martes, 11 de diciembre de 2012

NOBEL

 
 Cuando empiezo a escribir estas notas es el 10 de diciembre – le confieso al lector que ni yo mismo sé si lo acabaré hoy, mañana, pasado o nunca, que de todo me ocurre antes de “colgar” estos articulitos en el cadalso cibernético; pero lo difícil es empezar y eso ya lo hago en esta apertura de ajedrez literario-. Como decía, hoy es 10 de diciembre, tradicional fecha en la que se hace entrega de los premios Nobel , casi todos en Suecia, excepto el de la Paz que se entrega en Noruega.

Este último, acaban de recibirlo los representantes de la Unión Europea, a quienes les han otorgado el galardón denominado de la Paz. Después de pelearse entre sí por las cuarenta plazas asignadas a las distintas instituciones europeas; a saber: la Comisión, el Parlamento y el Consejo, ha llegado una delegación abigarrada vestida de frac y traje de fiesta para participar de la ceremonia y de los fastos que durarán dos días. Entre ellos no estarán los más dignos: o sea aquellos que no hayan querido entrar en la trifulca y no hayan sido beligerantes como debía corresponder a un acto “pacífico”.

Don Mariano Rajoy se aseguró un puesto en la fiesta, como corresponde a su alta alcurnia, habiendo confirmado con antelación su presencia en la segunda fila. Desde allí observó cómo le hacían entrega a Durao Barroso, Van Rompuy y Martin Schulz de los diplomas, medallas y el cheque por valor de 930.000 Euros.

Dicen que van a emplear el dinero en varios proyectos de ayuda infantil en zonas de conflicto; pero nadie habla del coste total del desplazamiento de esos 40 elegidos con sus respectivos séquitos. Quizás porque nos ruborizaríamos o avergonzaríamos de nuestros representantes. En fin, que ya tenemos para la Unión Europea el Nobel de la Paz –al igual que Yasser Arafat, Isaac Rabin, Shimon Peres, Kissinger, Le Duc Tho, Obama y otros caracteres de dudoso pacifismo. Aunque uno se asombraría todavía más al recordar que entre los ex-aspirantes al premio Nobel de la Paz se encontraron en su momento Adolf Hitler y Josef Stalin.

Dicen que el propio Alfred Nobel se horrorizó del uso bélico de su dinamita y por eso creó la fundación que lleva su nombre para premiar a aquellos que se han destacado en diversos campos del saber: Economía, Física, Medicina, Literatura y de la Paz. Los suecos se han reservado la adjudicación de las cuatro primeras disciplinas, reservando el más polémico, el de la Paz, para sus hermanos noruegos.

En Escandinavia, sobre todo en Suecia, hay una gran tradición y seguimiento de los nominados para los premios anuales, como si se tratara de una carrera de sabios, de la que muchos saben y discuten. Los medios ilustran sobre los méritos de cada uno de los aspirantes, manteniendo la Academia Sueca de cada especialidad la máxima discreción sobre sus deliberaciones.

El 10 de diciembre, aniversario de la muerte del inventor, el país se paraliza y se prepara para seguir por televisión las ceremonias de entrega de los galardones, que se han dado a conocer en los meses previos, de las manos del Rey de Suecia.

En los oscuros principios de diciembre, los suecos celebran encendiendo velas y luminarias una serie de fiestas que dan brillantez a su país, frío y oscuro durante el largo invierno nórdico: celebrando el día seis San Nicolás, que lleva regalos a los niños desde España, el día diez los dichos premios Nobel y el día trece la Santa Lucía, que anuncia la inminente llegada del solsticio de invierno. Es un mes cargado de fiestas populares, a las que se han agregado de forma armónica la entrega de los galardones del saber.

Uno no puede dejar de sentir admiración y sana envidia por un pueblo que ha hecho de la entrega del premios del saber y la cultura –dejemos fuera de esta designación al de la Paz- una fiesta popular. Los premios Nobel, llenos de nobleza y justicia científica y cultural, son una fiesta de todos, más allá del baile de gala en los salones del Palacio Real.

Dicho esto, ni siquiera me atrevo a comparar en voz alta con lo que hacemos en España con nuestras equivalentes ceremonias: los premios Cervantes, el Día de la Constitución u otras fiestas nacionales en un país que se desmorona entre la pérdida de credibilidad de los políticos, la monarquía, la justicia, los bancos y las instituciones democráticas.

2 comentarios:

Arcadio Domínguez Jiménez dijo...

Esto no lleva mas que un felicitarte, porque a todas luces es un buenísimo escrito. Que a parte de ser aleccionador; esta en una escritura clara fácil de entender pero con mucha verdad
Pedro Dominguez Herrera

Antonio Cabrera Cruz dijo...

Pedro, amigo:
Muchas gracias por tus lisonjas. La verdad es que a veces pienso en abandonar estas líneas entreveradas, pero la idea se desvanece cuando leo tus comentarios.
Aunque sea sólo para lectores como tú merece la pena seguir escribiendo.
Un abrazo.