domingo, 17 de marzo de 2013

CUASQUÍAS, ALEXIS RAVELO Y EL HIJO DEL TAPICERO (A modo de comentario de la última novela de Ravelo, “La estrategia del pequinés”)

 Acaban de cerrar la sala Cuasquías después de más de treinta años. El pub, sala de conciertos, lugar de encuentros culturales y más allá, ha tenido que echar el cerrojo, acuciados sus propietarios por razones económicas y la competencia del ocio nocturno al otro lado del Guiniguada: los tiempos cambian.
La sala estuvo primero en la calle Venegas y de allí saltó a la calle de San Pedro, lindando con el muro del barranco oculto. Desde 1994 residió allí el templo de la noche, la música, la intelectualidad y la bohemia de la ciudad. Durante décadas desfilaron por su sala y su barra artistas incipientes o voces consagradas: Compay Segundo, Serrat, Javier Krahe, Hilario Camacho, Pedro Guerra, Rosana Arbelo, Arístides Moreno, Los Coquillos, Prana, Domingo Rodríguez el Colorao  o José Antonio Ramos, componen una pequeña selección de aquellos que por allí pasaron.
Yo, confieso, solo estuve un par de veces por allí. Y las veces que fui lo hice por algún compromiso ineludible durante mi época sindical, bien porque el huésped de turno quería ver y oír el sonido del timple solista de José Antonio Ramos o la voz rota de Javier Krahe o bien porque la chica de turno simplemente quería oír algo de jazz.
Yo entraba a regañadientes, queriendo fugarme antes de hacer algún disparate. Para mí, el local de Cuasquías también ocultaba otros sonidos y olores, persistentes más allá del humo y los vapores etílicos: el aroma de la madera de caoba o de cedro, los barnices de la ebanistería y el golpeteo de los martillos de tapicería sobre las tachas de semilla. Alguna vez quise saltar la barra y cruzar el antiguo patio hasta llegar al taller de tapicería del fondo, esperando encontrar a mi padre, calzado de alpargatas, con tachuelas en la comisura de los labios, los ojos brillantes detrás de las gafas y una madeja de crin en las manos, diciéndome: “¿qué libro traes hoy para leer mientras me esperas, muchachito?”
Mi padre fue un artesano tapicero y trabajó en aquel sitio durante más treinta años. Allí entró de aprendiz antes de cumplir los catorce años y allí siguió hasta que Muebles San Pedro tuvo que cerrar las puertas a principios de los años setenta del pasado siglo, cuando la competencia feroz de los recién implantados grandes almacenes obligó a las pequeñas empresas canarias a cerrar. Era imposible competir con los tresillos hechos en serie en las fábricas de muebles levantinas o con los muebles elaborados con maderas prensadas del País Vasco.
Muebles San Pedro era un comercio local que fabricaba y vendía todo tipo de muebles por encargo. Llevaba más de medio siglo en el negocio y, junto a dos o tres comercios similares, surtían el mercado local de todo tipo de muebles, sillones, mesas, aparadores, sillas, telas y materiales para la tapicería.
Allí trabajaba una decena de magníficos artesanos, entre los que se encontraba mi padre, ajenos a las intrigas del tiempo, al desembarco de los gigantes, de Galerías Preciados, de El Corte Inglés, ansiosos de ocupar un mercado en alza, por el naciente desarrollo que traía el turismo.
Muebles San Pedro no pudo resistir demasiado la competencia y tuvo que cerrar las puertas, enviando a un desconocido paro a todos aquellos artesanos, que de la noche a la mañana se encontraron en la calle, en un nuevo mundo hostil, sin empleo ni perspectivas.
Recuerdo las veces que acudía al taller a esperar que mi padre acabara la jornada laboral. López, el encargado de la tienda, me dejaba pasar por debajo del mostrador, permitiéndome echarle una mirada a la enorme caja registradora de la marca Krupp, antes de escurrirme hasta el taller entre una barahúnda de sonidos de carpintería.
Allí estaban David, el de la Portada Verde, y sus hermanos, Maestro Ignacio, Paco Torres y algunos otros de quienes –desafortunadamente- no recuerdo sus nombres. Mientras mi padre cosía a mano el forro de algún sofá o terminaba de enguatar la tela florida de alguna butaca centenaria, yo me sentaba en una esquina a leer “Los corsarios de Mompracen” de Salgari o “Las tribulaciones de un chino en China” de Julio Verne.
Recuerdo aquellas tardes perdidas en la nebulosa de la infancia y las aguas ocultas del aprendiz de río, entre los fantasmas de Andrés el Ratón, los quioscos del Puente de Palo y las ninfas del Puente de Piedra, la imaginación llena de libros prestados y cómics de la editorial mexicana Novaro.
Por eso me resistí durante mucho tiempo a entrar en el número nueve (después número dos) de la calle de San Pedro. No quería romper la telaraña de mis recuerdos infantiles con los nuevos inquilinos de la casona, primero con los del Pool y después con los de Cuasquías.
Quizás me equivoqué, porque eso me hubiera permitido conocer mucho antes a Alexis Ravelo Conocí a Alexis muchos años más tarde, cuando él ya había dejado su trabajo en Cuasquías. Primero como autor de la misma editorial que yo, Anroart, y luego, personalmente, cuando lo invitamos a nuestro colegio para que se presentara ante nuestros alumnos de Los Altos, que habían leído el precoz “Las fauces de Amial”.
Jorge Liria, con su ojo experto de editor y periodista, le dio la oportunidad de publicar varios cuentos infantiles y juveniles hasta que apareció su “alter ego”, Eladio Monroy, con sus aventuras detectivescas por nuestra común ciudad, que lo llevaron al éxito local.
Es Alexis un escritor integral, que vive de su palabra y de sus cuentos, que maravilla a cualquier audiencia con sus anécdotas y su ingenio, a la manera medieval (y actual). Es capaz de conseguir la atención de escolares tanto como de adultos y es de los pocos escritores canarios que vive de sus libros, lo cual es la mejor prueba de su talento.
He seguido con interés –y cierta envidia, debo reconocer- sus peripecias literarias hasta fichar por la editorial catalana “Alrevés”. Allí ha publicado recientemente “La estrategia del pequinés” en una colección de novela negra.
He leído con fruición esta nueva entrega de nuestro Raymond Chandler. El arte literario de Alexis Ravelo culmina con esta edición de una novela negra destinada a convertirse en clásica del género.
“La estrategia del pequinés” retrata de manera magistral los mundos y submundos de estas tierras del subtrópico como un retratista consumado. Se enmascara Alexis detrás de una de aquellas antiguas cámaras con paño oscuro y lentes intercambiables para trazar una historia en blanco y negro de la realidad insular, vista desde la oscuridad, con humor negro, ironía e inteligencia.
Pero no es “La estrategia del pequinés” una historia localista; sí, está ambientada en Gran Canaria, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, con alguna salida al exterior, pero los personajes podrían vivir en La Habana, en Londres, en Miami o en cualquier parte, son arquetipos de valor absoluto.
Alexis ha conseguido convencer a una editorial exterior de que su arte trasciende las fronteras de estas ínsulas. Traza Alexis arquetipos universales de perdedores, de “underdogs”, de “pequineses” que resisten hasta que los perros alfa de este mundo se confían, pera ser mordidos con la desesperación de quien no tiene nada más que perder.
Quiero pensar que el caserón de la calle San Pedro tiene las buenas vibraciones de una casa que ha cobijado a muchos creadores, artistas, músicos y escritores.
Alexis Ravelo es digno representante de todos aquellos que hemos respirado el olor de la caoba, la tea y el tabaco de aquellas paredes, de aquellos que crearon buenos muebles, buena música y leyeron buenos libros en aquel lugar y que viven para siempre en nuestra memoria. 

domingo, 24 de febrero de 2013

EL POETA EXPUESTO



La poesía siempre ocupó una esquina en el jardín de mis gustos literarios. Durante años lo he sembrado en secreto de flores olorosas, plantas aromáticas  y alguna que otra suculenta planta del desierto.
Allí me recreaba la vista y otros sentidos antes de volver a la parte principal, ocupada por frondosos bosques de novelas complejas o de bosquetes de cuentos arbustivos, que me han ocupado la mayor parte del tiempo y los esfuerzos.
Quise mantener al poeta oculto y al prosista expuesto hasta hace un par de semanas cuando se me ocurrió concurrir al premio “Poesía Erótica Canaria 2013” convocado en las redes sociales.
Les envié el poema que figura más abajo, para saber qué podría pasar si enseñaba alguna de mis flores exóticas. Ahora ya lo sé: ayer, día 23 de febrero, se hizo público el fallo del jurado en un restaurante chino de Las Palmas de Gran Canaria. Entre los que concurrieron se eligieron veinte poemas para editarlos en un librito y se nombraron los correspondientes primer premio y dos accésits.
El jurado no tuvo a bien elegir la mía.
Como quiera que no ha sido publicada en el libro, se la ofrezco aquí gratis a mis lectores.

El trueno de tu mirada

El trueno de tu mirada aturde a las palomas
que salen volando entre tus párpados,
propagando el resplandor verde
que por tus pupilas asoma,
anunciando el relámpago que convoca.

El oleaje de las mareas que tu cadera causa al andar,
cimbreándote como los mimbres al viento,
mueve los veleros en la mar
y la luna sobre el horizonte.

Un arco de colores entre la penumbra
ilumina las cumbres de tu cuerpo,
pezones enhiestos,
que al contraluz alumbran.

Mi mano leve se posa,
en la rosa que tu tesoro guarda,
haciéndote vibrar
y que el fuego arda.

La chispa prende fúlgida,
mientras las candelas titilan,
sobre ti y sobre mí.

El rayo de tu mirada precede a la tormenta,
desencadenada sobre el mástil
que tu boca hambrienta devora,
alumbrando la noche borrascosa
con tu sonrisa satisfecha

lunes, 11 de febrero de 2013

CRIATURAS

 
Tengo fiebre.

No se preocupen, esta vez no es la gripe, es la calentura de la creación. Acaba de empezar el torbellino de la musa a inquietarme. Me despierto de noche, inquieto por el argumento, sudoroso con el ansia, buscando al personaje que me patalea las entrañas reclamando ser nacido en prosa, ser nombrado y puesto en pie. Me promete llevarme lejos y presentarme toda suerte de criaturas, hacerme partícipe de sus ágapes y sus odiseas.

La criatura inicial ha conseguido dar los primeros pasos entre las líneas tambaleantes del ordenador, dictando su camino sobre las mares y las neblinas. Reclama mi tiempo y mi energía y se queja ávido, incluso, de estas líneas ajenas, mientras me mira por encima del hombro, desde el otro archivo donde garabateo su primer capítulo en estos días de carnaval del año de la corrupción de 2013.

Me ofrece intrigas que hagan palidecer a las de los nuestros políticos incompetentes y un pago único en especias de aventuras trepidantes que superen a la de aquellos que sólo reciben sobres oscuros para sus vidas grises.

Mucho me temo que me ha sobornado para la redacción de su vida, me ha contratado en firme, sin escapatoria posible, prometiéndome compartir su laurel y sus desdichas por todo pago.

Bajo a buscar tinta de sepia y plumas de cuervo negro.

sábado, 19 de enero de 2013

LA ROSA


Ayer por la tarde había una solitaria rosa presidiendo la entrada de los apartamentos. Algún alma sensible –quizás un turista- había cogido una botella verde de refresco, le quitó las etiquetas que la identificaban, rodeó el plástico con una cinta roja a modo de adorno simple, la llenó de agua, puso dentro una modesta rosa roja y la posó sobre la antigua mesita de la vieja recepción, dando un poco de color y belleza al frío vestíbulo de la casa.

Esta mañana ya no estaba. No estaba la rosa, porque el improvisado florero seguía allí, a modo de testigo de una acción mezquina. Alguien pensó que esa flor anónima era demasiado bonita para dejarla donde estaba para el bien común de todos los que el edificio habitamos. Se la llevó –supongo que para su propia casa- pensando: “lo que es de todos no es de nadie; y si no es de nadie, mejor la cojo yo, antes de que lo haga otro con menos méritos que yo.”

Contrasta esta actitud con la de aquellos que dejan sobre la misma mesita libros de todo tipo para que sirvan de improvisada biblioteca de intercambio. La mayoría de las veces son libros, revistas y periódicos extranjeros que dejan sus lectores para que otros disfruten de los textos que ellos ya han leído. Los inquilinos del edificio se dividen casi  a partes iguales entre los residentes locales y los turistas que pasan los fríos meses invernales cerca de Las Canteras. Pero esa proporción no se divide de igual manera entre los que comparten sus lecturas y los que no.

La inmensa mayoría de los libros y periódicos son finlandeses, escandinavos o alemanes. Casi nunca hay ejemplares en español, salvo cuando nosotros dejamos algún ejemplar de la prensa nacional o alguna señora retirada se desprende de los ejemplares atrasados de la prensa rosa (me atrevo a confesar que eso me sirve para saber de las andanzas de éste o aquél personajillo y de no perder de vista quién es quién en la farándula vergonzosa de las televisiones).

Mientras escribo esto, después de una semana de gripe, el viento se levanta feroz y frío desde el norte, trayendo esquirlas de invierno y noticias de (más) corrupción política, donde algunos supuestamente se han llevado a Suiza algo más que flores.

La situación me deprime tanto que mañana mismo compraré una flor para colocar en su lugar del vestíbulo.

lunes, 14 de enero de 2013

HACIENDO POR LA VIDA COMO EL BURRO POR LA ALBARDA


Algún amigo me ha preguntado que qué estoy haciendo en estos primeros días del año 2013. Le he respondido con uno de esos chascarrillos propios de mi madre, “haciendo por la vida como el burro por la albarda”.
Y después me he parado a pensar el significado profundo del término. Los nobles burros se utilizaron tradicionalmente para hacer el trabajo duro y pesado de cargar con fardos y mercancías hasta bien entrado el siglo XX e, incluso, para arar el campo, como pude observar yo mismo en El Tablado de Juncalillo de Gáldar en el otoño de 1984. (Debo tener una diapositiva por algún sitio...)
Ese año estuve destinado en la escuela unitaria que la nomenclatura de la naciente Consejería de Educación denominaba Barranco Hondo de Arriba. Por aquellos pagos anduve un par de años, enseñando en la escuela rural y aprendiendo de telares, cuevas antiguas y pinares nuevos hasta que me dio por regresar a la ciudad dos años más tarde; aunque eso sea parte de otra historia.
Pues bien, el comentario que le hice a mi amigo me llevó a lomos de asno hasta la dureza de la vida en el campo. En estos días las penurias no sólo las sufren los pocos pollinos que van quedando en estas ínsulas atlánticas sino que somos las personas las que nos hemos despertado de una aparente bonanza para afrontar una crisis sin precedentes cercanos, erosionando el Estado Social de Bienestar hasta convertido en una barranquera de desahucios, pérdidas de derechos y beneficios sociales.
Después de sobrevivir al falso fin del mundo maya, me encontré una boleta de multa en el cristal de uno de mis coches “clásicos” (viejos, para los que no están avisados): Después de haberme gastado unos dineros exagerados en repararlo, el pobre vehículo sigue sin estar bien del todo y decidí dejarlo aparcado en la puerta de mi casa hasta ver si los tiempos mejoraban y podía hacer frente a la reparación de la bomba de embrague, la caja de la dirección hidráulica y alguna minucia más.
Como quiera que en mi calle no hay demasiado tráfico y los pocos vecinos del lugar no tenemos problemas de aparcamiento, lo he dejado algún tiempo allí (cuidando, eso sí, de limpiar con regularidad los derredores y los bajos del coche para que los celosos barrenderos no se quejaran).
A la espera de poder repararlo y, dado que no tengo garaje para él, soporta con dignidad la intemperie a la puerta de casa. Pero, hete aquí que un agente municipal de policía debió notar que el vehículo no se movía demasiado y tiró de bloc de multas y le aplicó al coche un oscuro artículo de la normativa municipal de vías y obras para multarme con 80 euros por “dejar estacionado el vehículo más de 48 horas en el mismo lugar”.
Me sentí, como se pueden imaginar, enojado con el celo del agente y con los munícipes que tal normativa han ideado y armándome de paciencia decidí recurrir la multa en cuestión, argumentando parte de lo que aquí ya he contado y que además la calle donde resido no es muy transitada ni aparcada por muchos vehículos y que la normativa citada puede ser necesaria en otros barrios o en algunos de los centros comerciales o residenciales de la ciudad pero no donde está mi coche de 1973
Redacté el recurso recurriendo a los argumentos de un escribidor y no a los de un letrado, que no sé si el letrado soy yo y el otro debe ser un abogado. Lo cierto es que mi recurso abogaba por el sobreseimiento y archivo de la multa por injusta e injustificada.
Por supuesto, soy consciente que tengo tantas posibilidades de conseguir la anulación de la sanción como de que el burro se libere de su albarda.
Dio la casualidad de que el día que pude acercarme a uno de los registros municipales del Excelentísimo Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, era el 31 de diciembre de 2012.
Ese día, confieso mi ignorancia y como veremos a continuación la de otros ciudadanos, nos encontramos con la sorpresa de que todas las oficinas municipales estaban cerradas –sin aviso visible- por puente o por que el año se acababa en pocas horas o por oscura tradición. Todas estaban cerradas, excepto la central.
Así que después de primer chasco, me dirigí a la sede central de las oficinas municipales, situada en el antiguo hotel Metropole. Allí, el panorama era desolador: varias decenas de personas esperaban su turno ante dos valientes funcionarias que hacían operativos y lentos los registros. Además de ellas, sólo estaba un policía municipal con cara de cansancio. 

El edificio estaba sin otra actividad que la del registro y, para colmo de males, no funcionaban las pantallas que exponían los números de espera de turno.Aquello tenía una pinta ominosa, quizás aumentada por unos carteles donde una guapa señorita con el dedo índice sobre los labios nos decía: “Por el bien de todos, baje la voz”, advirtiéndonos de que mejor nos quedábamos calladitos por si venía el hombre del saco o si hablábamos mucho los Reyes Magos nos traerían carbón.
Yo no sé si fue el cartel o que los que estábamos allí en civilizada espera nos íbamos intranquilizando con el paso del tiempo y la lentitud con la que las dos funcionarias atendían a las más de cuarenta personas, ya que la amenaza que aproximaba las trece horas del cierre de las ventanillas se acercaba inexorablemente.
En eso llegó una tercera funcionaria con cara de “yo me iba mejor a preparar los festejos de final de año”, decidió decir aquello de “Que pase el siguiente”.
Ni que decir que nadie se movió, pues la carencia de terminales para poder saber por qué número exacto iba “el siguiente” impedía que ninguno de los presentes diese un paso al frente.
Lo peor ocurrió cuando la recién llegada dijo: “pues si no viene nadie, yo me voy, que sólo vine para ayudar…”
Hubo un conato de motín instantáneo: varios de los presentes nos levantamos diciendo que ella (ellos) eran los encargados de controlar el orden de atención y no los ciudadanos que estábamos allí sufriendo la falta de atención.
Quizás fue el espíritu navideño o la buena voluntad del policía que llegó ostentando pachorra y mano izquierda o que uno de los presentes con un arete de pirata en la oreja izquierda se prestó para ir diciendo en voz alta el número de orden.
El asunto se fue calmando, sobre todo, porque la cola se fue disminuyendo con rapidez, tanto porque la nueva funcionaria de refuerzo incrementó en un 50% el ritmo anterior o porque muchos habían abandonado la sala después de una espera descorazonadora.
Así que cuando llegó al número 74, me tocó el turno a mí y pude sellar el recurso a la multa, después de haber perdido casi toda la mañana para que me la sellaran.
No me fui de allí sin tomar un par de fotos del cartelito municipal recomendándonos que bajemos la voz. Así que desde aquí hablo bajito y cuelgo esta entrada para quien quiera leer entre líneas, lea. Porque lo que es la multa dudo que sea sobreseída, que es tiempo de vacas flacas y el Ayuntamiento necesita recursos para cerrar los días 24 y 31 de diciembre, entre otras minucias, mientras la mayoría de ciudadanos deben penar para ganarse el pan.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Cataclismo y Artenara (Los descubrimientos)



Ayer hice dos descubrimientos: el primero fue el del escultor Juan López Salvador que tiene una fantástica exposición de sus esculturas en el Centro de Arte La Regenta. www.laregenta.org 

La madera de tea antigua –rescatada por el escultor de  desechos de materiales de construcción- y el metal de tono broncíneo reviven de la mano del artista para transformarse en paisajes con vida propia: una raya de acero simula el horizonte sobre la pared donde una vela triangular rompe la monotonía, un bosque de madera surge del suelo con forma de archipiélago de tea, una espiral metálica atrapa el viento de la costa de Arona, un acantilado surge vertical de la nada y una cueva de tea abre los ojos al espacio interior.

Juan López Salvador ( 1951, La Laguna) se me apareció como la brisa suave entre los pinares, como el cataclismo de Ucanca, como el cazador de alisios, como los acantilados de Anaga. Disfruté con las esculturas, como planeando su secuestro: esta para las nubes de Tamadaba, aquella para el fondo de mi playa, la de más allá para mis cuentos oscuros, la otra para las olas, la de la esquina para el silencio y todas para inspirarse.

En suma, Juan López Salvador me ha impactado con su obra de ebanista, herrero y orfebre. He llegado a sentirme avergonzado por haber sido ignorante de este artista genial. Esta pequeña reseña quiere ser un desagravio. Desde aquí hago un llamamiento a visitar su obra, a admirarla, a contemplarla con los ojos de quien observa unas obras excepcionales.  

Por si hubiese sido poco el hallazgo de López Salvador, acudimos por la tarde al Museo Elder de la Ciencia www.museoelder.org para asistir a una presentación multimedia del grupo Artenara, o algo así decía la convocatoria de un recorte de prensa que leímos en internet, para hacer el segundo gran descubrimiento del día.

Nos llamó la atención que la actuación fuese gratuita hasta cubrir el aforo de 172 personas. Llegamos temprano aunque no hizo falta porque no llegaron ni a cien los interesados. No conocía de Artenara otra cosa que su primer disco homónimo, pero esperaba un grupo de músicos versionando canciones tradicionales canarias.

La sorpresa fue mayúscula cuando empezó el espectáculo con la presentación a cargo del fundador de Artenara, Enrique Mateu, que usando por toda arma un timple conectado a un ordenador y una recopilación de alguna de las actuaciones y vídeos del grupo empezó a encandilar la sala como un prestidigitador, usando el timple como sortilegio y sus dedos como varita mágica.

El efecto fue tan estremecedor como los cataclismos de López Salvador. Las sonoridades del timple de Mateu y las imágenes de Artenara me transportaron a la poesía, al nirvana del Arte. Fue como si alguien me hubiera preparado una emboscada armónica audiovisual para provocar la reacción creadora: El Arte en Canarias está vivo y goza de salud.

Más allá de los impostores de la clase “cultureta” que viven de las subvenciones y del amiguismo hay vida. Los creadores de verdad siguen existiendo, buscando el hálito de vida, la razón y el sino entre las maderas viejas, los cantos del pescador de morenas y los sonidos del viento.


Post Scriptum:

Una mirada por www.artenara.com me llevó al terreno del “izquierdo de copia” al “copyleft”, al del derecho libre a compartir, lejos de los grandes beneficios de las multinacionales de la cultura.
Enrique Mateu es, por cierto, vicepresidente de la Fundación Copyleft www.fundacioncopyleft.org. Un nuevo concepto para investigar.        

martes, 11 de diciembre de 2012

NOBEL

 
 Cuando empiezo a escribir estas notas es el 10 de diciembre – le confieso al lector que ni yo mismo sé si lo acabaré hoy, mañana, pasado o nunca, que de todo me ocurre antes de “colgar” estos articulitos en el cadalso cibernético; pero lo difícil es empezar y eso ya lo hago en esta apertura de ajedrez literario-. Como decía, hoy es 10 de diciembre, tradicional fecha en la que se hace entrega de los premios Nobel , casi todos en Suecia, excepto el de la Paz que se entrega en Noruega.

Este último, acaban de recibirlo los representantes de la Unión Europea, a quienes les han otorgado el galardón denominado de la Paz. Después de pelearse entre sí por las cuarenta plazas asignadas a las distintas instituciones europeas; a saber: la Comisión, el Parlamento y el Consejo, ha llegado una delegación abigarrada vestida de frac y traje de fiesta para participar de la ceremonia y de los fastos que durarán dos días. Entre ellos no estarán los más dignos: o sea aquellos que no hayan querido entrar en la trifulca y no hayan sido beligerantes como debía corresponder a un acto “pacífico”.

Don Mariano Rajoy se aseguró un puesto en la fiesta, como corresponde a su alta alcurnia, habiendo confirmado con antelación su presencia en la segunda fila. Desde allí observó cómo le hacían entrega a Durao Barroso, Van Rompuy y Martin Schulz de los diplomas, medallas y el cheque por valor de 930.000 Euros.

Dicen que van a emplear el dinero en varios proyectos de ayuda infantil en zonas de conflicto; pero nadie habla del coste total del desplazamiento de esos 40 elegidos con sus respectivos séquitos. Quizás porque nos ruborizaríamos o avergonzaríamos de nuestros representantes. En fin, que ya tenemos para la Unión Europea el Nobel de la Paz –al igual que Yasser Arafat, Isaac Rabin, Shimon Peres, Kissinger, Le Duc Tho, Obama y otros caracteres de dudoso pacifismo. Aunque uno se asombraría todavía más al recordar que entre los ex-aspirantes al premio Nobel de la Paz se encontraron en su momento Adolf Hitler y Josef Stalin.

Dicen que el propio Alfred Nobel se horrorizó del uso bélico de su dinamita y por eso creó la fundación que lleva su nombre para premiar a aquellos que se han destacado en diversos campos del saber: Economía, Física, Medicina, Literatura y de la Paz. Los suecos se han reservado la adjudicación de las cuatro primeras disciplinas, reservando el más polémico, el de la Paz, para sus hermanos noruegos.

En Escandinavia, sobre todo en Suecia, hay una gran tradición y seguimiento de los nominados para los premios anuales, como si se tratara de una carrera de sabios, de la que muchos saben y discuten. Los medios ilustran sobre los méritos de cada uno de los aspirantes, manteniendo la Academia Sueca de cada especialidad la máxima discreción sobre sus deliberaciones.

El 10 de diciembre, aniversario de la muerte del inventor, el país se paraliza y se prepara para seguir por televisión las ceremonias de entrega de los galardones, que se han dado a conocer en los meses previos, de las manos del Rey de Suecia.

En los oscuros principios de diciembre, los suecos celebran encendiendo velas y luminarias una serie de fiestas que dan brillantez a su país, frío y oscuro durante el largo invierno nórdico: celebrando el día seis San Nicolás, que lleva regalos a los niños desde España, el día diez los dichos premios Nobel y el día trece la Santa Lucía, que anuncia la inminente llegada del solsticio de invierno. Es un mes cargado de fiestas populares, a las que se han agregado de forma armónica la entrega de los galardones del saber.

Uno no puede dejar de sentir admiración y sana envidia por un pueblo que ha hecho de la entrega del premios del saber y la cultura –dejemos fuera de esta designación al de la Paz- una fiesta popular. Los premios Nobel, llenos de nobleza y justicia científica y cultural, son una fiesta de todos, más allá del baile de gala en los salones del Palacio Real.

Dicho esto, ni siquiera me atrevo a comparar en voz alta con lo que hacemos en España con nuestras equivalentes ceremonias: los premios Cervantes, el Día de la Constitución u otras fiestas nacionales en un país que se desmorona entre la pérdida de credibilidad de los políticos, la monarquía, la justicia, los bancos y las instituciones democráticas.