viernes, 26 de octubre de 2012

Acrónimos, acrósticos y diletantes



Yo fui de esos niños tranquilos, de los que no causan líos, salvo aquellos motivados por su timidez, su pachorra o sus ausencias. La niñez la pasé solitario, metido entre libros o tirado en los prados contando las patas de las hormigas –mi madre “dixit”- u observando con la precisión de mis ojos miopes lo infinitamente pequeño y las letras místicas de Borges.
Tardé mucho en levantar la vista a los horizontes lejanos, a lo próximo y los prójimos. "Gracias" a un estúpido oftalmólogo de la Seguridad Social, que tardó en darse cuenta de mis problemas visuales más de lo oportuno, me demoré en llevar unas gruesas gafas que me permitieran ver el borroso mundo exterior, detrás de un culo de botella graduado.
La prótesis visual me permitió ver con nitidez. Lo hice con la misma curiosidad y perplejidad de entomólogo con la que otrora observara lo cercano, descubriendo lo próximo y lo lejano. Recuerdo que me llamaban la atención la suciedad de las paredes de mi ciudad, las caras arrugadas y las miradas tristes. Pero también me maravilló el océano y los perfiles de las montañas de la Cumbre, más allá de la montaña Codeso y los Roques del Saucillo.
Llevar lentes correctoras me permitió ver el mundo exterior con mayor confianza y eso me movió a querer explorar ese nuevo mundo que se abría delante de mí: ya no sólo quería radiar los duelos de la Unión Deportiva, quería jugar al fútbol como Juanito Guedes o correr la Maratón como Emil Zátopek o Abebe Bikila y no sólo escribir como Salgari o Stevenson.
Me volví “desinquieto” (no puedo remediar el canarismo contradictorio) sin dejar de ser estoico. Una combinación del Americano Impasible, Robinson Crusoe  y Deckard, el blade runner, persiguiendo replicantes y diletantes. Vi mucho cine y rompí unas cuentas gafas, intentando convertirme –en vano-en estrella del baloncesto o as del balompié. También corrí por playas y montes, bajé al fondo del mar y me colgué de un periscopio estelar.
Esa inquietud me acompaña hasta hoy, aunque no haya logrado tocar las estrellas, cuando sigo mirando las patas de las hormigas o de las pulgas que nos plagan. Además la edad me ha hecho crítico, mordaz y hasta sarcástico, lo cual vale tanto para escribir entre líneas como dentro de ellas.
 El otro día tenía un catarro con toses y fiebres que no se bajaron durante el fin de semana, así que se me ocurrió ir al médico. El buen hombre, sin mirarme a los ojos, me auscultó, me miró el interior de mi maltrecha garganta, comprobó que mi nariz estaba congestionada y se sentó sin mediar palabra para escribir en su ordenador.
Como no veía lo que estaba escribiendo, me fijé en su cara: estaba concentrado en lo que hacía, frunció el ceño durante unos segundos, con actitud de preocupación y miró mi cara desaliñada, con barba de tres semanas, con gesto de desaprobación.
Me temía lo peor mientras que aquel heredero de Galeno esperaba que saliera la hoja de la impresora con su diagnóstico y la prescripción médica: me la alargó diciendo: guarde cama un par de días, tómese la medicación y vuelva por aquí en caso de que no mejore.
A mí todo aquello no me pareció muy tranquilizador: Me prescribía aceltilcisteína, paracetamol y budesonida, según principios activos de nombres farmacéuticos , casi cabalísticos, pero que más o menos me resultaban conocidos.
Lo más inquietante era el diagnóstico con todas sus letras: ¡IRVA! Tenía un “irva” y confieso que no sabía qué rayos era aquello.
 Las nuevas recetas son un peligro para los enfermos hipocondriacos. Ya no son ilegibles como en los viejos tiempos, donde el facultativo garabateaba de su puño y letra tanto el diagnóstico como su prescripción. Ahora el ordenador se encarga de la traducción instantánea de las crípticas letras médicas.
Aquello del “irva” me intranquilizaba sobremanera, así que camino a la farmacia eché mano de ese invento maléfico de los teléfonos móviles “inteligentes” y consulté a San Google bendito que está en la red de redes, tecleando entre toses, IRVA. El resultado fue tranquilizador: Infección Respiratoria de las Vías Altas. O sea, un catarro de toda la vida.
No supe sin reír o llorar. El doctor no se limitaba a llamar al benigno catarro con su nombre; lo denominaba IRVA y ni siquiera se sonrojaba. La tendencia entre la profesión médica apunta hacia ese objetivo: hacer difícil lo fácil y complejo lo incomplejo. Si usted tiene un catarro o una laringitis le van a decir que tiene un IRVA, si tiene una pulmonía, ya no le dirán que tiene neumonía –como se le denominaba hasta hace bien poco- sino le dirán que tiene una IRVB, o sea que tiene una infección respiratoria de las vías bajas.
Gracias a que todavía no estamos en la campaña del IRPF o del IGIC o del IVA, pero las nuevas denominaciones médicas parecen destinadas a asustarnos más de la cuenta por enfermedades, que ahora sufriremos unidas a la correspondiente reducción salarial: Si usted tiene un IRVA con prescripción de reposo durante tres días, tendrá la correspondiente reducción salarial del 50% de su sueldo. Si tiene un IRVB con veintiún días de baja laboral tendrá una reducción de sus emolumentos del 75% de su salario.
Parece que todo empieza a encajar en este mundo decadente, donde las cosas no se llaman por su nombre para que nos confundamos un poco más.
Después de ahondar en el tema y, sin salirnos del mundo médico-farmacéutico, vemos como el copago sanitario va unido a nuevos acrónimos dedicados a los iniciados: si usted oye que su farmacéutico hablan de PRMs, entienda que hay Problemas Relacionados con el Medicamento, o sea que si usted –por ejemplo- toma amlodipino para la hipertensión y se le hinchan las piernas tendrá un PRM.
Aunque todavía más grave sería si usted tiene un RNM, o sea un Resultado Negativo de la Medicación, como una arritmia. Como se puede ver se está creando una terminología destinada a ser confusa, una especie de “newspeak” o “neolengua” de aquella obra premonitoria de George Orwell llamada 1984, donde la élite hablaba una versión "nueva" del inglés, sólo conocida por ella. Orwell aparentemente sólo se equivocó en unos treinta años en el título de su obra.
Yo no sé si esta es una epidemia de acrónimos destinados a confundir a los profanos o una carrera hacia unos eufemismos irreconocibles que necesitan de una guía hasta para los iniciados, que hacen uso de ellos para obtener una ventaja sobre los demás.
En el terreno de la Enseñanza tampoco nos hemos librado del uso y abuso de los acrónimos. Como quiera que el informe PISA ha puesto a la Enseñanza Pública de Canarias a niveles cercanos a los de Zanzíbar o Pernambuco, los sesudos pensadores a sueldo de la Consejería, se han puesto a modificar la forma en la que los docentes debemos programar, utilizando los conceptos de lo que se ha venido a llamar Competencias Básicas. Los documentos relativos al tema están llenos de acrónimos, acrósticos y galimatías varios que requerirían de un estudio en profundidad y que dejo para una próxima entrega de esta entrada.
Esta claro que el sistema educativo canario y español necesita medidas que corrijan sus deficiencias. La cuestión necesitaría un debate amplio, mucho más allá de lo que este modesto escritor pretende con este artículo, pero los problemas educativos no se resuelven exclusivamente cambiando la nomenclatura de los modelos programáticos y sustituyéndola con una “neolengua” plagada de términos urdidos por diseñadores de acrónimos.
George Orwell en “1984”, Aldous Huxley en “Un mundo feliz” y Ray Bradbury en “Fahrenheit 451” reflejaron en sus obras de ciencia ficción distópica las nuevas sociedades dictatoriales que amenazaban el horizonte del siglo XX, manipulando y controlando las sociedades con instrumentos  lingüísticos, de comunicación y control de masas. 
Es posible que estemos viviendo los primeros síntomas de que esa nueva sociedad totalitaria pueda hacerse realidad en el siglo XXI.

viernes, 5 de octubre de 2012

Los cofres del Congo Belga y mis coches

No sé si el amable lector conoce mis aficiones, pero sabrá de alguna de ellas si sigue leyendo. Entre las más caras -tanto por dinero como por cariño- figura mi pasión por los coches clásicos; aunque más de uno me ha recordado, no sin razón, que los míos son simplemente “coches viejos”. Esta pasión es, como todas las aficiones irracionales, tanto placer como tormento, bien entremezclados e indisolubles.




Hace bastante tiempo que el vicio andaba aletargado entre la racionalidad y la falta de liquidez económica. Aunque recientemente parece que el exterior se ha confabulado para volver a recordármelo, reavivando la llama que ardía soterrada en el sótano de casa.

Pues bien, “ahora más allá” -me gusta el canarismo- le compré una piezas de frenos de un rarísimo FIAT 130 Coupé Pininfarina de 1974 a un señor belga que las ofrecía por internet. Como podrán suponer, poseo un ejemplar de tal vehículo que espera su restauración en algún garaje perdido. Se lo compré, en un arranque de locura, a un taxista que lo tenía arrimado -otro canarismo- con el cárter roto y no sé qué más problemas. Después de la adquisición estuve un cierto tiempo recopilando repuestos para poder devolverlo a la vida. Eso sólo fue el principio de una azarosa aventura, que me llevó a recorrer muchos kilómetros, gastar mucho dinero y hacer una tarea detectivesca localizando repuestos y supervivientes de esa serie de coches de la FIAT en Canarias.
Ese trabajo se interrumpió después de varios años durante los cuales me dediqué a la compra compulsiva de varios ejemplares de FIAT 130, unos moribundos, otros mutilados y alguno en estado comatoso. También compré restos de stock en varios garajes que habían conservado repuestos para los malhadados vehículos. Después de muchos meses terminé con dos vehículos completos con posibilidades de recuperación y varias toneladas de piezas usadas con las que resucitarlos. Tras la fiebre inicial y muchas vicisitudes que le ahorraré al lector, el proceso quedó interrumpido sin fecha de continuación.

Pero, como decía más arriba, el destino tiene designios inescrutables y el señor belga a quien le había comprado los frenos, me dijo que visitaría Gran Canaria el pasado mes de febrero. Así que le busqué un hotel en Las Canteras y le ofrecí un poco de hospitalidad isleña, haciéndole de buen anfitrión en su estadía invernal. Le enseñé mis coches y lo paseé por algunos museos de automóviles clásicos de la Isla. Lo acompañé a algunos campos de golf que yo mismo no conocía y lo invité a almorzar en una cueva restaurante: el colmo del exotismo.

Pensé que con eso cumpliría con mi deber. Pero para mi sorpresa me ofreció un trato: me dijo que estaba desprendiéndose de sus coches en Bélgica y que me remitiría su propio “stock” de piezas del FIAT 130. Al principio, y en mi neerlandés oxidado, le respondí que no andaba muy bien de finanzas y que no podría comprarlos. Además casi me había aburrido de mis coches y pensaba quitarlos al mejor postor.

Su respuesta me sorprendió: Se mostró horrorizado y me dijo que le gustaría subirse en Gran Canaria a un FIAT 130: uno d ellos míos reparado con sus piezas y, además, no quería que le pagara con dinero. Se contentaría con poderse quedar un par de semanas en mi casa. ¡Un trueque! ¡Las piezas del 130 a cambio de dos semanas otoñales en mi casa! Yo que he cambiado un corte de pelo por un libro y hasta alguna estampa de Gallego, el defensa del Barça de los sesenta, por otra de Tonono, Guedes o Germán, ahora me veía confrontado con otro reto de trueque.

Al principio pensé que estaba de broma, pero no. No era una broma, era un trato entre dos honorables comerciantes fenicios (Gracias, Asterix). Mi nuevo amigo (o algo así) me proponía un trato tentador: yo recibiría media tonelada de piezas del FIAT 130, entre ellas la biblia: el manual de reparaciones original de fábrica, y él se acomodaría en mi casa -y sobre todo en la soleada terraza de la azotea ¡Están locos por el sol estos pálidos europeos! (Asterix, de nuevo).

Así que, después de varias peripecias y aplazamientos, por fin han llegado las mercancías y los belgas. Primero aterrizó el matrimonio procedente de Bruselas y unos días más tarde un envío marítimo de cuatro cajas metálicas desde los muelles de Amberes, cargadas de chatarras varias. El belga había usado cuatro baúles metálicos para embalar y estibar los repuestos y, camuflados entre ellos, incluso, un juego completo de palos de golf.

Cuando llegamos al tinglado del muelle para recoger la carga -tras pagar servicios de tránsito, impuestos varios y propinas a los que nos ayudaron a manipularla- me llevé una sorpresa mayúscula cuando mi amigo Willem (ahora lo puedo considerar así) me dijo que los arcones metálicos eran de la época colonial belga en el Congo.

No sé si me sorprendieron más la tornillería bruñida al cadmio, las culatas preparadas para montar o el carburador perfectamente reparado o las maravillosas cajas donde habían venido desde Brujas. Willem me aclaró que las cajas tenían casi un siglo de uso y habían servido para enviar todo tipo de mercancías entre Bélgica y la colonia africana. Incluso me insinuó que alguna vez quizás se hubieran usado para enviar diamantes en bruto.

Los cofres permanecen en mi sótano, esperando a que ordene las piezas y luego las escrutaré para ver si puedo extraer el polvo de diamante para elaborar alguna buena historia. Y si decido cambiar de afición, también los palos de golf quedan a mi disposición.


lunes, 24 de septiembre de 2012

EL ESCRIBIDOR NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA O LOS OTOÑOS CREATIVOS

(Para don Pedro Domínguez Herrera, el poeta barbero de Tamaraceite y los Ripa de El Nihuil, Argentina)

Hace un par de días concluyó el canicular verano de 2012 con un calor más propio del ferragosto italiano que el de la habitual “panza de burro” de la capital grancanaria. Como corresponde al tiempo caluroso, me he pasado la mayor parte del tiempo de remojo en la playa de Las Canteras, esquivando, tanto a las aguavivas como a los practicantes de la nueva modalidad de “paddle surf” que, montados en tablas surferas y remando cual gondoleros venecianos fuera de lugar en las calmadas aguas de la bajamar, atiborran la playa como una plaga bíblica.
Suelo evitarlos y para ello prefiero las aguas más profundas de la bocana frente a la Peña la Vieja, donde patrullan las barracudas y las palometas cazando longorones irisados. Por allí he vuelto a bajar más allá de los diez metros a pulmón libre y a volar ingrávido como lo hacía Marco en mi libro “El anillo del pulpo”, suspendido entre las aguas verdosas: mi cuerpo parece tener una cierta memoria fisiológica de la que yo no era consciente. He volado en el océano y sobre los aires subido en pájaros de metal bruñido (aunque esta otra sea otra historia de la que sólo saben algunos buenos amigos)
Como decía, he pasado gran parte del verano en remojo, dedicando algunos ratos perdidos enseñando a margullar a mi amigo Cacho Ripa, el de El Nihuil, en la antecordillera andina. Se regresaron mi amigo y su esposa Rosi, a la Argentina austral con los ojos llenos de atardeceres luminosos, de fulas, pejeverdes, medusas y salemas. También degustaron alguna sama y algún bonito listado, regados con vino de la Rioja argentina.
Los lectores habituales de estas líneas saben que empecé a escribir en este blog más empujado por mi editor que por la necesidad de exhibir cada latido poético o cada latigazo crítico que me cruzara la mente. He ido añadiendo a trompicones –con mayor o menor fortuna- fragmentos de mis andanzas y vaganzas, hasta que me paré al principio del verano: preferí la vida privada a la exhibición pública de mis desnudeces. La vida debe ir antes que la literatura para que la literatura se nutra y se inspire de realidad.
He estado casi tres meses sin escribir una sola línea de cara al público. Ahora parece que se despierta de nuevo la fiebre creativa, impulsándome a garabatear estas letras para aliviar la presión de la cámara magmática que subyace debajo de mi piel tostada.
Mientras tanto, mi libro “Kopi Luwak” sigue su proceloso rumbo hacia un destino incierto, sufriendo los avatares de una pequeña editorial independiente, alejada de las grandes distribuidoras, sin otro tipo de promoción que no sea la del lento “tan tan” de la selva literaria.
No sé si es el comienzo del nuevo curso escolar o la posición de los astros la que ha determinado que distintas personas me pregunten recientemente por el próximo libro en el que suponen que debo estar trabajando o me inquieran por el número de ejemplares que he vendido. Suelo responderles con vaguedades o yéndome por la tangente del sistema solar: estoy construyendo la novela, ya sólo me falta escribirla; les miento.    
Hace pocos días cumplí treinta años de “servicio” como maestro en la mayor de las discreciones en mi destino de Los Altos, donde me refugio de las incertidumbres del futuro en un presente idílico: buenos alumnos, buenos compañeros y buena comunidad escolar. Parece mentira que haya tenido la inmensa fortuna de poder trabajar de forma ininterrumpida durante tres décadas en la profesión que me gusta: la de maestro.
Me contaba mi amigo de Tamaraceite que ya había aprendido a escribir comentarios en los “blogs” de Internet, pero que mi ausencia le había privado de la oportunidad para aguijonearme con su agudo ingenio.
Y yo, que –parafraseando al coronel de García Márquez- no tengo quien me escriba, me pongo a colgar estas líneas en ese éter moderno donde todos se interconectan y se desenchufan, para darle oportunidad a mis amigos y a mis enemigos de leerme.
Eso hago, mientras desembalo alguna que otra entrada que tenía extraviada en mi viejo mac, para pulirla antes de orearla a los aires cibernéticos que algunos leen con ojo crítico y amistad lejana.
Durante mi última conversación con el poeta barbero me animó a contar alguna de esas historias perdidas. Y hoy, que parece que el otoño empezará con la presencia de una zona de inestabilidad atmosférica, derivada de la tormenta tropical Nadine, que traerá la primera “otoñada”. No es mal cambio de tercio meteorológico, pues buena falta nos hacen agua fresca y viento limpio para aclarar los restos de la calima, la sequía y los malos augurios de este verano de primas de riesgo e incendios pavorosos.
Como mencionaba más arriba, los pensamientos otoñales siempre fueron creativos y –por razones que se verán- los otoños me recuerdan el pueblo de San Mateo. Durante los años sesenta, mi familia tuvo alquilada una casita en el barrio de La Lechucilla y allí íbamos durante los fines de semana y las vacaciones.
Recuerdo de viva manera como, junto con mis primos, vendimiábamos en los parrales de la casa, cazábamos ranas en los charcos del barranco o recibíamos una escudilla de leche recién ordeñada con gofio como premio de nuestro vecino por ayudarle a entrar las gallinas por la tarde al gallinero o cubrir de paja la cama de las vacas en el alpende.
Como no teníamos coche, subíamos al pueblo de la Medianía en los famosos transportes “piratas”, pequeños furgones de ocho o diez asientos –aunque la mayoría admitían más pasajeros.En esos viajes, donde nuestra expedición solía llenar el viejo furgón Bedford o BMC, yo miraba extasiado las orillas de la revirada carretera, que subía por Barranco Seco rumbo al centro de la isla, pasando por el Monte Lentiscal, Santa Brígida y El Madroñal antes de llegar a la Vega.
Cada viaje era una odisea que asombraba a los pequeños y cansaba a los adultos que lidiaban con los mareos y apreturas de muchos niños juntos. Alguna vez habré de relatar mis memorias de tamañas aventuras, pero ahora recuerdo con especial agrado la visión de “La casa del hombre solo”.
Durante varios años todos seguíamos con especial interés la construcción (fábrica, se dice en Canarias) de una casa al borde de la carretera. Al llegar a una curva entre El Madroñal y la Vega, todos vimos como –desde nuestra perspectiva- un solo hombre (con la única compañía de un burro) construyó una casa, poco a poco.
Cada fin de semana esperábamos con ansiedad a que el furgoncito se aproximara a la curva afortunada para ver quien era el primero de nosotros que localizaba al hombre. El primero de nosotros que lo atisbaba era el héroe del viaje.
Allí solía estar, acarreando bloques, cemento, piedras o lo que fuera, a lomos de su jumento; o por allá levantando paredes o encalando o amasando; siempre solo, siempre perseverante, bajo el sol, la neblina o la lluvia, siempre levantándose más alta y amplia. El constructor tardó varios años en terminarla, los suficientes para que a nosotros nos alcanzara la adolescencia y dejáramos nuestra casita en La Lechucilla.
Nunca pude olvidar aquella casa ni a su autor, aunque no lo hubiese reconocido por la calle porque siempre andaba tocado con su clásico cachorro canario, pero “La casa del hombre solo” se convirtió para mí en un hito personal, un ejemplo de que si una persona perseveraba podía llegar a donde quisiera, a construir lo que fuera, a terminar lo que empezara.
Hoy día la casa sigue en pie, modernizada y con sus muros cubiertos de enredaderas y vides. No sé si el hombre que la construyó sigue vivo, pero su obra sí que lo está y quienes la habitan  parece  que la cuidan como  se merece.
Bienvenido sean los otoños lluviosos y creativos.

sábado, 30 de junio de 2012

NÚMEROS Y CIFRAS(*)


Este blog que están leyendo en este momento está a punto de registrar un hecho extraordinario: alguno de ustedes tendrá el honor de ser el visitante número 4000.
A pesar de mi escepticismo inicial este cuaderno de bitácora mantiene un pequeño caudal de fieles lectores que han ido sumando poco a poco hasta llegar al cuarto milésimo ("milenio").
Me gustaría celebrarlo como se merece, aunque no puedo llegar a los niveles de “generosidad” que ha mostrado Hugo Chávez premiando a su seguidora de Twitter número tres millones con una nueva vivienda. La joven Natalia Valdivieso de 19 años no pudo mucho menos que exclamar: “Este es el día más feliz de mi vida”.
Mientras la hipoteca que me vincula a una de esas cajas endeudadas no se cancele, lo más que podría hacer es invitar a esos amigos que me siguen por esta blogosfera a alguna cañita con tapa.
Hablando de números y blogosfera, el 4 de junio ocurrió un hecho casi cabalístico en el índice bursátil de Shanghai, el “Shanghai Composite Index”, el más importante de China, cayó exactamente 64.89 puntos.
Esa cifra, aparentemente inocua, coincidió para el buen observador, exégeta de casualidades, con la fecha del 4 de junio de 1989, cuando las autoridades chinas pusieron un fin a las “protestas de la plaza de Tiananmen” de forma violenta.
La blogosfera china rápidamente interpretó que la caída de índice bursátil era una señal más allá del significado económico del asunto, llegándose a aludir a intervención divina. Las autoridades chinas impusieron de forma rápida una censura que bloqueó cualquier búsqueda que llevara palabras como “stock market”, “Shanghai Composite Index”, “Shanghai stock market” y cualquier palabra que pudiera conducir al navegante a los trágico hechos de Tiananmen.
Los chinos –irónicamente para un país comunista y ateo- son extremadamente supersticiosos y adeptos a la numerología, llegando a comenzar los juegos olímpicos de Pekín a la 8:08 de la tarde del 8 de agosto de 2008.
Quien esto escribe no es adepto sino a su esposa, pero confiesa que a veces ha buscado un número de lotería que coincida con la matrícula de su SEAT 600, en vano, como todos ustedes se pueden imaginar.
No obstante, el número cuatro mil me gusta; me gusta tanto –además- porque varios de mis perros se han llamado “Cuatro” y si pudiera saber quien será el afortunado que pique en este blog en ese número lo invitaría a la cañita prometida.
(*) Los datos que no conciernen a mi perro ni a mi coche están tomados del número 24 de la revista TIME de este año de las medusas de 2012.

jueves, 28 de junio de 2012

EL AÑO DE LAS MEDUSAS



Pelagia noctiluca (Imagen de la wikipedia)


(para mi amigo Cacho Ripa que está aprendiendo a margullar este año de las medusas)

Cuando se retira la marea alta las medusas tapizan la orilla de la playa de Las Canteras como si fueran los restos de un postre gelatinoso que algún goloso haya dejado caer descuidadamente al suelo húmedo. Son centenares de miles de ejemplares que los servicios municipales se afanan en recoger cada mañana.
La mayoría de ellos son ejemplares de las famosas aguavivas canarias, Pelagia noctiluca, pero también se encuentra algún que otro ejemplar de la llamada “carabela portuguesa” Physalia physalis y algunos restos de otras especies que no puedo identificar, como una que deja una enorme gelatina blanquecina que flota entre las algas pardas.
Las toneladas recogidas en los pasados tres meses sobrepasan la memoria colectiva al respecto. Las cantidades de ejemplares son la prueba evidente de que las aguas canarias son testigos de un fenómeno extraordinario. Parece que el mar está plagado de ellas.
Fiel a mi costumbre y para paliar los efectos del par de hernias discales que me martirizan en cuanto pueden, me suelo dar un baño casi diario en la playa. Desde principios de junio había querido prescindir del neopreno en mis paseos de superficie, pero alguna que otra medusa me ha recordado lo urticante que pueden ser.
Una vez solventadas las picaduras con un emplasto de mi propia orina (remedio tradicional que funciona mejor que cualquier potingue de farmacia; aunque la wikipedia me desmienta), me sigo sumergiendo –provisto del traje de buceo que me cubre casi el 80% de cuerpo, que no tengo suficiente urea para neutralizar tanto nematocisto- con la fascinación añadida de poder contemplar la armoniosa danza de estos seres etéreos.
A pesar del temor que despiertan estos invertebrados primitivos entre los humanos que estos días se acercan al mar para huir del siroco, las medusas son una bendición para toda la cadena alimenticia de la playa, y probablemente más allá de los límites del arrecife.
La capacidad nadadora de las medusas es muy limitada y se convierten en juguete de las corrientes marinas. Cuando llegan a aguas someras están perdidas: no pueden regresar a aguas abiertas por si mismas y las mareas las llevan a rozan con los fondos y las rocas, cuando no directamente a quedarse en seco sobre la orilla.
Una vez sucede esto están totalmente indefensas y se convierten en pasto de todos los animales que pueden hacer presa en sus hermosas exumbrelas. Por esa zona superior son devoradas por sargos, fulas, pejeverdes, salemas, lebranchos y hasta los cangrejos que merodean entre las rocas. La rica proteína de la gelatina sirve de alimento a muchos animales.
Es cierto que más de un bañista inocente ha recibido en sus carnes la urticante caricia de los nematocistos, pero el beneficio en la vida marina es enorme. Además de aguavivas las aguas de la playa se han llenado de longorones, que deben haberse beneficiado de las vedas de anchoas del Cantábrico.
Detrás de los longorones han entrado barracudas, palometas y hasta peces aguja. Parece que algo está provocando un inusitado florecimiento de la vida en las costas de la ciudad.
Los biólogos opinan que el florecimiento de las medusas se debe a que no tienen depredadores naturales suficientes, debido a la excesiva sobrepesca de atunes y tortugas. Unos dicen que la erupción submarina del volcán de El Hierro tiene que ver con esto, otros sostienen que es el calentamiento global y alguno dice, con ironía, que la crisis y la prima de riesgo deben ser las responsables.
Yo no estoy seguro, pero si le echamos un vistazo a la biología de las medusas, sabremos que estos animales se reproducen de una forma muy curiosa: hay una generación pelágica que nada libremente en el océano como estas medusas de las que hablamos, pero la siguiente generación es sésil y se fija en los fondos marinos donde vive como pólipo durante años.
Este es un año de grandes números de ejemplares pelágicos, que nadan por nuestras aguas como etéreas danzarinas que fluyen en las corrientes marinas, aprovechando alguna ignota conjunción estelar o la oportunidad de reproducirse en aguas extraordinariamente cálidas.
He oído que las autoridades municipales quieren poner redes en la playa o, incluso, utilizar un catamarán-recogebasuras para recolectar a las herederas de la hidra de mil cabezas, la mitológica Medusa.
Es difícil argumentar que se deje a la naturaleza seguir su curso y que las medusas sigan arribando a las orillas, para deleite de las viejas y terror de los bañistas, pero habría que recordar que la naturaleza es sabia y tanta abundancia de vida sólo puede significar que el planeta es más sabio que los humanos.
Quizás sea la presencia de las medusas algún tipo de señal -celestial o terráquea- para que seamos conscientes de la fragilidad de nuestro medio. Quizás haya alguna princesa Mandalika como la de la isla de Sumba, que nos quiere recordar que se ha cometido alguna injusticia con ella.
En la isla de la madera de sándalo en Indonesia-la isla natal de Sumba, protagonista de mi novela en Kopi Luwak- ocurre todos los años, en el comienzo del año lunar por el mes de febrero o marzo, la aparición de gusanos nyale. Los multicolores anélidos del gusano pololo son recogidos para ser ceremoniosamente comidos por los nativos, que creen que son la reencarnación de la princesa Mandalika, que vuelve de esa manera a las tierras que la vieron nacer en el reino de Lombok. 
 Sólo algunos nativos son conscientes de que los gusanos viven todo el año entre los corales y que esa aparición milagrosa se debe más a su necesidad reproductiva que a la mitológica Mandalika.
Quizás debiéramos nosotros también buscar alguna razón mitológica para explicar la aparición de nuestras aguavivas, porque la biológica es más prosaica y después de reproducirse en nuestras aguas veraniegas las medusas pasarán a su estado sedentario durante la próxima generación, perdiéndose entre el zoopláncton y los nuevos volcanes submarinos, dejando las playas a merced de las bandadas de turistas colorados.
Yo , particularmente, prefiero nadar entre las medusas cada día a enfrentarme a los telediarios y a los incapaces que nos están llevando a aguas más procelosas que las del océano lleno de vida. Quizás sean las medusas capaces de inspirarme algún relato o llevarme a algún reino submarino habitado por sirenas con una corte de aguavivas purpúreas danzando a su alrededor.

jueves, 14 de junio de 2012

EL HUMO Y LA ROSA

Mientras las entelequias de la sociedad de consumo capitalista se desmoronan como desaparece el humo de los puros de los políticos en los estadios, donde tanto gustan exhibir su nacionalismo de opereta, me siento estafado, estafado por ellos y por los banqueros que se auto indemnizan por su incompetencia con cifras que marean a los comunes mortales que luchan para poder llegar a final de cada mes.
Asisto perplejo a los espectáculos que nos brindan cada día esta caterva de impresentables, que ni saben ni pueden arreglar el caos que han generado, que están dilapidando las perspectivas de presente y futuro de nuestra sociedad, mientras yo encuentro refugio en la poesía y el amor.
Admito que es un consuelo lírico y romántico, lejano a la dura realidad económica y a la estulticia que impera entre los impresentables políticos que han demostrado que sólo sirven para hacer tratos entre caviar persa y grasa de salmón noruego, acciones preferentes y tratos petrolíferos, pero que ninguno está a la altura del “maelstrom” que nos arrastra hacia el abismo económico y social, que sólo valen cuando hay “vacas gordas” que ordeñar, pero que no saben lo necesario cuando tocan las bíblicas “vacas flacas”.
Asumo que la poesía es poco consuelo para quienes se enfrentan a la tragedia del paro o las pobres perspectivas de futuro que van a suponer las drásticas medidas de ahorro. Paupérrima alegría también es la poesía para quien -como yo- creía en las prédicas de la solidez de la sociedad consumista; no obstante, sigo escribiendo versos que me alumbran en estas tinieblas.
Sé que poco puedo hacer para cambiar la situación político-social, aparte de secundar las acciones de protesta y contribuir al flujo de mensajes que expresan su decepción y escepticismo ante la casta de inútiles que nos gobiernan. Mientras tanto trato de continuar mi trabajo como maestro y escritor.
Enseño para ganarme la vida, pero también porque sigo creyendo en que otra sociedad es posible, que hay esperanza. Escribo para no perder el juicio, para recordar(me) que el planeta sigue girando, que mis alumnos siguen haciendo preguntas que necesitan respuestas, que hace unas semanas hubo un tránsito de Venus que no volveré a ver en mi vida, que el arco iris me convoca a citas inesperadas, que los ojos de mi amor cambian con la marea, que las rosas del jardín siguen floreciendo y que las bandadas de palometas acompañan a las barracudas que pastan entre las aguavivas de la bocana del arrecife, esperando a que yo nade entre ellas.
Y que todo esto no depende de los banqueros, los ministros o los políticos, y me siguen esperando a la vuelta de cualquier nube u ola.

lunes, 14 de mayo de 2012

DÍAS DE BARRACUDAS Y LIBROS. MARTE EN LEO

Mayo ha llegado con el fuego del desierto. El aire se podría embotellar y exportar a latitudes más frías. Y uno busca refugio a la poca sombra que deja el flamífero sol. Ha pasado la Feria del Libro con un éxito de ventas de KOPI LUWAK (así lo califico yo; que no tengo abuelas desde hace tiempo).
Estuve en dos casetas distintas, la de “Mi tienda de libros” y la de “Sueños de Papel”. En ambas me lancé a vender los libros como vendía la Encyclopaedia Britannica en mi juventud, convencido de que contaba con la “mercancía” perfecta, la obra literaria de mi vida, una novela a la altura del mejor café del mundo.
Todo aquel que se acercaba por las casetas y tenía el valor de responder a mi pregunta: “¿Le gusta a usted leer novela?”, se encontraba con el reto de que empezara a leer el texto de la mía, comparándola con cualquiera de los “best-sellers” de editoriales de renombre que por allí pululaban.
Algunos de los atrevidos que se pararon fueron más lejos y la compraron; no sé si atrapados por mi prosa o ansiosos de librarse de mi personalidad de vendedor de enciclopedias. Lo cierto es que se vendieron prácticamente todos los ejemplares que estaban allí disponibles.
Terminé la experiencia vendedora aún más convencido del valor literario del libro que de mi talento como parlanchín de feria. Al mismo tiempo salí lleno de dudas acerca de la continuidad de su comercialización, lastrada por una ausencia de ejemplares en las librerías y en la propia distribuidora.
Es triste el sino de un autor como el que esto escribe, que está convencido de que su obra es buena; pero que su trascendencia poco depende de él.
Entre el 19 de abril y el 4 de mayo, he presentado el libro en el Ateneo Cultural de Vecindario, fui entrevistado en la radio televisión del sureste de Gran Canaria por dos veces y estuve -como decía más arriba- en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria.
Me dicen que el libro suena en los circulillos literarios pero pocos se atreven a decirme nada en concreto sobre su parecer. Se lo envié a alguno que se dice crítico y que no deja de ser el tuerto en el país de los ciegos, para que ni siquiera lo escriba correctamente en sus listas del bombero incendiario Guy Montag en Fahrenheit 451.
Algún que otro periodista recibió el libro según salió para quedárselo y darme la callada por respuesta. Ni es bueno ni es malo ni es regular: no existe.
En fin, que mientras medito si hago un petate con los libros que tengo, pongo un tenderete en el paseo de la playa y lo promociono como si fuera mercancía al peso, me meto en el agua frente a la Peña de la Vieja.
Las Canteras recibe los aluviones de bañistas propios de un mayo canicular, que huyen del calor, de la banca o de otras plagas bíblicas. Hay, incluso, algún “quince-emero” que se pasa por las terrazas antes de conmemorar el aniversario de sus protestas y frustraciones.
Espero a que caiga la noche para que el calor amaine, luzca el lucero de Venus hacia el occidente y arriba, cerca del cénit reluzca Marte a los pies de la Constelación de Leo:  Espero el atardecer sumergido en el agua que bulle de vida, con medusas agonizantes de Pelagia noctiluca que sirven de pasto a los habitantes del arrecife.
Con las medusas han entrado en la laguna miriadas de alevines de longorones y una enorme bandada de barracudas errrantes, que me rodean como si fueran bayonetas de azul grisáceo, abriéndose sin temor a mi paso lento..
Afuera los altavoces del ayuntamiento repiten: “we inform you that now there are some jellyfish in the Town Hall“ o quizás era “Las Palmas Town Hall informs you that now there are some  jelly fish in the water”. Sea como fuere, mejor ir con neopreno o con cota de mallas tanto para salir a nadar como para entrar en los edificios públicos.