibrado de la personalidad.
Recuerdo a mi padre, después de quejarnos alguna vez en la niñez junto con mis primos: “estamos aburridos”, decirnos:
– Jueguen al juego de la mosca.
– ¿Y como se juega a ese juego, papá?
– Es muy fácil, se sientan tranquilos en un sitio, sin hacer nada, pensando en calma y repasando las ideas hasta que una mosca se pose sobre uno de ustedes. Ése gana. Seguro que mientras tanto habrá pensado en algún juego o tendrá alguna historia que contar…
El juego de la mosca nunca tuvo demasiado éxito entre aquel grupo de primos y siempre pensamos que era otra estratagema de mi padre para quitarnos de encima y poder dormir la siesta tranquilo; aunque alguna vez jugamos en los tórridos veranos de La Lechucilla bajo las parras llenas de racimos, soñando con los ojos abiertos y picoteando las uvas maduras hasta que una mosca se posaba sobre una mancha azucarada en nuestra ropa: “Antonio, te toca contar lo que estabas pensando…”
Confieso que nunca había pensado en la profundidad del consejo de mi padre hasta este artículo, surgido entre los calores y las moscas de este verano de investiduras fallidas, pokémones y atentados fanáticos.
P.D:  No sé si Mariano Rajoy ha jugado al juego de la mosca alguna vez, pero creo que lo practica muy bien...

miércoles, 27 de julio de 2016

EL VIAJE EN EL TIEMPO

Esta entrada apareció primero en Canarias Cultura

Hoy he disfrutado un viaje en el tiempo. Soy un afortunado, lo reconozco. Y he vuelto para contarlo, como corresponde, porque no todos los días uno se convierte pasajero de un original y personal “anacronópete”.

Convengamos que cada día es más fácil viajar en la dimensión espacial: uno se sube a un avión de esos que las líneas aéreas han creado para embarcar el mayor número posible de personas, denominándolos “low cost” y queriendo decir “low comfort”, y ¡zas! después de varias horas, uno llega a otro aeropuerto con las piernas hinchadas y el malhumor proverbial causado por las apreturas.
El turismo de masas es la droga del momento. Viajeros de toda condición y edad cruzan los cielos en busca de mundos perdidos, de ciudades exóticas y playas con olor a crema solar, evadiéndose de esa oscura oficina de Londres, aquella fábrica gris de Rüsselsheim o la granja verde de Brabante por unos días.
Confieso que alguna que otra vez  yo también me he embarcado en alguna de esas naves de tortura de meniscos lesionados rumbo a Madrid, Roma o París, buscando cultura y civilización.
Soy otro viajero más y mis andanzas por ahí son poco singulares.
En cambio, mi viaje en el tiempo merece su crónica. Pero antes les pongo en antecedentes:
El “Anacronópete” que mencionaba en el primer párrafo es una máquina de viajar en el tiempo, inventada en 1887 por el escritor español Enrique Gaspar y Rimbau, quien describe los viajes en el tiempo de una máquina construida a tal fin. El nombre del artilugio viene del griego “Aná”, que significa atrás, “Crono”, el tiempo y “Petes”, el que vuela.
En la novela, con formato de zarzuela y estructurada en tres actos, se habla de un científico español, Sindulfo García, que presenta en la exposición universal de París de 1878 una máquina, el “anacronópete”, capaz de viajar en el tiempo, merced al fluido denominado García.
El libro de Gaspar se adelanta en ocho años a la publicación de H.G. Wells, “The time machine”, donde el escritor de ciencia ficción habla de una máquina de curiosas similitudes a la de Gaspar. Podemos afirmar que el invento de la máquina del tiempo es español.
Los seres humanos hemos fantaseado desde siempre en poder viajar al pasado o al futuro, para curiosear, para cambiar algunos acontecimientos personales o históricos e, incluso, para evadirnos de nuestro destino final.
El difunto empresario José María Ruiz Mateos atesoró durante su vida una considerable colección de relojes desde el siglo XVI hasta el XIX, que hoy se pueden contemplar en Jerez, junto con una colección de bastones y otros artículos personales.
Son valiosos ejemplares dignos de palacios reales y casas nobiliarias. El empresario y político fue empresario modelo durante el franquismo y después autor de escándalos sonados, quiebras de negocios y de pleitos legales (casi callejeros) con el antiguo ministro socialista Miguel Boyer.
El empresario se dedicó durante su periplo terrenal a coleccionar -entre otros artículos- los aparatos medidores del tiempo hasta llegar a 302, como si su posesión le pudiese librar del paso inexorable del griego Cronos.
Hoy día ambos contrincantes, Ruiz-Mateos y Boyer, han pasado a la Historia, sin haber podido detener el tiempo y sus relojes se han quedado atrás para medir el tiempo de otros.
Conserva mi madre un reloj de sobremesa que perteneció a mi bisabuelo, José Cruz Tejera. Ese viejo artilugio cruzó dos veces el Atlántico en el tránsito del siglo XIX al XX, protegido por una caja de cañas en las manos de mi bisabuela materna, María Luisa Rodríguez Hernández. El reloj no tiene siquiera marca. Su maquinaria es muy sencilla y algunos de sus engranajes han perdido dientes y la precisión de antaño. El muelle de la cuerda está roto y habría que fabricar una reproducción para que volviera a marcar las horas y las medias.
Como muchos otros emigrantes canarios, el matrimonio viajó hasta Montevideo en Uruguay a bordo de un vapor que hacía la ruta desde Canarias hasta el Mar de la Plata, buscando mejor futuro.
Mi bisabuelo tenía alguna experiencia previa como agricultor y jardinero,  pero sobre todo poseía una curiosidad innata y muchos deseos de aprender. Después de algunas experiencias poco motivadoras en Argentina, consiguió empleo en la vecina Uruguay, como jardinero en una gran estancia del sur del país, propiedad de un terrateniente norteamericano.
Allí perfeccionó sus conocimientos sobre floraciones, injertos, polinizaciones y semilleros. Esta etapa coincidió con el florecimiento de la jardinería ornamental del país, la inauguración del Jardín Botánico de Montevideo y el auge de la economía de la República Oriental del Uruguay.
A pesar de que las cosas le iban bien, mi bisabuela María Luisa no terminaba de aclimatarse a aquellas tierras húmedas y le pidió a su esposo regresar de nuevo a Canarias. Y así lo hicieron. El matrimonio Cruz Rodríguez volvió a Gran Canaria en la primera década del siglo XX, sin olvidar el querido reloj.

Los conocimientos adquiridos en la República Oriental le resultaron claves para conseguir el puesto de jardinero mayor en los alrededores del Hotel Santa Catalina. Los propietarios ingleses necesitaban quien mantuviera los jardines alrededor del primigenio edificio de madera y los conocimientos de maestro José fueron esenciales para mantener las rosaledas y arboledas, los olivos y las palmeras. Al poco tiempo los propietarios ingleses decidieron promover a mi bisabuelo al puesto de jardinero mayor, poniendo a su disposición una pequeña casita situada a medio camino entre los tres olivos centenarios y los estribos del estanque. Allí crecieron los cuatro hijos del matrimonio hasta que empezaron a emanciparse. También fue la primera casa de mis abuelos maternos y el lugar donde nació mi madre un día de abril de 1928.
Cuando la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria adquirió la propiedad del hotel y los jardines adyacentes, también mantuvo el empleo y la casa del maestro jardinero hasta su fallecimiento. Cuando visito el actual parque Doramas no dejo de observar los rosales, las palmeras altivas y los olivos centenarios de troncos retorcidos, sentado en los muros de una pequeña fuente de cabeza de león. Allí, entre el rumor del agua y del viento a través de las hojas, laten los recuerdos del tiempo de mi bisabuelo, mejor que en el más precioso de los relojes hechos por la mano del hombre.

miércoles, 22 de junio de 2016

LA REGLA DE LAS QUINIENTAS PALABRAS

Crítica del libro de Moisés Morán Vega, “Medio minuto para morir”


portada medio minuto para morir



 Este artículo se publicó primero en Canarias Cultura

Hace poco tiempo que conozco a Moisés Morán Vega. Lo conocí en una de las raras ocasiones donde me dejo ver por los eventos culturales de Las Palmas de Gran Canaria, en las tertulias organizadas por Ramón Betancor en el Palacete Rodríguez Quegles, bajo el título de “Redgeneración literaria”, donde compartimos mesa.
Hemos trabado una de esas raras amistades entre literatos, por lo común más dados a la envidia  profesional que a la cooperación, que ha desembocado en el encargo de presentarlo en uno de los escasos café-teatro de la ciudad, el “Bambalinón”, donde hemos compartido unas horas haciendo entrega de ejemplares de su última novela, “Medio minuto para morir”, a los mecenas que han colaborado en la edición de la misma, vía ese nuevo término de financiación participativa, el “crowdfunding”.
Los escritores somos lo que escribimos, vivimos de nuestros textos, de las ideas en las que creemos, soltamos el lastre que nos pesa en la sentina de la creación; respiramos para los personajes que creamos, vivimos para escribir, escribiendo lo que somos, desenmascarados en nuestras propias palabras.
Moisés Morán Vega es un artesano de la palabra, las esculpe a cincel en sus textos, día a día, tecleando un río que fluye incesante, “al menos quinientas palabras cada día” -confiesa-, rumbo al horizonte creativo de los escritores de buena raza.
Es un autor prolífico que crea como un demiurgo, novela tras novela; ora novelista, ora dramaturgo, siempre escritor; y más ahora que se ha comprado la libertad mediante la excedencia de su cómodo puesto de funcionario.
Uno  bien se puede imaginar a Moisés Morán Vega como pirata en su novela “Alí, el canario”, como Armiche, el ecologista adolescente en “Salvar al lagarto Tamarán” o como el detective Rafael Fabelo en “Medio minuto para morir”.
Sé, por propia experiencia, el poder de absorción de los personajes que creamos los escritores. Casi siempre, el creador omnisciente que pretendemos ser, acaba siempre engullido por la ficción que novelamos. La coherencia de las historias requiere que nos metamos en la piel de cada personaje; y cuanto mejor lo hagamos, más verosímil será el resultado.
“Medio minuto para morir” es la mejor obra que he tenido oportunidad de leer del autor y lo es porque Moisés ha logrado meterse en la piel de cada uno de los personajes, rindiendo homenaje a  los que lo han convertido en uno de los mejores novelistas de la actualidad. Destilan las páginas pequeñas gotas de referencias a Sir Arthur Conan Doyle, omnipresente el espíritu de Sherlock Holmes por la primera parte de la novela.
El cine es otra referencia imprescindible en la novela, donde uno tiene la sensación de pasar los momentos de relax de la novela, recordando las sesiones dobles del cine Scala o del cine Plaza de la adolescencia del escritor.
Pero es la vela latina, donde el autor, minervista de toda la vida, demuestra el conocimiento íntimo de ese mundo de pescadores, cambulloneros, regatistas y apostadores, que en su momento le sirvieron para obtener el doctorado en Educación Física.
El protagonista principal de la novela, el inspector Rafael Cabello, debe resolver unos crímenes relacionados con las regatas y no duda en disfrazarse de apostador, tomando el alias de ¡Moisés Viera! El autor no ha dudado un momento en convertir un heterónimo suyo en protagonista de la novela, como si Pessoa se hubiera mudado al mundo de la ribera de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, convirtiéndose al mismo tiempo en apostador y señuelo para un asesino.
A partir de aquí la novela entra en el momento histórico donde transcurre la historia, los días previos al golpe de estado del General Franco. Apuesta, de nuevo, Moisés Morán Vega por la coincidencia histórica con hechos trascendentales, mostrando su conocimiento de los hechos, de los actores y de sus dilemas personajes.
La destreza del autor en los diálogos le permite contar una historia con la habilidad de un narrador curtido a la luz de la lumbre de una infancia sin otro entretenimiento que la lectura y alguna que otra película de romanos, recontadas una y otra vez, buscando finales felices en un mundo incierto.
Conjura Moisés Morán algunos de sus fantasmas personales en esta novela, rinde homenaje a la vela latina, a los ideales de la II República y a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, componiendo una novela llamada a ser considerada clásica.

miércoles, 8 de junio de 2016

GÉNESIS (Exposición de fotos de Sebastiāo Delgado, Parque de San Telmo)

genesis interior




Dentro de su programación cultural, la Fundación CajaCanarias y la Obra Social ”la Caixa” presta una atención preferente a las manifestaciones artísticas más contemporáneas, las de los siglos XX y XXI
Transcurre el último fin de semana de mayo entre la locura de los futboleros, las romerías folclóricas del Día de Canarias y un paseo por las cumbre de Gran Canaria, donde todavía florecen las flores de mayo y destilan los riscos.
A la vuelta de la cumbre y, queriendo huir de los barullos, se nos ocurrió ir a pasear por Triana  donde nos esperaba una sorpresa: una fantástica exposición al aire libre del fotógrafo brasileño Sebastiāo Salgado en el parque de San Telmo.
http://es.wikipedia.org/wiki/Sebastião_Salgado
Supe del artista hace unos quince años por sus imágenes brutales de los mineros del oro de la Serra Pelada de Brasil. Sus fotos aparecieron en algunos reportajes de los extras de fin de semana de los periódicos y me parecieron tan bellas como escalofriantes. La estética de las imágenes en blanco y negro era radical, mostrando la cruda realidad de los esclavos modernos que se afanaban como hormigas en extraer esquirlas de oro entre el barro y la miseria. Pensé que si existía el infierno debería parecerse a las dantescas condiciones retratadas allí.
Posteriormente encontraba imágenes de los reportajes del artista brasileño dispersas en la maraña de la prensa de papel. Con el declive de los medios impresos, le perdí la pista al fotógrafo de Minas Gerais, entre otras cosas porque en aquel momento no me decidí a comprar algunos de sus libros:
•Génesis (2013)
•Éxodos (2000)
•La mina de oro de Serra Pelada (1999)
•Otras Américas (1999)
•Terra (1997)
•Trabalhadores (1996)
•La Mano del Hombre (1993)
•Sahel: l’Homme en Détresse, Prisma Presse and Centre National de la Photographie, France (1986), para Médicos sin Fronteras.
•Les Hmongs, Chêne/Hachette, París, (1982), para Médicos sin Fronteras.
Ahora, las increíblemente hermosas fotografías de la exposición titulada Génesis, han vuelto causarme la  inquietud que provoca la belleza, la naturaleza desnuda, los animales libres en el planeta primigenio y los seres humanos desnudos como éramos en los principios. Esta exposición transporta al espectador a los tiempos del génesis, antes de que nos pusiéramos a jugar a los dioses.
El ojo de Salgado, a través de la lente de su Leica, siempre en blanco y negro, captura momentos como nadie antes lo ha hecho antes. Salgado es un hechicero de la luz, un iniciado que conoce el momento, el lugar y la magia para capturar el alma de los valles, de las selvas y de las nubes.
genesis por antonio cabrera fotos
Dos fotografias tomadas por Antonio Cabrera durante su visita a la exposición.
El fotógrafo retrata seres humanos en las profundas selvas de Asia y América de la misma manera como congela el aliento de los rorcuales antártidos o el vuelo de los albatros en las perdidas islas del Atlántico Sur. Nosotros, los seres humanos, no somos distintos a los otros seres vivos con los que compartimos el planeta. Vamos en la misma nave.
Las 38 fotografías están dispuestas en paneles dobles, donde el anverso y el reverso compiten para superarse en belleza plástica. Recomiendo acercarse por el parque de San Telmo para ver la exposición con ojos de niño. Todavía recuerdo el comentario de un pequeño visitante que andaba asombrado de panel en panel: “¿Papá, existe de verdad Madagascar? ¿Esa es la isla de los baobabs? ¡Es de verdad más bonita que en la película!”
Efectivamente, aquí están las últimas selvas de baobabs de Madagascar, envueltas en la niebla,  conviviendo con un primer plano de la escamosa pata de una iguana o con una tomas aéreas de rebaños de reno en las orillas heladas del río Obi en Siberia, retratos de indigenas de Papúa Nueva Guinea y particulares icebergs de los mares de la Antártida.
Salgado ha conseguido retratar el Génesis. ¡Admirémoslo!
La exposición está abierta hasta el próximo 21 de junio y está patrocinada por el ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y La Caixa, con el título de Arte en la calle.

 Imagen superior utilizada expresamente para la difusión de la exposición: http://prensa.lacaixa.es/obrasocial/exposicion-sebastiao-salgado-genesis-arte-calle-palmas-gran-canaria-esp__816-c-24530__.html

jueves, 28 de abril de 2016

TINDAYA. RAZONES PARA UNA PROFANACIÓN


La cumbre de la montaña Muda se alza a casi 700 metros sobre el mar en la zona central del norte de Fuerteventura. Desde allí se divisan tanto las costas orientales como las occidentales de la vieja Maxorata e, incluso, en los días claros el panorama se extiende hacia el norte hasta la vecina isla de Lanzarote.  La visión hacia el sur es, asímimo, espectacular, divisándose en la lejanía las cumbres de la montaña de Cardón, que abre el camino hasta Jandía. Aunque no es la montaña más alta de la isla majorera, está situada estratégicamente y desde lo alto se controla casi la totalidad de la Isla, particularmente la parte más septentrional de ella, Maxorata.
Esto lo sabían los antiguos maxos, los habitantes prehispánicos de la Isla, que construyeron en lo alto una atalaya y algunos recintos de habitación, aprovechando los solapones existentes cerca de la cumbre. Estuve allí en  el otoño del año 1984 cuando algunas emisoras de radio locales habían empezado a descubrir lo estratégico del emplazamiento de la montaña Muda para situar antenas repetidoras y emitir desde allí.
Recuerdo mi subida por la pista polvorienta que estaban empleando los trabajadores para acarrear los materiales necesarios para erigir el mástil de la antena. Un tractor de oruga se había encargado de trazar una pista zigzagueante por la ladera para facilitar el ascenso de los vehículos todo terreno hasta allí.
La cicatriz de la improvisada carretera de subida había dejado dos surcos indelebles a los lados de camino, aplastando aulagas, tabaibas, verodes y jorjos a su paso. Por si eso no hubiese bastado, los trabajadores habían usado las covachas para comer, defecar y dejar los restos de tabaco, bebidas y comida, ignorando los restos de tofios que yacían bajo ellos.
Cuando volví a Gran Canaria, redacté un artículo para la extinta Comisión de Historia y Etnografía de Canarias (CHEC), que se publicó en el periódico La Provincia de ese año junto con algunas fotos ilustrativas. Recuerdo que hubo algunas tímidas protestas en la Isla, que de nada sirvieron. La antena se erigió como estaba planeado, en lo más alto.
Tras las antenas de comunicaciones civiles se han seguido instalando otras antenas distintas, civiles y militares, junto con varias construcciones, que le han dado a la montaña Muda  -irónicamente- el carácter de la cumbre más ‘habladora’ de Fuerteventura. Las cicatrices de la pista de acceso siguen marcando los flancos de acceso a la cima, indelebles, habiéndose incluso ampliado la carretera inicial. Por supuesto,  los antiguos restos aborígenes quedan reducidos a una antigua fuente y el vago recuerdo de los que los vimos hace más de treinta años.
Antenas Muda_Noticias Canarias
Montaña con las antenas
(www.noticanarias.com)
Una de las vistas que todavía permanece desde la cumbre de la Muda es la mítica silueta piramidal de Tindaya, situada en la llanura septentrional. Poco tiempo después de mi primera visita a la Muda, le tocó el dudoso turno de la ‘modernidad’ a la montaña sagrada.
La apreciada piedra de traquita de Tindaya estaba siendo explotada en una mina a cielo abierto, desde hacía varios años, exportándose para edificios nobles a lo largo de toda Canarias. Como quiera que la explotación de la cantera entraba en directa colisión con el carácter de monumento natural y arqueológico, el ingeniero José Antonio Fernández Ordóñez tuvo la brillante idea de implicar al artista Guipuzcoano, Eduardo Chillida, para conseguir una forma de seguir extrayendo material y aprovechar el hueco resultante para realizar una vieja idea del escultor, el proyecto “Mendi-Hutz”, montaña vacía.
* Enlace a una tesina sobre el proyecto geológico-artístico en la web de la Universidad Politécnica de Cataluña, de donde proceden los textos en cursiva.
“ Desde la idea del alabastro Mendi-Utz o montaña vacía Eduardo Chillida, tal y como frecuentemente hacía con sus obras, continuaba pensando sobre estas ideas de meter el espacio dentro de una montaña, y de ello había hablado tendidamente (sic) con su gran amigo José Antonio Fernández Ordóñez.
Su proyecto era conocido por la magnitud del mismo y con José Antonio habían visitado montañas en Sicilia y Finlandia normalmente por petición externa. En el caso de Tindaya fue distinto, José Antonio Fernández Ordóñez estaba con uno de sus proyectos de ingeniería en la isla de Fuerteventura y al ver la belleza de la montaña y los problemas ecológicos debido a una explotación de canteras decidió llamar a Eduardo Chillida para ver si le interesaba. 
Se enteró que la montaña de Tindaya tenía unos problemas por unas canteras. Es entonces cuando Eduardo Chillida encontró la solución a la montaña y a su recerca (sic) artística.
Al ver la montaña Chillida intuyó la fuerza religiosa del lugar y no tuvo ninguna duda acerca de la idoneidad de la montaña para su obra artística, eso sí, sólo si la montaña quería el espacio en su seno, y es por eso que los sondeos darían la respuesta que Chillida estaba buscando”
El proyecto de horadar la montaña de Tindaya contó con una firme resistencia de la sociedad majorera, con acciones legales y civiles de protesta que acabaron con la paralización temporal del proyecto. La historia del proceso rocambolesco, con implicaciones políticas, empresariales y judiciales acabaron por agotar la paciencia de bienintencionado artista vasco, que acabó dándose cuenta de su instrumentalización y se alejó discretamente del mismo hasta su fallecimiento en el año 2002.
Después de una pausa de más de una década el presidente del Cabildo de Fuerteventura ha declarado recientemente la decisión de la alta  institución majorera de retomar el proyecto de extracción de la traquita según el diseño de Chillida, cuyos derechos han sido cedidos oportunamente por los herederos del escultor.
Es indudable que Chillida es un artista de talla mundial, con reputados diseños que combinan la naturaleza con la creación humana, y su intervención en la montaña de Tindaya hubiera supuesto una obra única de características megalómanas, dadas las dimensiones del sitio elegido. Pero las preguntas que siguen abiertas sin respuesta es: ¿mejoraría las condiciones de la montaña sagrada tras la obra? ¿la haría más atractiva después de meses de trabajos de ingeniería y de infraestructuras nuevas o sólo serviría para que los adjudicatarios tuvieran a su disposición millones de metros cúbicos de traquita ornamental de gran valor?
“El proceso constructivo del vaciado del material sigue una perforación a sección constante, empezando por la boca de entrada, llegando a la cavidad central y terminando a las dos salidas superiores. El material excavado se va extrayendo a base de vagonetas por la embocadura de entrada. Las dificultades mayores, debido a sus dimensiones, recaen en la cavidad central donde existen dos posibles alternativas de ejecución: la más tradicional sería la estabilización de la cavidad mediante bulones, mientras que la opción escogida parte de una galería superior por donde se puede ejecutar el techo de la cavidad antes del vaciado total de la misma. Es lógico pensar que este último procedimiento tiene la contra partida de que al tener un agujero más puede ser más perjudicial  aunque por él pueden pasar todos los sistemas de mantenimiento.
A mayor homogeneidad del macizo rocoso mayor será la distribución general de tensiones en él debido a las cavidades, y por tanto, a los esfuerzos que va a ser sometido. Por ahora, los modelos de elementos finitos en tres dimensiones se han hecho a partir de la piedra de las canteras y es de extrañar que sean negativos con la roca del interior de la montaña, en teoría de mayor resistencia.
La única dificultad radica en el modelo de trabajo, se supone un modelo continuo del terreno a diferencia del discontinuo real debido a los diques sobre todo. Es por eso que el uso de bulones se hace necesario, actuando en el terreno del mismo modo que la tierra armada. A pesar de todo esto, la redistribución de tensiones también viene dada por el tipo de forma de extracción de la piedra, siendo mejor un corte vertical a un corte horizontal.
Chillida no le daba mucha importancia a los acabados del bulonado y a este tipo de aspectos, que aunque tengan mucha interferencia a nivel visual, son la respuesta a la misma cavidad, y por tanto, sería inútil tratar de esconder lo que la montaña pide. El acabado superficial de las cabidades se hará como en las canteras, mediante un corte de sierra.
José Antonio Fernández Ordóñez era consciente de los problemas geotécnicos, ingenieriles y socioambientales de toda la construcción, pero lo veía como una dificultad más del proyecto ya que este convenía para la sociedad actual y para la futura. Es por eso que se reunió con un equipo de especialistas expertos en ecología, análisis y percepción del paisaje, vegetación, fauna, turismo e ingeniería civil, más un equipo de colaboradores especialistas locales para realizar el estudio del actual proyecto de Tindaya, del proyecto de construcción y del impacto que tendrían sus obras”.
Una intervención de tales características supondría además la profanación de un lugar único, ya considerado un monumento natural por sí mismo, similar en consideraciones al Monte Uluru en el Centro de Australia, el monte Athos en Grecia, el monte Sinaí en Egipto o el Monte Ararat en Turquía o el mismo Monte Fuji en Japón.
Monte Fuji
Monte Fuji
(elsilenciodeulises.wordpress.com)
A lo largo y ancho de todo el planeta se encuentran montañas con características especiales, siendo lugares simbólicos por sí mismos, sagrados y respetados desde siglos. Y ninguno de ellos necesita ser profanado, horadándolos, para convertirlos en lugares de dudosas peregrinaciones turísticas.
“La realización de los sondeos se ejecutará mediante cuatro plataformas temporales construidas en la zona norte de la montaña mediante la ayuda de transporte por helicóptero para no dañar la superficie de la montaña. Tendrán aproximadamente 80 metros cuadrados y estarán asentadas sobre capas protectoras de fibra geotextil y PVC para una protección medioambiental máxima. En algunos determinados lugares se añadirá una protección de neopreno y dispositivos de decantación y reciclaje del agua de refrigeración de la máquina perforadora. Se utilizaran grúas derrick para el movimiento de los materiales. Los grabados podomorfos situados en el sur de la montaña no se verán afectados por este estudio técnico. Es tal la importancia dada a estos elementos que la protección medioambiental significa la mitad del presupuesto de ejecución”.
En Canarias hemos cometido ya suficientes profanaciones a nuestro territorio para no haber aprendido de ellas. Sólo hace falta darse un paseo por las costas de nuestras islas para comprobar la destrucción que hemos causado en aras de un turismo de masas. Hemos pagado un alto precio, sacrificando mucho de nuestro territorio original al dios Mammon del turismo, que exige un pago cada vez más alto, hipotecando nuestro futuro en aras a un desarrollismo depredador de espacios únicos.
Como he escrito en un artículo previo criticando los disparatados proyectos de teleféricos en Gran Canaria, el perfil de nuestras montañas es -como mínimo- tan atractivo como el del ”skyline” de Manhattan o París. En Fuerteventura no se necesita una torre Eiffel ni un rascacielos como en Hong Kong para atraer más turistas. El paisaje y las playas  necesitan poco para que los europeos se sientan ya atraídos. No es necesario agujerear Tindaya ni Tirba, ni Gairía para ello. No debemos permitir que se profane Tindaya al igual que los japoneses no profanarían el Monte Fuji, los napolitanos el Vesubio o los suizos el Matterhorn.
*Enlace al dossier de “Salvar Tindaya”
https://amec.files.wordpress.com/2011/01/dossier-tindaya.pdf

miércoles, 16 de marzo de 2016

FUERTEVENTURA. UN VIAJE A LOS ORÍGENES


Esta entrada se publicó primero en Canarias Cultura

El sol naciente empezaba a alumbrar la cumbre de Licanejo, por encima de los cuatrocientos metros  sobre el nivel del mar, dorándola con arreboles. La aguzada vista de los pastores, desde  abajo en el valle de los Mosquitos, había localizado varios pequeños grupos de cabras: unos cerca de la divisoria de aguas de la cresta de Jandía, otros esparcidos entre los cantiles y las fugas de la montaña, aprovechando el rocío de la mañana en las pocas plantas que se atrevían a crecer en las laderas.
A nuestras espaldas, en dirección al mar, en los tableros llenos de aulagas, también se divisaban algunas cabezas de ganado caprino triscando entre la hierba de guirre seca. Al otro lado del fondo del valle, cubierto de grupos de espinosos cardones de Jandía, la ladera todavía permanecía  en la sombra y ascendía en acusada pendiente hasta la cima del Cuchillo del Palo, a casi 600 metros sobre el océano.
Después de deliberar, los pastores se dividieron en dos grupos: uno subiría por el empinado macizo de basalto del Cuchillo, ayudándose de la lata -el garrote majorero- adentrándose en el valle con una maniobra envolvente digna de una estrategia militar, destinada a dirigir las cabras hacia el sur. Mientras tanto otro pequeño grupo se dirigiría por la carretera al valle de Jorós, un poco más al norte, para empezar su batida desde ahí.
Fuerteventura antonio 1
Los silbidos y los gritos de la partida de pastores empezaron a resonar en el valle, indicando que la apañada de ganado había comenzado. Algunos balidos lejanos respondían a las voces humanas, sabiendo que subían a por ellas. Dos escasas decenas de ágiles pastores a pie salpicaban el valle, desde las crestas de la cordillera de Jandía hasta la costa de sotavento, abarcando más de treinta kilómetros cuadrados de superficie.
La pequeñez humana quedaba de manifiesto ante la magnitud del territorio. En la distancia los hombres no parecían mayores que un ejemplar cabrío y ni siquiera la agilidad del mejor de los pastores era rival para cualquier cabra, que se movía por su territorio natural. El ser humano estaba físicamente en inferioridad ante las cabras adaptadas a la agreste geografía. A pesar de ello, los pastores actuaban con el convencimiento atávico de los cazadores neolíticos de que su organización y valentía suplían su desventaja física. Tuve la sensación de viajar al tiempo de mis antepasados: así debió ser hace diez mil años.
Los mandadores de los pastores -desconfiados, con razón, de mis habilidades atléticas- me destinaron a labores de apoyo, conduciendo una de las rancheras todoterreno, siguiendo desde la distancia de la pista polvorienta las evoluciones de aquellos habilidosos cabreros, pendientes de las posibles necesidades de la partida, situación que aprovechamos mi esposa y yo para tomar fotos.
Unos veinte pastores, desde los doce a los setenta años, participaban activamente en la apañada, diseminados en una enorme extensión de terreno abrupto, azuzando al ganado con un estrépito de sonidos.
Fuerteventura antonio 2
Algunos silenciosos perros bardinos, que atajaban los pasos a los ágiles machos que buscaban escapar hacia las crestas de la montaña, se mostraban imprescindibles. Las cabras recién paridas llevaban a sus baifos a un ritmo frenético por los andenes de la montaña, mientras otras buscaban la huida hacia la costa donde los barranquillos tenían cuevas perdidas.
Había varios mandadores que coordinaban desde la pista de Jandía, pero cada pastor actuaba de forma autónoma, intentando que el menor número posible de animales escapara al cerco. En medio de la inmensidad de los cuchillos de Jandía, se silbaban unos a otros para avisarse. Donde no llegaba el agudo silbo, lo hacía una llamada de teléfono móvil: “Fulano, el macho albardado se vira para la degollada a tu derecha, ten cuidado”.
Mientras el sol se levantaba sobre el horizonte, la partida avanzaba hacia el sur, dirigiendo pequeños grupos de ganado guanil hacia la gambuesa, situada en los llanos cercanos a la montaña Morisca, donde algunos ya preparaban los corrales y otros el lugar de reunión.
Fuerteventura Antonio 3
Los pastores majoreros son legítimos herederos de la tradición pastoril prehispánica, común a todas las islas, donde las cabras se dejaban en libertad para que buscasen alimento por su cuenta. Varias veces al año los pastores organizan partidas para “apañarlas”. Las “apañadas”, en su origen, eran actos necesariamente comunales, donde participaban todos los habitantes de una zona determinada, para capturar al ganado guanil, que es como se denomina ese tipo de ganado suelto. En las apañadas se aprovecha para ahijar y marcar a los baifos, castrar a los machos y celebrar posteriormente una fiesta amenizada de timples y versos.
Llegamos a la gambuesa con el sol próximo al mediodía. Estaba situado en una pequeña meseta de piedra arenisca, donde había restos de  construcciones y corrales antiguos, y desde donde se divisaba una gran extensión de terreno descendente hasta la punta sur de Jandía y más allá, hasta el horizonte neblinoso donde se adivinaba el perfil difuso de Gran Canaria.
Algunos pastores mayores se apresuraban a preparar el lugar, revisando la alambrada extendida como un enorme embudo metálico por encima del tablero donde esperaban al ganado. La alambrada sustituía el clásico diseño de corral  de piedra seca de las gambuesas majoreras, aunque su diseño era el mismo, terminando en un fonil de piedra que obligaba al ganado a entrar en el corral.
Mientras se acondicionaba el lugar, la apañada del sureste de Jandía seguía su curso, empujando a las cabras hacia su destino por riscos y tableros. En la distancia se apreciaba a los animales como pequeños puntos dispersos que se acercaban progresivamente, emitiendo algunos balidos lejanos. Detrás de ellos también era posible ver las figuras enhiestas de los hombres, recortadas contra el horizonte, armados de sus latas y precedidos de sus perros, como pastores míticos de otros tiempos, azuzando a los animales sin descanso.
La llegada en tropel de los animales hizo que todos los presentes en el campamento dejáramos nuestras labores para colocarnos estratégicamente para impedir la fuga de cualquier ejemplar. Nos situamos a ambos lados de la alambrada, como su extensión, en abanico. Algunas cabras hicieron un último intento de escabullirse entre los barranquillos. Este postrero intento resultó vano, pues los que allí estábamos lo impedimos con silbidos, voces y piedras lanzadas por delante de su ruta.
Todas acabaron dirigiéndose al final del embudo y entrando en la gambuesa.
Al llegar al corral los animales parecían estar resignados a su suerte y, tras pasar por un antiguo goro de piedra , se agruparon en un gran espacio circular cerrado con alambre. Había más de un centenar y medio de ejemplares de todas las edades: la primera parte de la “apañada” había llegado a su fin.
Fuerteventura Antonio 4
Los pastores se dispusieron en torno al ganado, admirando y reconociendo a los animales. Cada uno  buscó a los suyos por las marcas de las orejas y los distintivos pelajes de cada cual: “Allí está el macho morisco negro, Pedro”, “allá la cabra melada cinchada con los dos baifos berrendos de Juan…”
Según acabó la “apañada” en el campo, se fueron acercando al remoto lugar donde estaba la gambuesa varias decenas de personas deseosas de observar la ceremonia del marcado, entre ellas un concejal del  ayuntamiento de Pájara y el propio presidente del Cabildo Insular de Fuerteventura, Marcial Morales.
Después de la identificación de la propiedad de cada cual, se procedió al marcado de los baifos bien ahijados, al ordeño de algunas cabras que tenían ubres demasiado llenas porque las crías no mamaban de ese lado y al castrado de los machos, siguiendo las ancestrales tradiciones de los pastores majoreros.
Fuerteventura Antonio 5
Después del laborioso proceso, los animales eran puestos de nuevo en libertad, para que siguieran pastando en el semidesértico territorio hasta el siguiente año. Tras varias horas de minucioso marcado, los pastores liberaron a las cabras y , con la misión cumplida, se dispusieron a celebrar una comida campestre con el asado de carne de cochino.
El asadero y la parranda consecuente estuvo amenizada por el timple de David Rodríguez, “El Majorero” y las voces de los curtidos pastores, entre ellos su propio padre. Mientras algún pastor comentaba irónico, que se comía carne de cerdo en una apañada de cabras, como si aquello fuera una afrenta.
Resonaban los versos pícaros e ingeniosos y se comentaban los hechos del día. Mientras la tarde empezaba a caer los asistentes se iban retirando de aquel lugar remoto donde las viejas piedras parecían contener la memoria de cientos, si no miles de años de apañadas de ganado. Entre las grietas pude ver restos de lana de oveja, huesos de ovicaprinos y miles de conchas de lapas,. burgados y mejillones blanquecinos, acumuladas en concheros centenarios. Aquel lugar tenía el aura de los orígenes.
David Rodriguez
David Rodríguez
Volvimos de Fuerteventura como si hubiera sido un viaje de regreso al pasado de Canarias, todavía vivo. Ahora que está abierto el debate sobre los ganados asilvestrados, con campañas de erradicación con rifles en Gran Canaria de las cabras guaniles, uno debe preguntarse si no son mucho más perjudiciales para la biodiversidad la construcción de los grandes parques zoológicos o los acuarios, diseñados para la explotación turística de animales exóticos, que la contención racional  del número de cabras sueltas por medio de apañadas tradicionales, que nos recuerdan nuestro pasado, donde la ganadería caprina era una de las bases de la economía insular.
Quizás habría que considerar la posibilidad de pensar en promocionar las apañadas canarias tradicionales como se hace en Galicia, por ejemplo, con la famosa “A rapa das bestas”, de Sabucedo en Pontevedra, donde los ganaderos capturan cada año a los caballos  semisalvajes del Consello, para marcarlos, en una  http://www.rapadasbestas.es/index19b1.html?q=gl/taxonomy/term/5 multitudinaria fiesta comunal con muchas similitudes  a las “apañadas” de cabras majoreras; aunque  quizás sea mejor que no.
Con agradecimiento a los pastores de Jandía.