martes, 18 de junio de 2013

OLIVOS (A modo de reflexión sobre la reformas educativa)

Esta entrada apareció primero enwww.canariascultura.com

Cuando me voy a margullar (lo cual en sí mismo es una declaración de intenciones lingüísticas; pues me niego a decir el barbarismo “snorkeling”) aprovecho mi paseo lento a flor de agua para pensar, mientras fluyo con la corriente hacia Los Lisos.
Bajo mi piel de neopreno curtida por mil mareas se desliza el somero fondo de la Playa de las Canteras, poblado de sabias viejas, fulas azules y pejeverdes danzarines, contemplados por mi gran ojo de cíclope artificial.
El otro día mientras me abría paso entre un cardúmen de irisados longorones blancos, traslúcidos en su pequeñez, se me fue la mente tierra adentro, hacia unos viejos olivos que alguien había plantado en la carretera del centro de la isla, poco antes de llegar a San Mateo.
Eran varios ejemplares que hace algún tiempo me pareció ver en un vivero. Los olivos habían sido importados de la Península porque hoteles, fincas particulares y ayuntamientos varios los demandaban para sus jardines. Y qué mejor idea que traerlos de ultramar ya crecidos. Los olivos están poniéndose de moda y, como su crecimiento es lento, se prefiere trasplantar ejemplares de cierto porte.
Es conocido el dicho popular relativo a los olivos: Los planta el abuelo, los cuida el hijo y empieza a recoger el fruto el nieto. Se necesitan tres generaciones humanas para que el frutal sea rentable. Pero en estos tiempos de vértigo, parece que no se quiere esperar entre cincuenta y setenta años para recoger una buena cosecha, aparentemente todos tenemos prisa para conseguir nuestros objetivos.
Es verdad que en tiempos recientes se ha incrementado la superficie original dedicada al olivo en el sur de Gran Canaria y hasta en Fuerteventura, pero los matos son todavía muy jóvenes y la cosecha de aceitunas no es muy grande.
Los interminables olivares de Andalucía han necesitado siglos de cultivo para desarrollarse. Son testigos de otras épocas donde el tiempo se medía con otra escala, la de una vida tradicional, lenta y pausada, pensada a largos plazos y para las siguientes generaciones.
Después de dejarme llevar por la corriente de salida del estrecho de Los Lisos, “el efecto Venturi” ha acelerado mi navegación hasta las mayores profundidades frente a la Peña la Vieja. Allí compruebo que los temporales del invierno y las marejadas del oeste han denudado los fondos, cambiando los vericuetos entre el arrecife.
La mirada se me va hasta los perfiles del interior de la isla y los pensamientos me recuerdan un encuentro de hace unos cuantos años. Estaba en los locales del sindicato cuando entró un joven alto y delgado, de melena rizada hasta los hombros y ojos de mirada penetrante.
Empezó diciendo que acababa de regresar a la isla después de terminar no sé qué máster en Filosofía y que buscaba información sobre la reciente convocatoria de oposiciones para el cuerpo de profesores de secundaria u otras ofertas de trabajo en colegios privados o, incluso, en el propio sindicato.
Empecé a buscar información sobre lo que me pedía, como solíamos hacer con muchos otros recién licenciados, hasta que sus ojos se encontraron con los míos, diciéndome: “Tú me diste clases cuando era niño en la escuela de Barranco Hondo”.
Me fijé con mejor atención en aquellos ojos brillantes y mis recuerdos me llevaron a mi juventud de maestro en aquella escuela unitaria perdida entre las casas-cueva de Juncalillo. Recordaba vagamente aquel grupo de niños aplicados que no querían irse de allí cuando se acababan las clases en mi tercer o cuarto año de profesión, abrigados dentro del aula, sin calefacción en el crudo invierno de El Tablado a 1400 metros de altura sobre el nivel del mar.
Habían pasado más de veinte años y me encantó que uno de aquellos niños me reconociera después de todo ese tiempo. Me habló el joven de sus estudios, me puso al día de varios de sus antiguos compañeros de escuela, algunos habían estudiado Ciencias Matemáticas, otros Derecho y alguno se había quedado en las altas medianías cultivando las terrazas familiares en el barranco. Sobre todo me dijo que recordaba con mucho agrado aquellos cursos donde aprendíamos y nos divertíamos todos con los pocos medios con los que contábamos, en aquella escuela sin calefacción, ni teléfono, ni fotocopiadora, donde nos fabricamos una copiadora “vietnamita” con gelatina y papel carbón.
Me contó sus proyectos alternativos si no podía dedicarse a la docencia, entre los que estaba una estadía en una ONG en Sudamérica. De alguna manera me sentí orgulloso de aquel joven licenciado. Quise pensar que alguna mínima influencia pude haber tenido en la formación de aquel filósofo.
Los maestros de cierta edad tenemos la suerte de encontrarnos de vez en cuando con algunos de nuestros alumnos, que nos recuerdan los tiempos que compartimos en las aulas, y haciéndonos sentir que -al menos- algunas de nuestras enseñanzas no cayeron en saco roto.
Tengo más de treinta años de experiencia como docente, desde la primera línea del aula a la representación sindical, pasando por un destino en el Extranjero e incluso un par de años en el Consejo Escolar de Canarias.
He conocido, con mayor o menor grado de consciencia y conocimiento, cinco Leyes Orgánicas de Educación, he “servido” bajo tres distintas administraciones políticas españolas, bajo más de diez distintos Ministros y Consejeros del Ramo, he estado  a las órdenes de varias decenas de directores generales, he negociado con otros varios y he hablado con decenas de Inspectores y con muchos cientos de profesores y maestros, individualmente y dentro de las organizaciones sindicales que (les) representaban.
He vivido esta trayectoria con pasión y compromiso, intentando hacer mi trabajo lo mejor que sabía en cada momento. Puedo decir que la mayoría de todas estas personas intentaban hacer lo mismo desde su propia perspectiva. Los profesionales de la Educación en España son tan buenos como en cualquier país europeo.
La principal diferencia es que en España no se tiene la paciencia necesaria para esperar a recoger los frutos, para que los olivos que plantamos fructifiquen. Los éxitos educativos de otros países se basan fundamentalmente en la paciencia, en la confianza en los profesores y en el consenso político. Si se mira a modelos de éxito, como el de algunos países orientales o la recurrida Finlandia, se observa que hay una gran estabilidad en las leyes educativas y una mayor autonomía de las escuelas, unidas a un gran respeto por los maestros.
Sufrimos en las escuelas la enorme presión de los políticos que quieren ver cómo las encuestas y los análisis de resultados estadísticos como los del informe PISA se mejoran de forma inmediata. Pocos se ocupan de conseguir la estabilidad en los colegios y en las familias, para que todos, familias, niños y maestros podamos disfrutar del aprendizaje común, dándole tiempo al tiempo para que las nuevas generaciones sean capaces de crecer en el conocimiento.
Se cambian las leyes educativas con cada cambio electoral, olvidándose que ninguna ley cambia al individuo por decreto, ninguna ley es capaz de motivar, ninguna ley es capaz de inspirar, ninguna ley hace que los olivos crezcan y fructifiquen antes de tiempo, ninguna ley sirve más allá que para ordenar papeleos y títulos.

jueves, 6 de junio de 2013

"MIS ORÍGENES LITERARIOS ESTÁN EN UNA NIÑEZ SIN TELEVISIÓN"




Como los lectores habituales de este blog ya saben, desde hace unas semanas colaboro con un medio digital. Les incluyo un enlace al periódico digital www.canariascultura.com con una entrevista realizada por su director, Enrique Mateu.




ENTREVISTA

lunes, 20 de mayo de 2013

ÁRBOLES

 
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Hay un laurel de indias cerca de una de las rotondas de la salida de la GC-2 frente a Siete Palmas que destaca entre todos. El árbol pertenecía a la alameda de laureles que bordeaba la antigua carretera de acceso al cementerio de San Lázaro en Las Palmas de Gran Canaria y ahora sobresale por su frondosidad.
Los demás ejemplares están torcidos en la dirección opuesta al poderoso alisio del noreste y parecen sufrir los avatares de las sucesivas acometidas de obras y reformas a los accesos a los centros comerciales de la zona.
Pero este laurel concreto se eleva orgulloso dando sombra a los que le rodean, sitiados por el tráfico diario y el viento inclemente. Todos ellos fueron plantados a finales de la década de los sesenta cuando se abrió el nuevo cementerio de la ciudad y su crecimiento fue a la par que los problemas de abastecimiento de aguas de la ciudad y sus jardines.
Durante años sobrevivieron con los restos del acuífero de la finca de las Siete Palmas y su infraestructura de regadío y llenado de los estanques de barro de la zona, mucho más que por los riegos de los empleados de los parques y jardines municipales.
El ejemplar del que les hablo está situado muy cerca de una rotonda donde se ha preservado (con cierta visión histórica) uno de los acueductos que surtía a la citada finca, que cruzaba con un arco elevado sobre la antigua Carretera General del Norte. No sé si el denso follaje del árbol se debe a la cercanía a este acueducto o a los habitantes de una antigua casa con tejado a dos aguas.
La casa fue expropiada porque se quedaba aislada entre la maraña de viaductos, rotondas y carriles que circunda los accesos a los nuevos barrios-dormitorio de la zona. Casi nadie se acuerda que allí existió tal casa, ni de la antigua fábrica de tejas que se ubicaba casi enfrente o de la parada de guaguas que fue conocida hasta hace bien poco como “La del Olivo”, aludiendo a algún antiguo ejemplar que yo no conocí. La rotonda más próxima a estos lugares está hoy día plantada de distintas especies de cactus, agaves y opuntias y, si alguien se fija, podrá ver -incluso- un par de parras con racimos incipientes.
Lo que sí conocí fue esa casa a la que me refiero, hoy destruida, habitada por una señora mayor que trajinaba en los alrededores de ella, ajena al tráfico creciente de mediados de los años noventa del pasado siglo cuidando del pequeño huerto y de las macetas. Tenía gallinas sueltas y palomas que anidaban en un palomar adosado a la casa, como si quisiera ignorar el imparable destino que se cernía sobre ella.
En mi difuso recuerdo pienso que aquella era una antigua morada de peones camineros, situada a pie de carretera y dispuesta estratégicamente para el control del paso de vehículos y personas en ruta hacia el centro y norte de la isla.
Ahora que escribo esto pienso que quizás fuera la señora quien regó los primeros años del laurel y su actual frondosidad se debe a esos años de riego y cuidados. Después  de que se derribara la casa, tras la evacuación de sus inquilinos, las hogareñas palomas se negaron a abandonar el sitio, revoloteando durante un par de años por los alrededores por donde estuvo la casa y usando el laurel como percha y como nido, negándose a abandonar su hogar.
Soy testigo de lo que narro y cuento esta historia de la misma manera que mi madre cuenta que se midió con seis años en una palmera del Parque Doramas en compañía de su hermano Luis -que después emigró a Venezuela para no volver-, marcando su altura en la estipe del vegetal.
La palmera fue criada y plantada, al igual que muchas otras, por su abuelo José, mi bisabuelo, José Cruz Tejera, quien fue durante años el jardinero mayor del vivero municipal y quien supervisaba el cultivo de muchos de los viejos árboles y plantas del parque.
Hace unos pocos años mi madre quiso recordar el sitio donde se había medido y, después de buscar la palmera, siguiendo su memoria: “cerca de los olivos, detrás de la rosaleda, frente al muro del estanque, yendo hacia los dragos”, me señaló el ejemplar que se alza frente a las habitaciones traseras del hotel Santa Catalina.
Allí se midieron los hermanos antes de crecer y abandonar el jardín del edén infantil. Mi madre se quedó en la isla viendo como la palmera se alzaba hacia el cielo y ella envejecía. Cuando la volvió a identificar, me sentí vinculado a este particular ejemplar de Phoenix canariensis de la misma manera que las palomas siguen anidando en el laurel de indias del comienzo de esta historia, recordando quien los plantó y quien los cuidó.
Los seres humanos estamos, sin duda, unidos a nuestros árboles, a los que plantamos y a los que cuidamos, de los que nos alimentamos o debajo de los que buscamos sombra. Debe haber lazos invisibles entre todos los seres vivos. Nuestras memorias y nuestros actos perduran mientras existan testigos vivos.
Al menos, a mí así me lo parece.

lunes, 6 de mayo de 2013

BANCO DE ALIMENTOS (Y para el espíritu, a cambio, también)

Entrada publicada primero en www.canariascultura.com

Miedo a estas visiones           
tuve, pero luego
que he mirado a estotras,
mucho más les tengo
CALDERÓN DE LA BARCA

Ando entre las calles de mi ciudad, a veces con rumbo fijo, a veces errante sin una derrota clara. Despliego las velas latinas de mi equipaje básico y surco el piélago de la trama urbana de la zona portuaria, bloc de notas en ristre, gafas caladas. Miro con ojos de fotógrafo o trazo con mano alzada los perfiles de personajes para la cotidiana realidad novelesca: me fijo en una fachada peculiar, en un automóvil desvencijado o en una mora embozada. Aquí y acullá hay ingredientes para filmar un documental digno de del Gran Bazar de Ispahán o del Rastro de Tristán Narvaja en Montevideo.
Paseando cerca de la playa me topé con los puestos de los voluntarios de la Asociación de Vecinos Playa Chica, que en un tenderete improvisado ofrecen “Books for Food”. Allí tienen dispuestos multitud de libros en varios idiomas para que el pasante pueda elegir los que quiera, con el compromiso de traer alimentos a cambio, alimentos que después se distribuyen con la colaboración de Cáritas.
He tomado el puesto en la calle Torres Quevedo como referencia de paso en mis peripatéticas excursiones por la zona. De allí he sacado algunos ejemplares curiosos que alguna vez quise leer u otros que hube de leer en mi juventud introvertida, sin que me diese cuenta.
Según he ido adoptando los libros he ido acarreando paquetes de arroz, de legumbres, de aceite, tarros y latas varias e, incluso, he llevado algunos ejemplares de “El anillo del pulpo”, en la edición de Incipit Editores, como compensación para el banco de alimentos que gestiona la asociación.
A pocos pasos de la playa cosmopolita existe otra realidad ajena a los bañistas, los turistas y los paseantes: una de personas con necesidades básicas, de alimentos, de ropa, de alojamiento. Algunos bloques de apartamentos de los pioneros del turismo se han convertido en refugios de fortuna para inquilinos  pobres.
Algunos de los libros expuestos son enciclopedias educativas sin abrir, todavía con el folio plástico que los envolvía cuando se vendieron al peso y con un aparato de vídeo como incentivo, otros tienen el uso de miles de manos, algunos –incluso- están dedicados a un nieto o a una amada. Ahora sirven de moneda de intercambio para otras necesidades más primarias.
Casi la mitad de los libros expuestos están escritos en lenguas extranjeras: alemán, inglés o francés; aunque también destacan los de las lenguas escandinavas, sueco, noruego, danés o finlandés. La mayoría son de ediciones de bolsillo de “best-sellers” internacionales, mudos testigos de las horas de lecturas de los exiliados invernales del centro y norte de Europa; y de su solidaridad.
Entre los ejemplares que he adoptado quiero destacar dos de los tres tomos (el tercero no estaba allí) de las Obras Completas de Lenin, editado en la extinta Unión Soviética. Pero lo destacado de los dos tomos no es ni su autor ni su editora, sino que llevaba un “ex-libris” de la extinta Unión del Pueblo Canario, como mudo testigo de los convulsos años de la transición y los primeros experimentos de la llamada izquierda nacionalista canaria. Más de tres décadas más tarde, ni siquiera me apetece hacer una reflexión profunda sobre los orígenes o el destino de algunos de los políticos que pudieron haber hojeado los libros en aquellos días, para simplemente acabar de director general de algo.
Yo prefiero encantarme con los ejemplares de “El reino de este mundo” o “Ecué-Yamba-O” de Alejo Carpentier, editados en La Habana precastrista o con “La línea de sombra” de Joseph Conrad, mientras animo a los lectores a pasarse por la calle Torres Quevedo, provistos de algunos alimentos no perecederos, para ver si encuentran  un tesoro literario o un manual sobre el cultivo de bonsáis antes de que lo haga yo.

viernes, 26 de abril de 2013

LOS SABIOS DESCALZOS Y LOS IGNORANTES CON CORBATA

Entrada aparecida primero en www.canariascultura.com

Empiezo estas líneas con la difusa tentación de hablar de nuevo sobre el teleférico al Roque Nublo y los empecinados con corbata que lo promueven. Ya dije lo que creía sobre ello en otro artículo “colgado” del cadalso cibernético; y pienso que no debo añadir ni una sola coma más.
Ni un millón de argumentos razonables movería a aquellos cuyo único horizonte es la avaricia o la ignorancia, por eso me voy por otros derroteros más sensibles y significativos, dejando mis palabras sigan resonando al aire libre y a los ecos de las fajanas oscuras que bajan desde la Cumbre.
Debo reconocer que siento una cierta afinidad con los parias, los desheredados y los olvidados de esta sociedad. Quizás fuera la mano de Andrés “el Ratón”, que se posó sobre mi cabeza uno de los últimos días en los que el Barranco Guiniguada pudo ser visto “correr” hasta el mar; y su mano descomunal me dio la bendición diciendo: “este muchachito parece que va a ser un buen mozo; procura ser un hombre de provecho”.

http://www.barriodesanjose.com/blog_barriodesanjose/?p=8098

Fue un día de 1966 cuando las aguas del barranco bajaban tumultuosas, llenas de barro y haciendo sonar los callaos. Yo tenía seis años y el recuerdo se ha avivado recientemente. Aquel día de invierno mi padre había llamado a casa para avisar que el Guiniguada bajaba de la Cumbre con agua y mi madre me llevó con ella para que lo viéramos juntos.
El difuso recuerdo fue confirmado durante el reciente octogésimo quinto cumpleaños de mi madre: después de ver las aguas correr de “banda a banda” nos fuimos hasta el Bar Polo en el Puente de Palo sobre el aprendiz de río, donde Andrés me impuso su mano.
Entre los parroquianos habituales del bar estaba Andrés Déniz, conocido como Andrés “el Ratón”. Era un personaje curioso, una especie de vagabundo urbano, un pionero de lo que más tarde hemos llamado vagabundos o “sin techo”; aunque éste tenía un aura particular, de personaje respetado, de sabio descalzo, de Diógenes, que formaba parte de la historia interna de la ciudad, siendo glosado en su época, vox populi, en la prensa local y en alguna publicación impresa. (*)
Deambulaba Andrés por los alrededores del mercado de Vegueta, pendiente de alcanzar unas monedas llevando una compra o haciendo algún recado, descalzo sobre los adoquines de las calles y vistiendo un terno oscuro, condecorado con medallas de las últimas guerras coloniales, quizás encontradas en el cauce del Guiniguada, donde buscaba oro –real o falso- para embaucar a quien se dejara.
Describe mi madre a Andrés Déniz como un hombre grande, con porte casi militar, muy educado en el trato, sabio en las expresiones, de tez rubicunda, ojos brillantes y pies descalzos, enormes, donde frotaba los fósforos para encenderse su habitual virginio.
Cuenta mi progenitora que estando ella con mi padre otro día en el Bar Polo, entró un señor bien trajeado y, acercándose a Andrés “el Ratón”, también presente en el local, le dio unas monedas –no sabe mi progenitora si en pago de una deuda previa  o como práctica habitual-; pero la reacción del noble “clochard” sorprendió a todos:
  -No, gracias, no me hace falta; mejor le da las monedas a esa pobre que está pidiendo en la entrada.
  -Pero usted también es pobre y las monedas se las he dado yo a usted –se sorprendió el caballero.
  - Yo, señor, no soy pobre y, además no estoy pidiendo nada –respondió el sabio descalzo.
 - ¿No es usted pobre? Pero, hombre, si no tiene casa y duerme en el barranco.
 -Sí, pero no soy pobre. Tengo todo lo que necesito. No me falta qué comer y duermo en la mejor de las casas: tengo el cielo estrellado por techo. Si llueve me meto bajo el puente y si el barranco corre hay zaguanes donde me dejan quedar. Yo no soy pobre; pobre es esa señora que pide y tiene un niño pequeño a quien alimentar. Déle el dinero a esa señora, que lo necesita más.
Todos los presentes se admiraron de otra de las anécdotas de aquel caballero descalzo, con una filosofía vital digna de un sabio griego: no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Aquella ciudad de mi infancia, cruzada de puentes, habitada por vagabundos condecorados, de guardias tocados con salacots coloniales y tartanas paseando turistas, se desvaneció en los años setenta mientras el barranco se cubrió con cemento y Andrés “el Ratón” perdió su cobijo bajo las estrellas, mientras hordas de turistas nos llevaron de forma acelerada hacia eso que algunos llaman el progreso. 
Personajes marginales como Andrés el Ratón estaban integrados en aquella pequeña ciudad, formando parte de la atmósfera propia del centro histórico. Además, la persona tenía unos principios dignos de ser citados a través del tiempo.
Ha pasado medio siglo y pocos recuerdan quiénes y cómo éramos. Hemos cambiado nuestra ciudad y nuestra isla para adaptarnos al modelo económico que gira en torno al turismo de masas. Los hoteles y las infraestructuras han devorados mucha superficie de la isla, dejando irreconocibles muchos paisajes tradicionales.
Con el paso del tiempo me he convertido en un testigo cincuentón, en un escritor urbano, con la memoria llena  -entre otras cosas- de playas vírgenes, acantilados que ya no existen, yacimientos arqueológicos durmientes, anécdotas de pastores, de topónimos olvidados y barreros de donde saqué el barro para tallas de agua fresca.
No quiero renunciar a lo bueno de la civilización, a las comodidades que nos permite el progreso, a las posibilidades de aprendizaje y de disfrute del tiempo libre que nos ha dejado vislumbrar la sociedad del bienestar.
Ahora que la crisis cuestiona muchos de estos avances en este país, donde la corrupción estremece los fundamentos y los principios democráticos, parece ser el momento preciso para meditar si hemos estado viviendo un espejismo o si los valores de Andrés “el Ratón” sobre si es más feliz quien más tiene o quien menos necesita no estaban tan errados.

* (Nuestra Ciudad. Luis García de Vegueta)

miércoles, 10 de abril de 2013

EL TELEFÉRICO AL ROQUE NUBLO (o de cómo destruir la línea del cielo)

Artículo aparecido primero en www.canariascultura.com

Cuando don Miguel de Unamuno visitó Gran Canaria en 1910 fue llevado de excursión por el interior de la isla, llegando a caballo hasta Artenara, donde pudo contemplar desde la perspectiva de la distancia los roques centrales de la isla, el Bentayga en el centro de la Caldera de Tejeda bajo sus pies y el Nublo, alzado en lontananza, coronando el gigantesco circo pétreo.
La vista de aquellas peñas enhiestas sobre un fragor de barrancos, enormes farallones verticales y pequeños campos cultivados en terrazas con un gigantesco anfiteatro natural coronado de pinares le hizo, primero exclamar y luego escribir, que aquel paisaje que admiraba era una “tempestad petrificada”.
No sabemos si el ilustre pensador vasco sabía de Geología o si una inspiración genial le llevó a designar así lo que pudo contemplar –a lomo de caballo- desde los miradores de la ruta entre Cruz de Tejeda y el pueblo troglodita de Artenara. Lo cierto es que la sensibilidad del poeta supo plasmar con sus palabras la belleza de un paisaje salvaje, lleno de contraluces marcados por la línea del cielo, sin saber que los roques que admiraba eran de verdad los testigos petrificados de una gigantesca tormenta geológica de cinco millones de años de antigüedad.
Antes que Unamuno la inmortalizara, los antiguos canarios fueron capaces de apreciar la grandiosidad de su horizonte insular, atribuyéndole a los pitones piroclásticos carácter sagrado y simbólico, usándolos como hitos astronómicos y estacionales.
La silueta de cada cresta, de cada caidero, de cada roque era fundamental en sus ciclos anuales, destacando entre ellos la del Roque Nublo y la del Roque Bentayga. El calendario de cada orto u ocaso de los astros estaba fijado en referencia a los perfiles de esos hitos geográficos, inmutables a escala humana.
Sin embargo, la historia geológica de la isla nos lleva hacia el origen de esos roques singulares: hace unos cinco millones de años Gran Canaria se alzaba por encima de los dos mil metros, quizás alcanzando unos tres mil metros sobre el océano. Los geólogos suponen que el centro de la isla estaba entonces ocupado por un cono volcánico similar al Etna o al Teide.
Es difícil especular sobre el perfil exacto de la isla previo a una gigantesca erupción que alteró para siempre el paisaje que describimos. Hasta entonces los episodios volcánicos en la isla de Gran Canaria habían sido erupciones de coladas basálticas de relativa poca explosividad que construyeron el edifico de la isla a modo de escudo, con coladas fluidas que fueron creando una meseta elevada en su centro, sobre la que debió alzarse uno o varios estrato-volcanes.
Hace unos cinco millones de años la composición de magma bajo la corteza terrestre pasó de ser ácida a ser alcalina, concentrándose bajo la isla un magma con una enorme densidad. En relativamente poco tiempo la cámara magmática bajo el centro de lo que fue la Paleo Gran Canaria empezó a acumular una gran cantidad de energía que no podía encontrar una salida que le permitiese aliviar la presión. La isla se convirtió en una verdadera bomba geológica.
Y cuando se superó el punto crítico –literalmente- ¡saltó por los aires! La erupción principal debió causar un cataclismo de dimensiones planetarias. Hoy día podemos encontrar los materiales que emitió la gran explosión esparcidos por toda la isla: es lo que se denomina “aglomerados roque nublo”, formados por una gigantesca colada piroclástica, tipo nube ardiente, que cubrió toda la superficie de la isla con espesores que van de los cien a los setecientos metros, en varios episodios explosivos brutales.
Las consecuencias de ese proceso eruptivo debieron sentirse mucho más allá de los límites del Archipiélago, llegando con probabilidad a la atmósfera y afectando en mayor o menor medida a todo el planeta. Hay que recordar erupciones históricas del tipo nube ardiente piroclástica, como la del Vesubio, que sepultó Pompeya y Herculano en el año 79 d. de C. o la de la Montagne Pelée en la Martinica que destruyó la población de Saint Pierre en 1902, causando más de 30.000 muertos.
Quizás se podría comparar el periodo eruptivo Roque Nublo a otras dos erupciones muy conocidas, como la de la isla de Santorini 1600 años antes de Cristo, que acabó con la civilización minoica en la isla de Creta o la de la isla de Krakatoa en el Mar de la Sonda en 1883, cuyas explosiones tuvieron trascendencia en todo el planeta. Estas dos erupciones destruyeron gran parte de las islas y lanzaron a la atmósfera grandes cantidades de materiales volátiles, causando alteraciones climáticas en gran parte del mundo durante varios años.
El paisaje actual de Gran Canaria es, en buena medida, el resultado de ese convulso periodo denominado Roque Nublo, alterado por la formidable erosión posterior; así como por el posterior hundimiento de la cámara magmática, que debió ocupar la cuenca del actual barranco de Tejeda- La Aldea. La fisonomía de nuestra isla actual es el resultado de estos episodios volcánicos, ya que las erupciones posteriores no tuvieron consecuencias tan importantes para el relieve insular, originando sólamente conos aislados, como las montañas de la Isleta o la de Arucas o Gáldar.
El perfil de los roques del centro de la isla forman nuestra particular línea del cielo. Los estadounidenses están muy orgullosos del perfil de sus ciudades, lo que ellos llaman “skyline”, la línea del cielo o del horizonte.
Ellos pueden reconocer los distintos “skylines” por sus edificios singulares, por los rascacielos, los puentes o las líneas elevadas de autopistas. El “skyline” de Manhattan o el de Chicago suelen ser los más famosos y muchas películas empiezan o terminan con los característicos perfiles urbanos.
En Canarias no tenemos –hasta ahora- perfiles urbanos ni líneas de cielo o de horizonte que se hayan convertido en “estrellas” de cine. Pero sí tenemos tradiciones con los perfiles de las montañas y roques sagrados. Desde el Teide, visible desde casi todas las islas, hasta los roques autóctonos de cada isla, nuestro Archipiélago tiene miles de perfiles únicos, de líneas de cielo, que han formado el paisaje conocido a los habitantes de pueblos y caseríos.
Muchos de los perfiles tradicionales han sido alterados por construcciones arbitrarias, poco cuidadosas con el patrimonio paisajístico y, sobre todo en las costas, los cambios causados por alteraciones humanas son ya irreversibles. Los cambios que la naturaleza ha tardado millones de años en retratar son barridos rápidamente por lo que algunos denominan desarrollo.
Nuestra geología volcánica y el clima propio no son benignos con las alteraciones humanas. Las huellas de nuestras obras permanecen como cicatrices indelebles en el paisaje. Si se abre una carretera, se levanta un puente o se construye una urbanización, los derrubios y escombros permanecen en las laderas muchas decenas de años; en gran medida porque la vegetación tarda mucho tiempo en volver a crecer sobre los suelos alterados. En otros climas y territorios se puede dejar el terreno desnudo que la siguiente primavera será cubierta por un manto herbáceo que contribuirá a camuflar las alteraciones; aquí, en Canarias, eso no ocurre.
Si uno observa las cicatrices que dejan las carreteras en sus márgenes –independientemente de la ocupación territorial que suponen- podrá comprobar esta aseveración.
Algunos piensan que todo el territorio debe ser “desarrollado” y que no debe quedar nada a salvo de nuestras apetencias, elaborándose propuestas muy agresivas, como el recientemente reactivado “teleférico al Roque Nublo”. Se cita el ejemplo de la existencia de un teleférico en el Teide como excusa para proponer la construcción de otro en el Roque Nublo. No debemos tomar como ejemplo una profanación para justificar otra. ¿No hemos cometido suficientes errores en nuestra gestión medioambiental?
Hay en Canarias suficientes analogías para elegir los modelos correctos de gestión del territorio, desde las obras de César Manrique a la gestión integral de la isla de El Hierro, para conservar intacto nuestro patrimonio, como expresión de singularidad y excepcionalidad.
En suma, el proyecto de teleférico al Roque Nublo debería servir sólo como modelo de disparate y ser destinado a los archivos de los proyectos más desafortunados y destructivos para nuestro Patrimonio Geológico. Dudo que ningún responsable político desee que su nombre quede unido para siempre a tal desatino. La Línea del Cielo de las Cumbres de Gran Canaria merece ser respetada tal y cómo la contempló don Miguel de Unamuno: La Tempestad Petrificada.

domingo, 7 de abril de 2013

SHALAM DUDÚ



Mi amigo Dudú (éste no es su verdadero nombre) ha vuelto, como siempre, sin avisar. Vino sin otro calzado que unas sandalias chinas de plástico ni otra ropa de abrigo que una desvencijada chaqueta de chándal de deportes. Nos dijo que en África había dejado su reloj, su móvil y unas buenas zapatillas de deporte, “donadas” a varios amigos que le dijeron que él era un afortunado que podría recuperar sus símbolos de bienestar en la tierra de plenitud material de los “toubabs”. 
Dudú es un senegalés de etnia wolof que los avisados lectores de mi novela Kopi Luwak reconocerán al instante, así como todos aquellos que hayan leído mi blog. Dudú me ayudó a trazar el epopéyico viaje del mandén Bour Siien, a bordo de un cayuco, desde las playas de Saint Louis hasta Maspalomas, novelando el primer viaje épico de un gal senegalés hasta las costas canarias.
Escribí Kopi Luwak en los febriles meses de 2010 en los que intentaba construir la novela, usando todo mi tiempo libre, cuando los naufragios de cayucos,  los albores de la crisis económica española y la tecnología del SIVE ya habían hecho mella en los ánimos de muchos subsaharianos que soñaban alcanzar el paraíso vía Canarias, y las oleadas de parias africanos estaban en franco retroceso, pero muy frescas en mi conciencia.
Mi mujer y yo conocimos al comerciante wolof en el Paseo de las Canteras cuando ataviado con un blusón africano y tocado con un bonete característico vendía todo tipo de figuritas, máscaras y pulseritas hechas en serie por los artesanos “poular” de su país.
Armado con su sonrisa y su maestría en el regateo, nos fue vendiendo brazaletes, estatuas de jirafas, guerreros masai, y amuletos a cambio de una charla regular donde yo obtenía información acerca de los asuntos que necesitaba para hilvanar mi novela.
Con el paso de las semanas, la relación se fue haciendo más estrecha y nos enteramos de su filiación y progenie, de sus ilusiones y sus angustias.
Fue Dudú quien bautizó a Bour Siien, quien me habló de los manglares en la desembocadura del Gambia, de las máscaras ceremoniales de Costa de Marfil y de las penurias de las casas de adobe cuando llegan las lluvias torrenciales.
Cada frase o información suya era compensada, primero con la compra de alguna de sus figuritas, después con alguna invitación a almorzar arroz a la libanesa o con algún óbolo para pagar la renta de uno de esos pisos patera que jalonan los alrededores de la playa. También lo transportamos al puerto en alguno de sus intentos de probar mejor suerte en Tenerife o de rescatarlo para que volviera a la Gran Canaria.
Un día nos dijo que se regresaba a su patria –despreciando su duramente trabajada tarjeta de residente legal-usando la vía más barata y peligrosa: primero embarcando desde Canarias hasta Cádiz para luego saltar desde la Península a Ceuta, descendiendo a continuación en un vértigo de calor hacia el sur: Marruecos, Sáhara, Mauritania y, por fin, el Senegal, destino de Dudú, aunque el conductor quería alcanzar Liberia.
Nuestro amigo se fue en compañía de otros tres subsaharianos en una furgoneta cargada de objetos de segunda mano -entre ellas una bicicleta que estuvo años acumulando polvo en nuestro sótano- y la ilusión por volver a la patria. Los africanos no estaban demasiado pertrechados y sólo contaban con un poco de agua y algunos víveres para la semana de travesía continental que les esperaba una vez desembarcaran en tierra firme. Contaban con encontrar buenos samaritanos para poder alimentarse por el camino.
Los viajeros estaban quizás más preocupados por el trato de los policías fronterizos de algunos de los países que iban a atravesar y su ansia de rapiña que por la escasez de provisiones.
No tuvimos informaciones de los africanos hasta que Dudú nos llamó dos semanas más tarde, con las risas de su mujer e hijos de fondo. “Estoy en Touba, amigo”.
Nuestra incertidumbre se liberó después de quince de días de zozobra. El wolof había regresado a casa, y allí era donde mejor podía estar.
Hemos estado varios meses sin saber nada del wolof hasta que volvimos a recibir una llamada la última luna llena: “Amigo Antonio, Dudú está de vuelta”.
No cabíamos en nuestra sorpresa. Lo habíamos supuesto trabajando en una de las plantaciones de cacahuetes entre Touba y Kaolak, disfrutando de sus hijos y oyendo la cantarina risa de su mujer.
Había regresado por la misma ruta que había usado para escapar de la crisis española pero a la inversa. “El rey de Marruecos ha cerrado un acuerdo con el nuevo Gobierno de Senegal para exportar naranjas. Los camioneros vuelven casi siempre de vacío y no se niegan a llevar pasajeros en la cabina. Me subí a uno en Dákar y llegué hasta Ceuta. Desde allí crucé hasta Algeciras. El resto ya lo sabes: me subí al ferry y aquí estoy”.
Me contó sus planes. Se iba a Tenerife donde, al parecer, le habían conseguido un trabajo. Necesitaba lo de siempre, sin ni siquiera pedirlo: dinero, calzado y abrigo.
Cuando lo vimos nos pareció que había envejecido mucho en poco tiempo y su pelo había encanecido, dándole un aspecto de humilde Mandela que acentuaban sus ojos tristes.
Le ofrecimos lo que pedía, añadiéndole todas las figuritas que teníamos en casa desde hacía varios años: las podría revender y conseguirse algunos euros para empezar en la isla vecina.
Nos pareció que devolverle las figuritas era una buena señal y cerraba el círculo que empezó nuestra amistad, permitiendo un nuevo comienzo. Para ello prometía traernos unas máscaras antiguas de la etnia dogón cuando volviera al Senegal en otro de sus viajes de ida y vuelta al continente.
“Shalam Dudú, sé bienvenido de nuevo”