lunes, 20 de mayo de 2013
ÁRBOLES
Esta entrada apareció primero en www.canariascultura.com
Hay un laurel de indias cerca de una de las rotondas de la salida de la GC-2 frente a Siete Palmas que destaca entre todos. El árbol pertenecía a la alameda de laureles que bordeaba la antigua carretera de acceso al cementerio de San Lázaro en Las Palmas de Gran Canaria y ahora sobresale por su frondosidad.
Los demás ejemplares están torcidos en la dirección opuesta al poderoso alisio del noreste y parecen sufrir los avatares de las sucesivas acometidas de obras y reformas a los accesos a los centros comerciales de la zona.
Pero este laurel concreto se eleva orgulloso dando sombra a los que le rodean, sitiados por el tráfico diario y el viento inclemente. Todos ellos fueron plantados a finales de la década de los sesenta cuando se abrió el nuevo cementerio de la ciudad y su crecimiento fue a la par que los problemas de abastecimiento de aguas de la ciudad y sus jardines.
Durante años sobrevivieron con los restos del acuífero de la finca de las Siete Palmas y su infraestructura de regadío y llenado de los estanques de barro de la zona, mucho más que por los riegos de los empleados de los parques y jardines municipales.
El ejemplar del que les hablo está situado muy cerca de una rotonda donde se ha preservado (con cierta visión histórica) uno de los acueductos que surtía a la citada finca, que cruzaba con un arco elevado sobre la antigua Carretera General del Norte. No sé si el denso follaje del árbol se debe a la cercanía a este acueducto o a los habitantes de una antigua casa con tejado a dos aguas.
La casa fue expropiada porque se quedaba aislada entre la maraña de viaductos, rotondas y carriles que circunda los accesos a los nuevos barrios-dormitorio de la zona. Casi nadie se acuerda que allí existió tal casa, ni de la antigua fábrica de tejas que se ubicaba casi enfrente o de la parada de guaguas que fue conocida hasta hace bien poco como “La del Olivo”, aludiendo a algún antiguo ejemplar que yo no conocí. La rotonda más próxima a estos lugares está hoy día plantada de distintas especies de cactus, agaves y opuntias y, si alguien se fija, podrá ver -incluso- un par de parras con racimos incipientes.
Lo que sí conocí fue esa casa a la que me refiero, hoy destruida, habitada por una señora mayor que trajinaba en los alrededores de ella, ajena al tráfico creciente de mediados de los años noventa del pasado siglo cuidando del pequeño huerto y de las macetas. Tenía gallinas sueltas y palomas que anidaban en un palomar adosado a la casa, como si quisiera ignorar el imparable destino que se cernía sobre ella.
En mi difuso recuerdo pienso que aquella era una antigua morada de peones camineros, situada a pie de carretera y dispuesta estratégicamente para el control del paso de vehículos y personas en ruta hacia el centro y norte de la isla.
Ahora que escribo esto pienso que quizás fuera la señora quien regó los primeros años del laurel y su actual frondosidad se debe a esos años de riego y cuidados. Después de que se derribara la casa, tras la evacuación de sus inquilinos, las hogareñas palomas se negaron a abandonar el sitio, revoloteando durante un par de años por los alrededores por donde estuvo la casa y usando el laurel como percha y como nido, negándose a abandonar su hogar.
Soy testigo de lo que narro y cuento esta historia de la misma manera que mi madre cuenta que se midió con seis años en una palmera del Parque Doramas en compañía de su hermano Luis -que después emigró a Venezuela para no volver-, marcando su altura en la estipe del vegetal.
La palmera fue criada y plantada, al igual que muchas otras, por su abuelo José, mi bisabuelo, José Cruz Tejera, quien fue durante años el jardinero mayor del vivero municipal y quien supervisaba el cultivo de muchos de los viejos árboles y plantas del parque.
Hace unos pocos años mi madre quiso recordar el sitio donde se había medido y, después de buscar la palmera, siguiendo su memoria: “cerca de los olivos, detrás de la rosaleda, frente al muro del estanque, yendo hacia los dragos”, me señaló el ejemplar que se alza frente a las habitaciones traseras del hotel Santa Catalina.
Allí se midieron los hermanos antes de crecer y abandonar el jardín del edén infantil. Mi madre se quedó en la isla viendo como la palmera se alzaba hacia el cielo y ella envejecía. Cuando la volvió a identificar, me sentí vinculado a este particular ejemplar de Phoenix canariensis de la misma manera que las palomas siguen anidando en el laurel de indias del comienzo de esta historia, recordando quien los plantó y quien los cuidó.
Los seres humanos estamos, sin duda, unidos a nuestros árboles, a los que plantamos y a los que cuidamos, de los que nos alimentamos o debajo de los que buscamos sombra. Debe haber lazos invisibles entre todos los seres vivos. Nuestras memorias y nuestros actos perduran mientras existan testigos vivos.
Al menos, a mí así me lo parece.
lunes, 6 de mayo de 2013
BANCO DE ALIMENTOS (Y para el espíritu, a cambio, también)
Entrada publicada primero en www.canariascultura.com
Miedo a estas visiones
tuve, pero luego
que he mirado a estotras,
mucho más les tengo
CALDERÓN DE LA BARCA
Ando entre las calles de mi ciudad, a veces con rumbo fijo, a veces errante sin una derrota clara. Despliego las velas latinas de mi equipaje básico y surco el piélago de la trama urbana de la zona portuaria, bloc de notas en ristre, gafas caladas. Miro con ojos de fotógrafo o trazo con mano alzada los perfiles de personajes para la cotidiana realidad novelesca: me fijo en una fachada peculiar, en un automóvil desvencijado o en una mora embozada. Aquí y acullá hay ingredientes para filmar un documental digno de del Gran Bazar de Ispahán o del Rastro de Tristán Narvaja en Montevideo.
Paseando cerca de la playa me topé con los puestos de los voluntarios de la Asociación de Vecinos Playa Chica, que en un tenderete improvisado ofrecen “Books for Food”. Allí tienen dispuestos multitud de libros en varios idiomas para que el pasante pueda elegir los que quiera, con el compromiso de traer alimentos a cambio, alimentos que después se distribuyen con la colaboración de Cáritas.
He tomado el puesto en la calle Torres Quevedo como referencia de paso en mis peripatéticas excursiones por la zona. De allí he sacado algunos ejemplares curiosos que alguna vez quise leer u otros que hube de leer en mi juventud introvertida, sin que me diese cuenta.
Según he ido adoptando los libros he ido acarreando paquetes de arroz, de legumbres, de aceite, tarros y latas varias e, incluso, he llevado algunos ejemplares de “El anillo del pulpo”, en la edición de Incipit Editores, como compensación para el banco de alimentos que gestiona la asociación.
A pocos pasos de la playa cosmopolita existe otra realidad ajena a los bañistas, los turistas y los paseantes: una de personas con necesidades básicas, de alimentos, de ropa, de alojamiento. Algunos bloques de apartamentos de los pioneros del turismo se han convertido en refugios de fortuna para inquilinos pobres.
Algunos de los libros expuestos son enciclopedias educativas sin abrir, todavía con el folio plástico que los envolvía cuando se vendieron al peso y con un aparato de vídeo como incentivo, otros tienen el uso de miles de manos, algunos –incluso- están dedicados a un nieto o a una amada. Ahora sirven de moneda de intercambio para otras necesidades más primarias.
Casi la mitad de los libros expuestos están escritos en lenguas extranjeras: alemán, inglés o francés; aunque también destacan los de las lenguas escandinavas, sueco, noruego, danés o finlandés. La mayoría son de ediciones de bolsillo de “best-sellers” internacionales, mudos testigos de las horas de lecturas de los exiliados invernales del centro y norte de Europa; y de su solidaridad.
Entre los ejemplares que he adoptado quiero destacar dos de los tres tomos (el tercero no estaba allí) de las Obras Completas de Lenin, editado en la extinta Unión Soviética. Pero lo destacado de los dos tomos no es ni su autor ni su editora, sino que llevaba un “ex-libris” de la extinta Unión del Pueblo Canario, como mudo testigo de los convulsos años de la transición y los primeros experimentos de la llamada izquierda nacionalista canaria. Más de tres décadas más tarde, ni siquiera me apetece hacer una reflexión profunda sobre los orígenes o el destino de algunos de los políticos que pudieron haber hojeado los libros en aquellos días, para simplemente acabar de director general de algo.
Yo prefiero encantarme con los ejemplares de “El reino de este mundo” o “Ecué-Yamba-O” de Alejo Carpentier, editados en La Habana precastrista o con “La línea de sombra” de Joseph Conrad, mientras animo a los lectores a pasarse por la calle Torres Quevedo, provistos de algunos alimentos no perecederos, para ver si encuentran un tesoro literario o un manual sobre el cultivo de bonsáis antes de que lo haga yo.
Miedo a estas visiones
tuve, pero luego
que he mirado a estotras,
mucho más les tengo
CALDERÓN DE LA BARCA
Ando entre las calles de mi ciudad, a veces con rumbo fijo, a veces errante sin una derrota clara. Despliego las velas latinas de mi equipaje básico y surco el piélago de la trama urbana de la zona portuaria, bloc de notas en ristre, gafas caladas. Miro con ojos de fotógrafo o trazo con mano alzada los perfiles de personajes para la cotidiana realidad novelesca: me fijo en una fachada peculiar, en un automóvil desvencijado o en una mora embozada. Aquí y acullá hay ingredientes para filmar un documental digno de del Gran Bazar de Ispahán o del Rastro de Tristán Narvaja en Montevideo.
Paseando cerca de la playa me topé con los puestos de los voluntarios de la Asociación de Vecinos Playa Chica, que en un tenderete improvisado ofrecen “Books for Food”. Allí tienen dispuestos multitud de libros en varios idiomas para que el pasante pueda elegir los que quiera, con el compromiso de traer alimentos a cambio, alimentos que después se distribuyen con la colaboración de Cáritas.
He tomado el puesto en la calle Torres Quevedo como referencia de paso en mis peripatéticas excursiones por la zona. De allí he sacado algunos ejemplares curiosos que alguna vez quise leer u otros que hube de leer en mi juventud introvertida, sin que me diese cuenta.
Según he ido adoptando los libros he ido acarreando paquetes de arroz, de legumbres, de aceite, tarros y latas varias e, incluso, he llevado algunos ejemplares de “El anillo del pulpo”, en la edición de Incipit Editores, como compensación para el banco de alimentos que gestiona la asociación.
A pocos pasos de la playa cosmopolita existe otra realidad ajena a los bañistas, los turistas y los paseantes: una de personas con necesidades básicas, de alimentos, de ropa, de alojamiento. Algunos bloques de apartamentos de los pioneros del turismo se han convertido en refugios de fortuna para inquilinos pobres.
Algunos de los libros expuestos son enciclopedias educativas sin abrir, todavía con el folio plástico que los envolvía cuando se vendieron al peso y con un aparato de vídeo como incentivo, otros tienen el uso de miles de manos, algunos –incluso- están dedicados a un nieto o a una amada. Ahora sirven de moneda de intercambio para otras necesidades más primarias.
Casi la mitad de los libros expuestos están escritos en lenguas extranjeras: alemán, inglés o francés; aunque también destacan los de las lenguas escandinavas, sueco, noruego, danés o finlandés. La mayoría son de ediciones de bolsillo de “best-sellers” internacionales, mudos testigos de las horas de lecturas de los exiliados invernales del centro y norte de Europa; y de su solidaridad.
Entre los ejemplares que he adoptado quiero destacar dos de los tres tomos (el tercero no estaba allí) de las Obras Completas de Lenin, editado en la extinta Unión Soviética. Pero lo destacado de los dos tomos no es ni su autor ni su editora, sino que llevaba un “ex-libris” de la extinta Unión del Pueblo Canario, como mudo testigo de los convulsos años de la transición y los primeros experimentos de la llamada izquierda nacionalista canaria. Más de tres décadas más tarde, ni siquiera me apetece hacer una reflexión profunda sobre los orígenes o el destino de algunos de los políticos que pudieron haber hojeado los libros en aquellos días, para simplemente acabar de director general de algo.
Yo prefiero encantarme con los ejemplares de “El reino de este mundo” o “Ecué-Yamba-O” de Alejo Carpentier, editados en La Habana precastrista o con “La línea de sombra” de Joseph Conrad, mientras animo a los lectores a pasarse por la calle Torres Quevedo, provistos de algunos alimentos no perecederos, para ver si encuentran un tesoro literario o un manual sobre el cultivo de bonsáis antes de que lo haga yo.
viernes, 26 de abril de 2013
LOS SABIOS DESCALZOS Y LOS IGNORANTES CON CORBATA
Entrada aparecida primero en www.canariascultura.com
Empiezo estas líneas con la difusa tentación de hablar de nuevo sobre el teleférico al Roque Nublo y los empecinados con corbata que lo promueven. Ya dije lo que creía sobre ello en otro artículo “colgado” del cadalso cibernético; y pienso que no debo añadir ni una sola coma más.
Ni un millón de argumentos razonables movería a aquellos cuyo único horizonte es la avaricia o la ignorancia, por eso me voy por otros derroteros más sensibles y significativos, dejando mis palabras sigan resonando al aire libre y a los ecos de las fajanas oscuras que bajan desde la Cumbre.
Debo reconocer que siento una cierta afinidad con los parias, los desheredados y los olvidados de esta sociedad. Quizás fuera la mano de Andrés “el Ratón”, que se posó sobre mi cabeza uno de los últimos días en los que el Barranco Guiniguada pudo ser visto “correr” hasta el mar; y su mano descomunal me dio la bendición diciendo: “este muchachito parece que va a ser un buen mozo; procura ser un hombre de provecho”.
http://www.barriodesanjose.com/blog_barriodesanjose/?p=8098
Fue un día de 1966 cuando las aguas del barranco bajaban tumultuosas, llenas de barro y haciendo sonar los callaos. Yo tenía seis años y el recuerdo se ha avivado recientemente. Aquel día de invierno mi padre había llamado a casa para avisar que el Guiniguada bajaba de la Cumbre con agua y mi madre me llevó con ella para que lo viéramos juntos.
El difuso recuerdo fue confirmado durante el reciente octogésimo quinto cumpleaños de mi madre: después de ver las aguas correr de “banda a banda” nos fuimos hasta el Bar Polo en el Puente de Palo sobre el aprendiz de río, donde Andrés me impuso su mano.
Entre los parroquianos habituales del bar estaba Andrés Déniz, conocido como Andrés “el Ratón”. Era un personaje curioso, una especie de vagabundo urbano, un pionero de lo que más tarde hemos llamado vagabundos o “sin techo”; aunque éste tenía un aura particular, de personaje respetado, de sabio descalzo, de Diógenes, que formaba parte de la historia interna de la ciudad, siendo glosado en su época, vox populi, en la prensa local y en alguna publicación impresa. (*)
Deambulaba Andrés por los alrededores del mercado de Vegueta, pendiente de alcanzar unas monedas llevando una compra o haciendo algún recado, descalzo sobre los adoquines de las calles y vistiendo un terno oscuro, condecorado con medallas de las últimas guerras coloniales, quizás encontradas en el cauce del Guiniguada, donde buscaba oro –real o falso- para embaucar a quien se dejara.
Describe mi madre a Andrés Déniz como un hombre grande, con porte casi militar, muy educado en el trato, sabio en las expresiones, de tez rubicunda, ojos brillantes y pies descalzos, enormes, donde frotaba los fósforos para encenderse su habitual virginio.
Cuenta mi progenitora que estando ella con mi padre otro día en el Bar Polo, entró un señor bien trajeado y, acercándose a Andrés “el Ratón”, también presente en el local, le dio unas monedas –no sabe mi progenitora si en pago de una deuda previa o como práctica habitual-; pero la reacción del noble “clochard” sorprendió a todos:
-No, gracias, no me hace falta; mejor le da las monedas a esa pobre que está pidiendo en la entrada.
-Pero usted también es pobre y las monedas se las he dado yo a usted –se sorprendió el caballero.
- Yo, señor, no soy pobre y, además no estoy pidiendo nada –respondió el sabio descalzo.
- ¿No es usted pobre? Pero, hombre, si no tiene casa y duerme en el barranco.
-Sí, pero no soy pobre. Tengo todo lo que necesito. No me falta qué comer y duermo en la mejor de las casas: tengo el cielo estrellado por techo. Si llueve me meto bajo el puente y si el barranco corre hay zaguanes donde me dejan quedar. Yo no soy pobre; pobre es esa señora que pide y tiene un niño pequeño a quien alimentar. Déle el dinero a esa señora, que lo necesita más.
Todos los presentes se admiraron de otra de las anécdotas de aquel caballero descalzo, con una filosofía vital digna de un sabio griego: no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Aquella ciudad de mi infancia, cruzada de puentes, habitada por vagabundos condecorados, de guardias tocados con salacots coloniales y tartanas paseando turistas, se desvaneció en los años setenta mientras el barranco se cubrió con cemento y Andrés “el Ratón” perdió su cobijo bajo las estrellas, mientras hordas de turistas nos llevaron de forma acelerada hacia eso que algunos llaman el progreso.
Personajes marginales como Andrés el Ratón estaban integrados en aquella pequeña ciudad, formando parte de la atmósfera propia del centro histórico. Además, la persona tenía unos principios dignos de ser citados a través del tiempo.
Ha pasado medio siglo y pocos recuerdan quiénes y cómo éramos. Hemos cambiado nuestra ciudad y nuestra isla para adaptarnos al modelo económico que gira en torno al turismo de masas. Los hoteles y las infraestructuras han devorados mucha superficie de la isla, dejando irreconocibles muchos paisajes tradicionales.
Con el paso del tiempo me he convertido en un testigo cincuentón, en un escritor urbano, con la memoria llena -entre otras cosas- de playas vírgenes, acantilados que ya no existen, yacimientos arqueológicos durmientes, anécdotas de pastores, de topónimos olvidados y barreros de donde saqué el barro para tallas de agua fresca.
No quiero renunciar a lo bueno de la civilización, a las comodidades que nos permite el progreso, a las posibilidades de aprendizaje y de disfrute del tiempo libre que nos ha dejado vislumbrar la sociedad del bienestar.
Ahora que la crisis cuestiona muchos de estos avances en este país, donde la corrupción estremece los fundamentos y los principios democráticos, parece ser el momento preciso para meditar si hemos estado viviendo un espejismo o si los valores de Andrés “el Ratón” sobre si es más feliz quien más tiene o quien menos necesita no estaban tan errados.
* (Nuestra Ciudad. Luis García de Vegueta)
Empiezo estas líneas con la difusa tentación de hablar de nuevo sobre el teleférico al Roque Nublo y los empecinados con corbata que lo promueven. Ya dije lo que creía sobre ello en otro artículo “colgado” del cadalso cibernético; y pienso que no debo añadir ni una sola coma más.
Ni un millón de argumentos razonables movería a aquellos cuyo único horizonte es la avaricia o la ignorancia, por eso me voy por otros derroteros más sensibles y significativos, dejando mis palabras sigan resonando al aire libre y a los ecos de las fajanas oscuras que bajan desde la Cumbre.
Debo reconocer que siento una cierta afinidad con los parias, los desheredados y los olvidados de esta sociedad. Quizás fuera la mano de Andrés “el Ratón”, que se posó sobre mi cabeza uno de los últimos días en los que el Barranco Guiniguada pudo ser visto “correr” hasta el mar; y su mano descomunal me dio la bendición diciendo: “este muchachito parece que va a ser un buen mozo; procura ser un hombre de provecho”.
http://www.barriodesanjose.com/blog_barriodesanjose/?p=8098
Fue un día de 1966 cuando las aguas del barranco bajaban tumultuosas, llenas de barro y haciendo sonar los callaos. Yo tenía seis años y el recuerdo se ha avivado recientemente. Aquel día de invierno mi padre había llamado a casa para avisar que el Guiniguada bajaba de la Cumbre con agua y mi madre me llevó con ella para que lo viéramos juntos.
El difuso recuerdo fue confirmado durante el reciente octogésimo quinto cumpleaños de mi madre: después de ver las aguas correr de “banda a banda” nos fuimos hasta el Bar Polo en el Puente de Palo sobre el aprendiz de río, donde Andrés me impuso su mano.
Entre los parroquianos habituales del bar estaba Andrés Déniz, conocido como Andrés “el Ratón”. Era un personaje curioso, una especie de vagabundo urbano, un pionero de lo que más tarde hemos llamado vagabundos o “sin techo”; aunque éste tenía un aura particular, de personaje respetado, de sabio descalzo, de Diógenes, que formaba parte de la historia interna de la ciudad, siendo glosado en su época, vox populi, en la prensa local y en alguna publicación impresa. (*)
Deambulaba Andrés por los alrededores del mercado de Vegueta, pendiente de alcanzar unas monedas llevando una compra o haciendo algún recado, descalzo sobre los adoquines de las calles y vistiendo un terno oscuro, condecorado con medallas de las últimas guerras coloniales, quizás encontradas en el cauce del Guiniguada, donde buscaba oro –real o falso- para embaucar a quien se dejara.
Describe mi madre a Andrés Déniz como un hombre grande, con porte casi militar, muy educado en el trato, sabio en las expresiones, de tez rubicunda, ojos brillantes y pies descalzos, enormes, donde frotaba los fósforos para encenderse su habitual virginio.
Cuenta mi progenitora que estando ella con mi padre otro día en el Bar Polo, entró un señor bien trajeado y, acercándose a Andrés “el Ratón”, también presente en el local, le dio unas monedas –no sabe mi progenitora si en pago de una deuda previa o como práctica habitual-; pero la reacción del noble “clochard” sorprendió a todos:
-No, gracias, no me hace falta; mejor le da las monedas a esa pobre que está pidiendo en la entrada.
-Pero usted también es pobre y las monedas se las he dado yo a usted –se sorprendió el caballero.
- Yo, señor, no soy pobre y, además no estoy pidiendo nada –respondió el sabio descalzo.
- ¿No es usted pobre? Pero, hombre, si no tiene casa y duerme en el barranco.
-Sí, pero no soy pobre. Tengo todo lo que necesito. No me falta qué comer y duermo en la mejor de las casas: tengo el cielo estrellado por techo. Si llueve me meto bajo el puente y si el barranco corre hay zaguanes donde me dejan quedar. Yo no soy pobre; pobre es esa señora que pide y tiene un niño pequeño a quien alimentar. Déle el dinero a esa señora, que lo necesita más.
Todos los presentes se admiraron de otra de las anécdotas de aquel caballero descalzo, con una filosofía vital digna de un sabio griego: no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.
Aquella ciudad de mi infancia, cruzada de puentes, habitada por vagabundos condecorados, de guardias tocados con salacots coloniales y tartanas paseando turistas, se desvaneció en los años setenta mientras el barranco se cubrió con cemento y Andrés “el Ratón” perdió su cobijo bajo las estrellas, mientras hordas de turistas nos llevaron de forma acelerada hacia eso que algunos llaman el progreso.
Personajes marginales como Andrés el Ratón estaban integrados en aquella pequeña ciudad, formando parte de la atmósfera propia del centro histórico. Además, la persona tenía unos principios dignos de ser citados a través del tiempo.
Ha pasado medio siglo y pocos recuerdan quiénes y cómo éramos. Hemos cambiado nuestra ciudad y nuestra isla para adaptarnos al modelo económico que gira en torno al turismo de masas. Los hoteles y las infraestructuras han devorados mucha superficie de la isla, dejando irreconocibles muchos paisajes tradicionales.
Con el paso del tiempo me he convertido en un testigo cincuentón, en un escritor urbano, con la memoria llena -entre otras cosas- de playas vírgenes, acantilados que ya no existen, yacimientos arqueológicos durmientes, anécdotas de pastores, de topónimos olvidados y barreros de donde saqué el barro para tallas de agua fresca.
No quiero renunciar a lo bueno de la civilización, a las comodidades que nos permite el progreso, a las posibilidades de aprendizaje y de disfrute del tiempo libre que nos ha dejado vislumbrar la sociedad del bienestar.
Ahora que la crisis cuestiona muchos de estos avances en este país, donde la corrupción estremece los fundamentos y los principios democráticos, parece ser el momento preciso para meditar si hemos estado viviendo un espejismo o si los valores de Andrés “el Ratón” sobre si es más feliz quien más tiene o quien menos necesita no estaban tan errados.
* (Nuestra Ciudad. Luis García de Vegueta)
miércoles, 10 de abril de 2013
EL TELEFÉRICO AL ROQUE NUBLO (o de cómo destruir la línea del cielo)
Artículo aparecido primero en www.canariascultura.com
Cuando don Miguel de
Unamuno visitó Gran Canaria en 1910 fue llevado de excursión por el
interior de la isla, llegando a caballo hasta Artenara, donde pudo
contemplar desde la perspectiva de la distancia los roques centrales
de la isla, el Bentayga en el centro de la Caldera de Tejeda bajo sus
pies y el Nublo, alzado en lontananza, coronando el gigantesco circo
pétreo.
La vista de aquellas
peñas enhiestas sobre un fragor de barrancos, enormes farallones
verticales y pequeños campos cultivados en terrazas con un
gigantesco anfiteatro natural coronado de pinares le hizo, primero
exclamar y luego escribir, que aquel paisaje que admiraba era una
“tempestad petrificada”.
No sabemos si el ilustre
pensador vasco sabía de Geología o si una inspiración genial le
llevó a designar así lo que pudo contemplar –a lomo de caballo-
desde los miradores de la ruta entre Cruz de Tejeda y el pueblo
troglodita de Artenara. Lo cierto es que la sensibilidad del poeta
supo plasmar con sus palabras la belleza de un paisaje salvaje, lleno
de contraluces marcados por la línea del cielo, sin saber que los
roques que admiraba eran de verdad los testigos petrificados de una
gigantesca tormenta geológica de cinco millones de años de
antigüedad.
Antes que Unamuno la
inmortalizara, los antiguos canarios fueron capaces de apreciar la
grandiosidad de su horizonte insular, atribuyéndole a los pitones
piroclásticos carácter sagrado y simbólico, usándolos como hitos
astronómicos y estacionales.
La silueta de cada
cresta, de cada caidero, de cada roque era fundamental en sus ciclos
anuales, destacando entre ellos la del Roque Nublo y la del Roque
Bentayga. El calendario de cada orto u ocaso de los astros estaba
fijado en referencia a los perfiles de esos hitos geográficos,
inmutables a escala humana.
Sin embargo, la historia
geológica de la isla nos lleva hacia el origen de esos roques
singulares: hace unos cinco millones de años Gran Canaria se alzaba
por encima de los dos mil metros, quizás alcanzando unos tres mil
metros sobre el océano. Los geólogos suponen que el centro de la
isla estaba entonces ocupado por un cono volcánico similar al Etna o
al Teide.
Es difícil especular
sobre el perfil exacto de la isla previo a una gigantesca erupción
que alteró para siempre el paisaje que describimos. Hasta entonces
los episodios volcánicos en la isla de Gran Canaria habían sido
erupciones de coladas basálticas de relativa poca explosividad que
construyeron el edifico de la isla a modo de escudo, con coladas
fluidas que fueron creando una meseta elevada en su centro, sobre la
que debió alzarse uno o varios estrato-volcanes.
Hace unos cinco millones
de años la composición de magma bajo la corteza terrestre pasó de
ser ácida a ser alcalina, concentrándose bajo la isla un magma con
una enorme densidad. En relativamente poco tiempo la cámara
magmática bajo el centro de lo que fue la Paleo Gran Canaria empezó
a acumular una gran cantidad de energía que no podía encontrar una
salida que le permitiese aliviar la presión. La isla se convirtió
en una verdadera bomba geológica.
Y cuando se superó el
punto crítico –literalmente- ¡saltó por los aires! La erupción
principal debió causar un cataclismo de dimensiones planetarias. Hoy
día podemos encontrar los materiales que emitió la gran explosión
esparcidos por toda la isla: es lo que se denomina “aglomerados
roque nublo”, formados por una gigantesca colada piroclástica,
tipo nube ardiente, que cubrió toda la superficie de la isla con
espesores que van de los cien a los setecientos metros, en varios
episodios explosivos brutales.
Las consecuencias de ese
proceso eruptivo debieron sentirse mucho más allá de los límites
del Archipiélago, llegando con probabilidad a la atmósfera y
afectando en mayor o menor medida a todo el planeta. Hay que recordar
erupciones históricas del tipo nube ardiente piroclástica, como la
del Vesubio, que sepultó Pompeya y Herculano en el año 79 d. de C.
o la de la Montagne Pelée en la Martinica que destruyó la población
de Saint Pierre en 1902, causando más de 30.000 muertos.
Quizás se podría
comparar el periodo eruptivo Roque Nublo a otras dos erupciones muy
conocidas, como la de la isla de Santorini 1600 años antes de
Cristo, que acabó con la civilización minoica en la isla de Creta o
la de la isla de Krakatoa en el Mar de la Sonda en 1883, cuyas
explosiones tuvieron trascendencia en todo el planeta. Estas dos
erupciones destruyeron gran parte de las islas y lanzaron a la
atmósfera grandes cantidades de materiales volátiles, causando
alteraciones climáticas en gran parte del mundo durante varios años.
El paisaje actual de Gran
Canaria es, en buena medida, el resultado de ese convulso periodo
denominado Roque Nublo, alterado por la formidable erosión
posterior; así como por el posterior hundimiento de la cámara
magmática, que debió ocupar la cuenca del actual barranco de
Tejeda- La Aldea. La fisonomía de nuestra isla actual es el
resultado de estos episodios volcánicos, ya que las erupciones
posteriores no tuvieron consecuencias tan importantes para el relieve
insular, originando sólamente conos aislados, como las montañas de
la Isleta o la de Arucas o Gáldar.
El perfil de los roques
del centro de la isla forman nuestra particular línea del cielo. Los
estadounidenses están muy orgullosos del perfil de sus ciudades, lo
que ellos llaman “skyline”, la línea del cielo o del horizonte.
Ellos pueden reconocer
los distintos “skylines” por sus edificios singulares, por los
rascacielos, los puentes o las líneas elevadas de autopistas. El
“skyline” de Manhattan o el de Chicago suelen ser los más
famosos y muchas películas empiezan o terminan con los
característicos perfiles urbanos.
En Canarias no tenemos
–hasta ahora- perfiles urbanos ni líneas de cielo o de horizonte
que se hayan convertido en “estrellas” de cine. Pero sí tenemos
tradiciones con los perfiles de las montañas y roques sagrados.
Desde el Teide, visible desde casi todas las islas, hasta los roques
autóctonos de cada isla, nuestro Archipiélago tiene miles de
perfiles únicos, de líneas de cielo, que han formado el paisaje
conocido a los habitantes de pueblos y caseríos.
Muchos de los perfiles
tradicionales han sido alterados por construcciones arbitrarias, poco
cuidadosas con el patrimonio paisajístico y, sobre todo en las
costas, los cambios causados por alteraciones humanas son ya
irreversibles. Los cambios que la naturaleza ha tardado millones de
años en retratar son barridos rápidamente por lo que algunos
denominan desarrollo.
Nuestra geología
volcánica y el clima propio no son benignos con las alteraciones
humanas. Las huellas de nuestras obras permanecen como cicatrices
indelebles en el paisaje. Si se abre una carretera, se levanta un
puente o se construye una urbanización, los derrubios y escombros
permanecen en las laderas muchas decenas de años; en gran medida
porque la vegetación tarda mucho tiempo en volver a crecer sobre los
suelos alterados. En otros climas y territorios se puede dejar el
terreno desnudo que la siguiente primavera será cubierta por un
manto herbáceo que contribuirá a camuflar las alteraciones; aquí,
en Canarias, eso no ocurre.
Si uno observa las
cicatrices que dejan las carreteras en sus márgenes
–independientemente de la ocupación territorial que suponen- podrá
comprobar esta aseveración.
Algunos piensan que todo
el territorio debe ser “desarrollado” y que no debe quedar nada a
salvo de nuestras apetencias, elaborándose propuestas muy agresivas,
como el recientemente reactivado “teleférico al Roque Nublo”. Se
cita el ejemplo de la existencia de un teleférico en el Teide como
excusa para proponer la construcción de otro en el Roque Nublo. No
debemos tomar como ejemplo una profanación para justificar otra. ¿No
hemos cometido suficientes errores en nuestra gestión
medioambiental?
Hay en Canarias
suficientes analogías para elegir los modelos correctos de gestión
del territorio, desde las obras de César Manrique a la gestión
integral de la isla de El Hierro, para conservar intacto nuestro
patrimonio, como expresión de singularidad y excepcionalidad.
En suma, el proyecto de
teleférico al Roque Nublo debería servir sólo como modelo de
disparate y ser destinado a los archivos de los proyectos más
desafortunados y destructivos para nuestro Patrimonio Geológico.
Dudo que ningún responsable político desee que su nombre quede
unido para siempre a tal desatino. La Línea del Cielo de las Cumbres
de Gran Canaria merece ser respetada tal y cómo la contempló don
Miguel de Unamuno: La Tempestad Petrificada.
domingo, 7 de abril de 2013
SHALAM DUDÚ
Mi amigo Dudú (éste no es su
verdadero nombre) ha vuelto, como siempre, sin avisar. Vino sin otro calzado
que unas sandalias chinas de plástico ni otra ropa de abrigo que una
desvencijada chaqueta de chándal de deportes. Nos dijo que en África había
dejado su reloj, su móvil y unas buenas zapatillas de deporte, “donadas” a
varios amigos que le dijeron que él era un afortunado que podría recuperar sus
símbolos de bienestar en la tierra de plenitud material de los “toubabs”.
Dudú es un senegalés de etnia
wolof que los avisados lectores de mi novela Kopi Luwak reconocerán al
instante, así como todos aquellos que hayan leído mi blog. Dudú me ayudó a
trazar el epopéyico viaje del mandén Bour Siien, a bordo de un cayuco, desde
las playas de Saint Louis hasta Maspalomas, novelando el primer viaje épico de
un gal senegalés hasta las costas
canarias.
Escribí Kopi Luwak en los
febriles meses de 2010 en los que intentaba construir la novela, usando todo mi
tiempo libre, cuando los naufragios de cayucos, los albores de la crisis económica española y la tecnología
del SIVE ya habían hecho mella en los ánimos de muchos subsaharianos que
soñaban alcanzar el paraíso vía Canarias, y las oleadas de parias africanos
estaban en franco retroceso, pero muy frescas en mi conciencia.
Mi mujer y yo conocimos al
comerciante wolof en el Paseo de las Canteras cuando ataviado con un blusón
africano y tocado con un bonete característico vendía todo tipo de figuritas,
máscaras y pulseritas hechas en serie por los artesanos “poular” de su país.
Armado con su sonrisa y su
maestría en el regateo, nos fue vendiendo brazaletes, estatuas de jirafas,
guerreros masai, y amuletos a cambio de una charla regular donde yo obtenía
información acerca de los asuntos que necesitaba para hilvanar mi novela.
Con el paso de las semanas, la
relación se fue haciendo más estrecha y nos enteramos de su filiación y
progenie, de sus ilusiones y sus angustias.
Fue Dudú quien bautizó a Bour
Siien, quien me habló de los manglares en la desembocadura del Gambia, de las
máscaras ceremoniales de Costa de Marfil y de las penurias de las casas de
adobe cuando llegan las lluvias torrenciales.
Cada frase o información suya era
compensada, primero con la compra de alguna de sus figuritas, después con
alguna invitación a almorzar arroz a la libanesa o con algún óbolo para pagar
la renta de uno de esos pisos patera que jalonan los alrededores de la playa.
También lo transportamos al puerto en alguno de sus intentos de probar mejor
suerte en Tenerife o de rescatarlo para que volviera a la Gran Canaria.
Un día nos dijo que se regresaba
a su patria –despreciando su duramente trabajada tarjeta de residente
legal-usando la vía más barata y peligrosa: primero embarcando desde Canarias
hasta Cádiz para luego saltar desde la Península a Ceuta, descendiendo a
continuación en un vértigo de calor hacia el sur: Marruecos, Sáhara, Mauritania
y, por fin, el Senegal, destino de Dudú, aunque el conductor quería alcanzar
Liberia.
Nuestro amigo se fue en compañía
de otros tres subsaharianos en una furgoneta cargada de objetos de segunda mano
-entre ellas una bicicleta que estuvo años acumulando polvo en nuestro sótano-
y la ilusión por volver a la patria. Los africanos no estaban demasiado
pertrechados y sólo contaban con un poco de agua y algunos víveres para la
semana de travesía continental que les esperaba una vez desembarcaran en tierra
firme. Contaban con encontrar buenos samaritanos para poder alimentarse por el
camino.
Los viajeros estaban quizás más
preocupados por el trato de los policías fronterizos de algunos de los países
que iban a atravesar y su ansia de rapiña que por la escasez de provisiones.
No tuvimos informaciones de los
africanos hasta que Dudú nos llamó dos semanas más tarde, con las risas de su
mujer e hijos de fondo. “Estoy en Touba, amigo”.
Nuestra incertidumbre se liberó
después de quince de días de zozobra. El wolof había regresado a casa, y allí
era donde mejor podía estar.
Hemos estado varios meses sin
saber nada del wolof hasta que volvimos a recibir una llamada la última luna
llena: “Amigo Antonio, Dudú está de vuelta”.
No cabíamos en nuestra sorpresa.
Lo habíamos supuesto trabajando en una de las plantaciones de cacahuetes entre
Touba y Kaolak, disfrutando de sus hijos y oyendo la cantarina risa de su
mujer.
Había regresado por la misma ruta
que había usado para escapar de la crisis española pero a la inversa. “El rey
de Marruecos ha cerrado un acuerdo con el nuevo Gobierno de Senegal para
exportar naranjas. Los camioneros vuelven casi siempre de vacío y no se niegan
a llevar pasajeros en la cabina. Me subí a uno en Dákar y llegué hasta Ceuta.
Desde allí crucé hasta Algeciras. El resto ya lo sabes: me subí al ferry y aquí
estoy”.
Me contó sus planes. Se iba a
Tenerife donde, al parecer, le habían conseguido un trabajo. Necesitaba lo de
siempre, sin ni siquiera pedirlo: dinero, calzado y abrigo.
Cuando lo vimos nos pareció que
había envejecido mucho en poco tiempo y su pelo había encanecido, dándole un
aspecto de humilde Mandela que acentuaban sus ojos tristes.
Le ofrecimos lo que pedía,
añadiéndole todas las figuritas que teníamos en casa desde hacía varios años:
las podría revender y conseguirse algunos euros para empezar en la isla vecina.
Nos pareció que devolverle las
figuritas era una buena señal y cerraba el círculo que empezó nuestra amistad,
permitiendo un nuevo comienzo. Para ello prometía traernos unas máscaras
antiguas de la etnia dogón cuando volviera al Senegal en otro de sus viajes de
ida y vuelta al continente.
“Shalam Dudú, sé bienvenido de
nuevo”
martes, 2 de abril de 2013
LOS IDUS DE MARZO
NOTA: Esta entrada aparece primero en Artículo aparecido en el digital "CanariasCultura.com"
Este año empezó bajo el signo de la luna llena. El tránsito desde el año 2012 al 2013 estuvo iluminado por una enorme luna amarillenta que lucía sobre una desbocada prima de riesgo y una España corrupta, llena de recortes sociales y de desempleo.
Por si fuera poco, la fúlgida luna se volvió a mostrar antes de acabar el mes de enero: La noche del día 27 también estuvo presidida por la faz iluminada de nuestro satélite y en su honor, rebusqué en mi memoria hasta encontrar una vieja canción que escuché por primera vez en la voz rota de un solista majorero de cuyo nombre no me acuerdo: “Fúlgica luna del mes de enero/ raudal eterno de intensa luz…” Aquel cantante le ponía un sentimiento y una melancolía tan particular que nunca he vuelto a encontrar una interpretación equiparable a la famosa canción del musicólogo venezolano Vicente Emilio Sojo, aunque corrigieran lo de “fúlgica” por fúlgida.
Para seguir con la luna, uno no debe olvidar que los chinos empezaron con la siguiente luna nueva, el día 10 de febrero, catorce días más tarde, su año nuevo chino, el de la Serpiente de Agua.
Siguiendo su milenaria tradición, con el calendario lunisolar utilizado en varios países asiáticos, los chinos celebraron su Año Nuevo Chino, el que hace el número 4711, provocando la mayor migración humana conocida, la de cientos de millones de personas desplazándose por el Reino del Centro hacia sus lugares de origen, para festejar en compañía de sus familias la Fiesta de la Primavera, el comienzo de un nuevo ciclo anual.
Continuando nuestro avance mensual llegamos al mes de marzo, Martius (Marte) para los romanos. Marzo ha sido también objeto de todo tipo de simbologías, de supersticiones y de augurios.
En el calendario romano, los idus de marzo se conmemoraban el décimo quinto día del mes. Los idus eran días de buenos augurios, que ocurrían los días 15 de marzo, mayo, julio y octubre, además del décimo tercer día de los demás meses del año.
Conocida es la muerte de Julio César en el Capitolio de Roma, durante la celebración de los Idus de marzo del año 44 antes de Cristo, después de haber sido prevenido por un vidente – en vano- de que debería resguardarse de los idus de marzo.
Desconozco si la troika comunitaria, la señora Merkel, el señor Rajoy, el señor Rivero y otros similares han ido recientemente a algún vidente porque, si en quienes confiaron fue en sus expertos económicos, para prever este presente, deberían dimitir todos y dedicarse a otros menesteres, antes de que los idus de abril acaben con ellos.
Dos días antes de los idus de marzo, el día trece, ha sido elegido un nuevo Papa, el jesuita argentino Bergoglio quien desde ese día pasó a ser, simplemente, Francisco y, dice –entre otras cosas, que quiere “pastores que huelan a oveja”.
Mientras los humanos nos entretenemos con nuestro microcosmos, el planeta decide que tiene otras preocupaciones y se empieza a estremecer –de nuevo- en torno a la isla del El Hierro, recordándonos que nuestras pequeñas tribulaciones son eso: pequeñas.
El año está siendo extraño en el aspecto meteorológico, con un casi permanente flujo de vientos del oeste, que ha llevado aguas y vientos a las islas occidentales, dejando huérfanas de lluvias a las islas de oriente. Las mareas golpean furiosas las costas de las Islas batiendo las rocas y removiendo los fondos pero el agua ha pasado de largo, dejando unas pequeñas garujas en Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote.
Ahora también parece que Vulcano y Hades se aliaran en los subsuelos, alimentando las calderas de sus fraguas y estremeciendo a la isla más joven desde sus cimientos de basalto.
Si uno alza la vista a los cielos podrá comprobar como Júpiter es visible a occidente en la Constelación de Tauro, entre Aldebarán y Alcione, señalando su preeminencia planetaria. A veces me gustaría ser supersticioso y configurar una explicación fantasiosa y poética a nuestros pequeños devenires humanos. Me hubiese gustado aprender astrología con los persas, caldeos o egipcios; quiromancia y adivinación con los chinos; música y danza con los derviches turcos; navegación con los polinesios o retórica con los griegos.
Pero no, debo asumir que fui educado por mi propia didáctica, tomando algo de Paleontología y Vulcanismo de Joaquín Meco Cabrera, mucho de la antigua Biblioteca Pública del Obelisco, algo más de la Enciclopaedia Britannica y de los fondos de Folio Editorial en Londres.
Con esta mezcla –asumo- sólo es posible que uno enhebre estas líneas antes de que se acabe el mes de marzo, observando el mar azul y siguiendo cada sorprendente declaración del nuevo Papa (arrodillado al lavar los pies de sus ovejas), con un ojo puesto en los temblores al oeste de la Isla del Meridiano y el otro en la novela que está pariéndose al otro lado de este archivo.
Este año empezó bajo el signo de la luna llena. El tránsito desde el año 2012 al 2013 estuvo iluminado por una enorme luna amarillenta que lucía sobre una desbocada prima de riesgo y una España corrupta, llena de recortes sociales y de desempleo.
Por si fuera poco, la fúlgida luna se volvió a mostrar antes de acabar el mes de enero: La noche del día 27 también estuvo presidida por la faz iluminada de nuestro satélite y en su honor, rebusqué en mi memoria hasta encontrar una vieja canción que escuché por primera vez en la voz rota de un solista majorero de cuyo nombre no me acuerdo: “Fúlgica luna del mes de enero/ raudal eterno de intensa luz…” Aquel cantante le ponía un sentimiento y una melancolía tan particular que nunca he vuelto a encontrar una interpretación equiparable a la famosa canción del musicólogo venezolano Vicente Emilio Sojo, aunque corrigieran lo de “fúlgica” por fúlgida.
Para seguir con la luna, uno no debe olvidar que los chinos empezaron con la siguiente luna nueva, el día 10 de febrero, catorce días más tarde, su año nuevo chino, el de la Serpiente de Agua.
Siguiendo su milenaria tradición, con el calendario lunisolar utilizado en varios países asiáticos, los chinos celebraron su Año Nuevo Chino, el que hace el número 4711, provocando la mayor migración humana conocida, la de cientos de millones de personas desplazándose por el Reino del Centro hacia sus lugares de origen, para festejar en compañía de sus familias la Fiesta de la Primavera, el comienzo de un nuevo ciclo anual.
Continuando nuestro avance mensual llegamos al mes de marzo, Martius (Marte) para los romanos. Marzo ha sido también objeto de todo tipo de simbologías, de supersticiones y de augurios.
En el calendario romano, los idus de marzo se conmemoraban el décimo quinto día del mes. Los idus eran días de buenos augurios, que ocurrían los días 15 de marzo, mayo, julio y octubre, además del décimo tercer día de los demás meses del año.
Conocida es la muerte de Julio César en el Capitolio de Roma, durante la celebración de los Idus de marzo del año 44 antes de Cristo, después de haber sido prevenido por un vidente – en vano- de que debería resguardarse de los idus de marzo.
Desconozco si la troika comunitaria, la señora Merkel, el señor Rajoy, el señor Rivero y otros similares han ido recientemente a algún vidente porque, si en quienes confiaron fue en sus expertos económicos, para prever este presente, deberían dimitir todos y dedicarse a otros menesteres, antes de que los idus de abril acaben con ellos.
Dos días antes de los idus de marzo, el día trece, ha sido elegido un nuevo Papa, el jesuita argentino Bergoglio quien desde ese día pasó a ser, simplemente, Francisco y, dice –entre otras cosas, que quiere “pastores que huelan a oveja”.
Mientras los humanos nos entretenemos con nuestro microcosmos, el planeta decide que tiene otras preocupaciones y se empieza a estremecer –de nuevo- en torno a la isla del El Hierro, recordándonos que nuestras pequeñas tribulaciones son eso: pequeñas.
El año está siendo extraño en el aspecto meteorológico, con un casi permanente flujo de vientos del oeste, que ha llevado aguas y vientos a las islas occidentales, dejando huérfanas de lluvias a las islas de oriente. Las mareas golpean furiosas las costas de las Islas batiendo las rocas y removiendo los fondos pero el agua ha pasado de largo, dejando unas pequeñas garujas en Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote.
Ahora también parece que Vulcano y Hades se aliaran en los subsuelos, alimentando las calderas de sus fraguas y estremeciendo a la isla más joven desde sus cimientos de basalto.
Si uno alza la vista a los cielos podrá comprobar como Júpiter es visible a occidente en la Constelación de Tauro, entre Aldebarán y Alcione, señalando su preeminencia planetaria. A veces me gustaría ser supersticioso y configurar una explicación fantasiosa y poética a nuestros pequeños devenires humanos. Me hubiese gustado aprender astrología con los persas, caldeos o egipcios; quiromancia y adivinación con los chinos; música y danza con los derviches turcos; navegación con los polinesios o retórica con los griegos.
Pero no, debo asumir que fui educado por mi propia didáctica, tomando algo de Paleontología y Vulcanismo de Joaquín Meco Cabrera, mucho de la antigua Biblioteca Pública del Obelisco, algo más de la Enciclopaedia Britannica y de los fondos de Folio Editorial en Londres.
Con esta mezcla –asumo- sólo es posible que uno enhebre estas líneas antes de que se acabe el mes de marzo, observando el mar azul y siguiendo cada sorprendente declaración del nuevo Papa (arrodillado al lavar los pies de sus ovejas), con un ojo puesto en los temblores al oeste de la Isla del Meridiano y el otro en la novela que está pariéndose al otro lado de este archivo.
domingo, 24 de marzo de 2013
“JURO QUE LA PRÓXIMA PRIMERO VOY AL OJO Y DESPUÉS AL CULO” (Los guirres, el DDT y los parques de animales)
Mi madre es una fuente inagotable
de recuerdos y anécdotas. Según avanzan los años su memoria empieza a flaquear
y, a modo de exorcismo, repite aquellas historias que amenizaron mi niñez.
El otro día fui con mis alumnos a
visitar uno de esos parques temáticos que atraen a los visitantes con
espectáculos de animales amaestrados: delfines que saltan en una piscina de agua salada “con climatización controlada”,
cacatúas que pedalean en una bicicleta y aves rapaces que capturan cebos
volantes ante audiencias sentadas en cómodos anfiteatros.
Mis alumnos se divirtieron de lo
lindo, viendo especímenes exóticos que algunos nunca habían contemplado en su
vida. Yo salí con otra impresión, viendo aquellos animales ejecutar numeritos de circo, privados de
libertad y alejados de su medio y sus congéneres.
Cuando le conté a mi madre mi
excursión, ella aprovechó para contarme –con la misma parsimonia y misterio de
siempre- una historia que he escuchado de su boca tantas veces que podría dibujarla aquí con su mirada
brillante y su palabra sonora, que han permanecido constantes mientras ha
envejecido con nobleza:
“Había una vez un guirre que
llevaba tiempo sin comer y sucedió que divisó a lo lejos un burro tendido en los tableros del
sur.
Se elevó para poderlo ver desde
arriba, a la manera que hacen los guirres, volando en círculos aprovechándose
del viento que soplaba desde el mar.
Quería comprobar que el animal
estaba muerto. Los guirres son prudentes y tardan tiempo hasta que se deciden a
acercarse a los cadáveres del campo. Su vuelo alto, pronto llamó la atención de
otros guirres que sabían que cuando un congénere orbitaba en círculos sobre el
mismo sitio eso significaba comida en el suelo.
Cada vez se aproximaban más aves:
guirres, cuervos y hasta alcaudones empezaron a girar sobre el asno tendido.
Todos esperaban a que el primer atrevido se decidiera a bajar junto al burro
para comprobar si estaba realmente muerto.
El guirre que llegó primero,
sentía mucha hambre y quería descender para comprobar si el pollino era ya
cadáver. Aparentemente, no había movimiento en el cuerpo tendido en el suelo,
pero otros guirres no estaban seguros.
-Yo creo que todavía respira
–dijo un guirre viejo.
-Está muerto, y bien muerto
–respondió el hambriento.
-No seas imprudente. Si el burro
está vivo te puede hacer daño –añadió un tercero.
Mientras las aves discutían, el
guirre impaciente se lanzó en picado en círculos descendentes.
-Vete primero a los ojos –le
aconsejó el viejo, desde lo alto.
El apresurado guirre se posó
cerca del animal tendido mientras los demás carroñeros observaban desde la
seguridad de la altura. El alimoche canario joven se acercó hacia el burro con
las plumas blancas de la cabeza erizadas por el viento que azotaba el tablero
cubierto de tabaibas y cardones. Lo miró a un par de metros de distancia con
desconfianza. No detectó señales de vida y se dirigió al ojo equivocado.
El guirre se aproximó por detrás
buscando uno de los sitios blandos del animal y allí intentó picar.
Lo siguiente que sintió fue la
presión del esfínter del burro al cerrarse con violencia sobre el pico. El asno
reunió las pocas fuerzas que le quedaban, se incorporó y sacudió al atrevido guirre,
atrapado en las entrañas del mamífero.
En una de las sacudidas, el ave
quedó libre, atontada por las sacudidas del burro. Recuperó la compostura como
pudo y emprendió el vuelo ayudado por la subida térmica del aire. Estaba
estremecido pero ileso. Cuando llegó a la altura de la bandada de carroñeros
que seguían acechando al burro agonizante dijo:
- Juro que la próxima voy al ojo
y después al culo.”
Mi madre todavía se ríe por la
travesura de contar una historia con elementos escatológicos que entretenían a
toda la pandilla de mis primos durante las tardes sin televisión de mi niñez.
Fue la televisión la que me
aclaró años más tarde el curioso comportamiento de los guirres. El ínclito
doctor Rodríguez de la Fuente dedicó un capítulo completo a la vida del
alimoche (que es como se conoce al guirre en la Península Ibérica). El famoso
divulgador decía que los alimoches no tienen el pico tan fuerte como los
grandes buitres y tienen que esperar la llegada de los reyes de la carroña para
que rompan la piel de los cadáveres y puedan alimentarse.
Como quiera que en Canarias no
había buitres, los guirres empiezan buscando las partes más blandas, como los
ojos y el culo de los animales muertos para acceder a sus entrañas. Así que la historia de mi madre debe tener una
base real. Alguien observó el hecho y lo contó. Algún alimoche canario se llevó
un buen susto, llevado por su inexperiencia, y la memoria popular le llevó la
historia a mi madre.
Cuando era niño le decía a mi
madre que quería ver algún guirre. Ella me decía que no quedaban en Gran
Canaria. Me decía que la última vez que los vio fue en la gran plaga de
langosta del año 1954.
La plaga fue combatida con DDT
que se pulverizaba a gran escala por todas partes. El insecticida causó una
gran mortandad en toda la cadena alimenticia, desde las langostas hasta todos
aquellos animales que hacían presa en ellas, incluidos los guirres.
Los pequeños buitres canarios
fueron casi exterminados hasta desaparecer durante los años siguientes, debido
a los estragos del DDT y la cacería supersticiosa.
Sólo pude ver una pareja de
guirres durante los años ochenta en Fuerteventura, volando majestuosos sobre la
montaña de Cardón, fronteriza entre Maxorata y Jandía, buscando alguna cabra
despeñada.
Estos últimos días cuando acabo
de ver el vuelo domesticado de un marabú africano o de un águila calva
americana, añoro el vuelo libre de los guirres canarios, los guinchos
pescadores y hasta los cuervos sobre los cielos de las islas.
Muchos de los que hemos subido la
cordillera pirenaica a pie hemos admirado el magnífico vuelo de los buitres
resaltados sobre el aire límpido de las montañas. Me gustaría que se hiciera como
en los Pirineos, donde se han vuelto a introducir los buitres leonados, con la
cooperación de los ganaderos que han llegado a acuerdos de dejar los cadáveres
de ovejas, vacas y caballos tendidos en el campo, dejando la tarea de limpieza
ecológica a los grandes carroñeros alados.
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