miércoles, 14 de noviembre de 2012

Kilómetros, centímetros y dedos de frente


Hace algunas semanas declaraba el jugador de fútbol francés Nicolas Anelka –refiriéndose a sus compatriotas periodistas- que había algunos que habían leído kilómetros de libros y que no le servían para nada.
Anelka decía que él no había estudiado pero que ganaba mucho dinero en el fútbol chino, dándole patadas a un balón, mucho más dinero que aquellos que lo criticaban por el salario que percibía. Después de un largo peregrinar por Francia, España y Reino Unido, el futbolista había decidido recalar en el país asiático por -¿cómo no? -dinero, que es la medida de todas las cosas, como Anelka bien sabe.
El jugador cobra 230.000 euros semanales en el equipo Shangai Shenshua. Parapetado detrás de esa exorbitante cifra se pavonea delante de los periodistas del diario “Le Parisien”, diciéndoles que el teorema de Pitágoras a él no le ha servido para nada y que a los escritores del diario no le sirven los “kilómetros de libros” que han leído sino para hacer lo que hacen: escribir sobre él, estrella fugaz del balompié mundial.
No sé cuántos libros habré leído yo en mi vida, pero seguro que ocuparían algunos kilómetros de vía férrea y de vía pedestre si se contaran. He leído mucho, aunque siempre queda tiempo y espacio para seguir leyendo. Alguna vez quise leer la “Encyclopaedia Británica”, como Borges, pero solo llegué a tiempo para leer la Micropaedia antes de que la convirtieran en espacio cibernético de pago y se difuminara en competencia con Google y la Wikipedia.
Leí los fascículos semanales del diccionario enciclopédico Monitor de la editorial Salvat, que devoraba alfabéticamente cada fin de semana cuando mi padre traía los ejemplares que compraba cada quincena en un quiosco de la calle del Reloj. Según se iban completando los volúmenes encuadernados iban a parar a la librería que mi padre compró ex-profeso para ello. Desde allí me hacen guiños con sus tapas de piel cuarteada cuando visito a mi octogenaria madre.
Cientos de novelas jalonan mi existencia, y esos miles de páginas impresas deben formar muchos kilómetros, añadidos a enciclopedias, revistas y periódicos varios. Tiene razón Anelka en que no hace falta haber leído tanto para correr como un niño detrás de una pelota en fiera disputa con otros 21 gladiadores del césped. Mientras él corre detrás de un juguete, yo sigo leyendo y escribiendo en un arte decadente, el de las letras, el del pensamiento escrito.
Algo de cierto, sin embargo debe tener la opinión de Anelka porque –aparentemente- la clase que hizo dinero y fortuna hasta hace bien poco no es precisamente la que más cultura tiene o la que más libros ha leído. Sólo basta echar un vistazo a los anuncios de venta de coches y propiedades de alto valor económico que ahora salen a la venta en los portales de internet, donde no existen correctores gramaticales. Sus orgullosos propietarios están ofertando a precios de ganga, vehículos y propiedades muy apetecibles al mejor postor.
En pocos minutos de investigación verá el lector como las descripciones de los “porsches”, “bmws”y “mercedes”  de alta gama están repletos de errores que hacen daño a la vista, donde ni siquiera los anunciantes son capaces de escribir el nombre de la marca y modelo de su coche correctamente.
Si se hace lo mismo con apartamentos en el sur o casas de campo, que fueron preciados objetos de los deseos de la especulación inmobiliaria, como segundas viviendas, se verán los mismos errores en las descripciones. Mucho me temo que aquellos que se enriquecieron rápidamente compartían con Anelka el mismo espíritu: No lean; es inútil.
Desafortunadamente, no sólo son aquellos que ahora venden sus propiedades las únicas víctimas. Todos estamos siendo afectados por la crisis económica, tanto letrados como iletrados.
Pero la crisis más preocupante es la que subyace debajo, la crisis de valores éticos y morales. Es curioso que Anelka reaccionara agresivamente al ser preguntado por los periodistas sobre su sueldo –libre de impuestos en China- y, por consiguiente, libre de los planes del gobierno socialista de Hollande de gravar los salarios de los futbolistas en Francia. Los privilegiados, aunque sean de origen modesto, esgrimen la bandera de la invulnerabilidad de sus riquezas al fisco.
Sufrimos en nuestro país de unas nefastas administraciones públicas y unos gobiernos incapaces para solventar los retos que supone esta época de crisis global. Así que los argumentos de muchos ciudadanos empiezan a transmitir la sensación de decadencia de esta civilización, de este modelo de sociedad: todo vale mientras yo me salve.
Eso parece estar causando el deterioro social y económico de nuestra sociedad de forma acelerada. No sé si estoy contemplando el desmoronamiento del modelo social español (y quizás europeo), con la pérdida de derechos sociales, acompañada de la pérdida de todo sentido ético y moral, una especie de caída del “Imperio Europeo” del mercado común y la moneda única.
Mientras eso ocurre me refugio en la lectura de los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, añadiendo más kilómetros de libros a mi vida -¡qué significa una raya más para la piel del tigre!- mientras se oyen los ecos de las manifestaciones en la calle.
 
 






1 comentario:

Arcadio Domínguez Jiménez dijo...

Amigo Antonio, todo lo que escribes tiene una enseñanza y esta tiene un fiel retrato de lo que desgraciadamente se valora hoy día, el dinero. Muchas veces se ve en nuestra sociedad, el compadreo de un fontanero adinerado con una eminencia, porque les une el egoísmo. Dice mi hermano, que el que tiene cuatro apartamentos, se cree el doble de inteligente que el que tiene dos y eso es lo que anda por ahí hoy día. Sigue con la lectura y con tu enriquecimiento personal, que no hay banco ni dictado social que pueda arrebatarte, lo que de verdad tiene valor, lo que eres tu mismo. Como siempre, me satisface felicitarte. No pretendo contestación, ya que me conformo con el escrito.
Pedro Dominguez Herrera