lunes, 16 de septiembre de 2013

LA FÓRMULA DEL ÉXITO


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No creo que haya habido época más prolífica que la de este comienzo de milenio en lo que se refiere a las distintas disciplinas del Arte. Las redes sociales y la gran difusión que permite Internet han posibilitado que cualquier creador exponga su obra, con la esperanza de ser descubiertos por el gran público.
Músicos, artistas gráficos, fotográficos, escultores, músicos, poetas, escritores, grafiteros, exhibicionistas todos, luchan (luchamos) a brazo partido para que se (nos) conozcan.
Hay una gran proliferación de blogs, salas de exposición virtuales, ediciones digitales, “youtubes” que, unidos a las grandes redes sociales como facebook, twitter, linkedin, pinterest y otras muchas que no cito porque el listado sería interminable, andan detrás del gran objetivo.
Todos buscan lo mismo: el éxito, la trascendencia, la fama, ser conocidos en todo el mundo. Cosa que no es fácil de encontrar, precisamente por la misma razón que les permite ‘colgar’: la enorme competencia. No es fácil encontrar el éxito singular en medios de masas, llenos de competidores que buscan lo mismo.
Como quiera que el asunto me interesa de forma particular: ¡yo también quiero trascender! Me he propuesto analizarlo de forma científica. Así que me he vuelto a repasar mi biblioteca de manuales matemáticos: Cálculo Infinitesimal, Análisis Estadístico y Lógica Matemática (Todavía recuerdo a Fernando Hernández Guarsch, en la Escuela de Magisterio diciendo: “Hay verdades, mentiras y estadísticas”, dicho que muchos años más tarde le devolví en una Mesa Sectorial, en oportunidad al caso)
Así que después de sesudas averiguaciones estoy en condiciones de ofrecer la fórmula para el éxito. Confieso que esta no es la primera vez que me ocupo de asuntos parecidos y remito a un artículo aparecido en mi blog en 2008.
Para aquellos que no quieran curiosear en mi prehistoria les resumo el asunto: Joel Stein, articulista de éxito de la revista TIME dice que la influencia (otra aproximación al éxito) se puede medir con una sencilla ecuación. Es verdad que es un poco más compleja que la famosa de Einstein, que se contenta con menos términos (E=m c2).
No nos vamos a liar con Einstein que juega en una división superior, sino con el más simple Stein (para los que no sepan mucho de alemán, Stein significa Piedra y Einstein, Unapiedra)
Pues el tal Stein, que no Einstein, dice que su ecuación debería ser formulada así:
Influencia =  ( G + Y +4W) x N
                                        F
Esta ecuación cifraría la influencia de una persona calculando sus entradas en Google, añadiendo sus vídeos en YouTube, más los enlaces de Wikipedia, multiplicados por 4. Estos elementos deben estar ponderados por dos constantes: N, que representa el índice de novedad, multiplicativo en sí mismo y la F, que representa el índice de frivolidad del personaje, claramente divisor.
Independientemente de que la elección de los parámetros sea más o menos afortunada, el señor Stein ha introducido con humor y cierto sentido la reflexión de poner orden al caos de no saber quién es influyente y por qué o, a lo mejor, uno terminaría de entender algunas apariciones fugaces como las de algún “famoso” de escándalos o las famas efímeras de programas tomateros y actrices conflictivas; por no hablar de políticos en el candelero o de cualquiera que se llame “influyente”.
Yo, que no soy menos pesado ni osado que Stein, me atrevo a formular la Ecuación del Éxito, basándome en las sesudas deducciones de los ambos, Stein y Einstein. Y aquí está la fórmula del éxito:
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donde E, es el éxito, considerado como la trascendencia temporal del mismo, no el efímero. I es el índice de influencia de Stein mencionado más arriba, A, el azar que juega con todos nosotros y Q es la constante de calidad absoluta de la obra.
Así que ya saben todos aquellos que busquen el éxito, decidan por qué factor apuestan. Yo tengo claro que la calidad eleva a todos los demás factores de forma exponencial.

Foto por avlxyz. Ver original.

lunes, 19 de agosto de 2013

VIAJE MÁGICO A LA ISLA DE LA PALMA

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He vuelto de un viaje donde se me quedó el espíritu entre los tiles, los laureles y el palo santo. Me traigo a cambio el vino del volcán, los amaneceres con sus brumas, el verde en la retina, la poesía y el amor en los ojos de mi amada.
Hemos pasado una semana en la isla bonita, en San Miguel de la Palma, en el corazón de la laurisilva, subiendo cerca de las estrellas, tocando la lava, respirando el aire seco del pinar en Taburiente y descubriendo seres mágicos en las profundidades del bosque.
Recuerdo todavía como canta, distante, el agua que entre la fajana de los barrancos fluye, siento como el fayal se mezcla con los brezos en una sinfonía de verdes que mueve el viento, de glaucos y esmeraldas engalanados, subiendo ladera arriba para unirse a los pinos y al palo santo, enmascarados por la neblina de la mañana mientras caminamos rumbo a los nacientes de Marcos y Cordero.
Todavía sentimos los músculos quebrados por una bajada a través de los grandes bloques de basalto del barranco del agua, rumbo a los Tiles, todavía oímos el graznar de la grajas y el canto del chiriví entre los árboles, el sonido del agua entre los helechos gigantescos y el aroma de la madera húmeda, después de volver sin habernos, del todo, ido de allí.
Poblando los laureles de la memoria sigue habiendo figuras míticas que nos observan: un oso erguido entre el sotobosque, un dragón con ojo rojo y una corte de hadas invisibles aleteando en la bruma, animándonos en nuestro descenso penoso.
Después repusimos fuerzas en la casa de Asterio, en Puntallana, reconfortados con el mejor queso palmero ahumado frito, acompañado de mermelada de tomate, carnes a la brasa y vino de la tierra, siempre el vino, elixir de la tierra benahorita.
Los vinos palmeros nos reanimaron después de ascender a la Cumbre o bajar a las Salinas de Fuencaliente, cruzando el volcán, fundiéndonos con la negra tierra. Probamos el malvasía shakespeariano, el albillo garafiano o el listán blanco. Nos recibieron como a los nobles en la bodega Carballo de Fuencaliente, que regula la temperatura con un tubo volcánico bajo el suelo y también Eufrosina nos abrió su bodega El Níspero en la medianía de Garafía, entre pinares y grajas, para ofrecernos sus galardonados vinos y regalarnos con su tiempo.
cuervo_la_palmaOtro día un cuervo ilustrado, de negro azulado, nos danzó a la vista de Taburiente, desde un mirador en la Cumbre. Nos miró y nos dio la bienvenida a su territorio en las alturas, mirándonos a los ojos para saber si éramos dignos de atravesar aquel espacio sagrado, poblado de espíritus.
Los nombres de algunos palmeros son sugerentes, originales, siderales, casi cabalístiscos: Asterio, Arsenio, Neólida, Eufrosina, Atanasio, Medardo, Melquíades. Quien así es bautizado está marcado para lo asombroso, lo sagrado, lo maravilloso. Son reflejo de la magia del territorio que habitan, una joya engastada en verde, una maravilla insular.
No quisimos ver los nuevos proyectos de carreteras ni la nueva terminal del aeropuerto, ni los grandes hoteles, ni otras amenazas que están presentes por doquier en otros sitios del Archipiélago.
Nos volvimos con los ojos prendados del verde, de las estrellas, de los dragones, del vuelo de las aves, del acento y la magia de La Palma.

miércoles, 7 de agosto de 2013

DE LIBROS, UTOPÍAS Y FUNICULARES

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(Sepa el lector que lo que va a leer ha perdido temporalidad, pero no vigencia)
Todavía colea mi artículo sobre el proyecto de teleférico al Roque Nublo y parece que algún político sigue empecinado en su ignorancia, sosteniendo que el proyecto seguirá adelante, se oponga quien se oponga, degradándolo de categoría y denominándolo como “funicular” e, incluso admitiendo, que si, al final del proceso, se viera que los cables molestan, pues se quitarían y ya está, o si no lo reconvertirán en telesilla… (al tiempo)
Me asusta la simpleza e ignorancia de los argumentos. Hace muchos más años de los que mi memoria quisiera recordar, vi desde el mar, montado en la proa de un pesquero artesanal de Arguineguín, como volaron los acantilados del oeste de Mogán para rellenar lo que hoy es el puerto que algunos vendieron como pesquero y hoy se llama la pequeña Venecia en folletos turísticos.
Aquella explosión me quebró en mil pedazos que no creo haber rehecho. E, incluso hoy, me sigo estremeciendo cada vez que entro en la cuenca de Mogán, con la sensación de haber sido testigo de un hecho crucial para la historia reciente de Canarias.
Aquella polvareda permaneció en el aire durante un tiempo que me pareció interminable. Cuando se disipó vi como los acantilados mostraban una cicatriz de doscientos metros de largo, descarnado el basalto, con muchas toneladas de material caídas sobre el veril.
Aunque a veces he querido olvidarlo, corría el mes de agosto del año 1982 y tenía veinte kilos menos, mucho más pelo, más atrevimiento y más ilusión, sobre todo, la ilusión de que el mundo podría ser modificado; cambiado desde la escuela y la educación. Por eso me había hecho maestro. La voladura de los acantilados de Mogán quebró algo más que muchas toneladas de basalto de la serie uno. Para mí aquello significó la pérdida de la inocencia.
Para explicar esto debo llevar al lector a un viaje al pasado y hablarle de algunas personas y acontecimientos relacionados con lo que narro:
Empezaré citando a Víctor Grau Bassas i Mas, que nació en Barcelona en 1847, pero vino a Gran Canaria a la edad de cuatro años ya que su padre decidió instalar una farmacia en la calle de La Pelota de la capital insular. Estudió en el colegio de San Agustín –donde también lo hicieron otros próceres insulares, como Fernando León y Castillo, Benito Pérez Galdós, el Doctor Chil y Naranjo. Posteriormente volvería a Barcelona para estudiar Medicina.
Grau Bassas regresó a la isla en 1860, donde pronto se vería atraído por la Villa de Teror, donde fijó su residencia y consulta, representándola en la Diputación. Asimismo, debido a su empeño, se levantó una cruz en el lugar donde estuvo el pino en el que en el siglo XV se apareció la imagen de la Virgen. También se le debe a Grau Bassas la instalación en Gran Canaria de la Cruz Roja, en 1874.
Pero fue en el Museo Canario donde desarrolló la labor más importante de su vida. Fue el primer conservador de la Institución, en colaboración estrecha con el doctor Chil y Naranjo, fundador del Museo. Organizó expediciones arqueológicas a yacimientos indígenas, encontrando numerosos restos prehispánicos que enriquecieron las vitrinas del Museo y escribió varios libros sobre ellas. Destacan:
-Usos y costumbres de la población campesina de Gran Canaria (1885-1888), Editado por El Museo Canario en 1980, y reeditado de forma digital recientemente.
-Viajes de exploración a diversos sitios y localidades de la Gran Canaria El Museo Canario 1980 (facsímil de la obra de 1886)
En 1884 naufragó en la Baja de Gando el buque francés Ville de Para.  A continuación ocurrió un confuso episodio en el que se vio envuelto el médico y explorador. Aparentemente, los pescadores de Gando arriesgaron sus vidas para salvar a los náufragos y como recompensa les fueron regalados los fardos que flotaban sobre el agua. Varios de ellos fueron vendidos a Grau Bassas. Enterado del hecho el responsable de Marina, acusó al médico de apropiación indebida. De nada sirvieron las explicaciones del ilustre personaje.
La acusación siguió adelante sin que nadie tuviera interés en descubrir la verdad, lo que obligó a Grau Bassas a recluirse en Teror. Cansado y desilusionado al ver que su honradez quedaba en entredicho, decidió emigrar a Buenos Aires dejando en Gran Canaria a los suyos.
En América lo esperaba un modesto empleo en el Museo de la Plata. Tras revalidar su título de médico, su familia se reunió con él. Falleció en Argentina en 1917.
Nuestra atención se concentra en la segunda obra mencionada, “Viajes de exploración a diversos sitios y localidades de la Gran Canaria”  Esta obra fue editada en facsímil por  El Museo Canario en 1980 y reproduce la obra manuscrita original de 1886. Es ésta  una obra repleta de dibujos, esquemas y explicaciones ilustradas acerca de los materiales y las características de las construcciones en los asentamientos de los antiguos canarios de Gran Canaria. El manuscrito puede verse en Internet en el siguiente enlace:
http://fundacionorotava.es/pynakes/lise/graub_viaje_es_01_1886/27/
He reproducido dos páginas de la expedición a Mogán de este libro, donde he intentado interpretar en letra impresa la caligrafía del explorador, donde se citan los parajes a los que me he referido desde el principio. Son las páginas consignadas como 5 y 5v.
“(…) La figura (   ) representa la punta de Mogán en la cual señalada con puntos aparecen las cuevas señaladas en esta expedición y la cueva donde en 1879 se encontraron tantos (¿?) objetos (a). Esta punta tiene la misma formación geológica que las lomas del Barranco de Mogán (véase el croquis de la localidad recorrida) fig.  ) traquita y luego …ach (¿?) alternado con fonolitas laminosas y de fácil destrucción.
Es este un risco imponente de más de trescientos metros, cortado a pico sobre el mar muy profundo a su pie; en este risco han ya encontrado la muerte unos desgraciados enriscadores, un hijo de José Díaz, un hermano de Francisco Rodríguez, y el padre de éste- en este risco me avasalló el miedo y hube de renunciar a pasar por el andén.
Pasé muy malos ratos con Francisco Rodríguez, pues si bien es un valiente, le conocí en la cara, cada vez que se colgaba, que recordaba a su hermano y a su padre, cuya tumba tenía a sus pies.
Sólo el deseo de no quedar desairado me obligó a continuar la exploración en condiciones tan excepcionales. Por mi parte, la Punta de Mogán queda explorada.
Hay un paso que llaman Paso del Rey; dicho paso tiene de ancho como una cuarta, se halla a menos de 200 varas sobre el mar, de allí abajo es el mar tan llano como un plato y perfectamente vertical. De allí arriba tendrá cien varas y, contando de la misma manera; no se puede pasar de frente, hay que pasar de espaldas contra el muro.
El paso es corto, tendrá dos o tres varas (de largo), dicen que (¿?) al que le falte la serenidad que no pase.
Me aseguraron que pasan por este sitio hasta de noche. No sé porque le llaman el Paso del Rey, muy bien pudiera ser entre los canarios un paso de prueba, lo que sí puedo afirmar es que el que lo pase sin miedo merece una corona.
Yo lo he visto desde el mar a trescientas varas de distancia y confieso que da miedo. En la cueva (d) al principio del andén encontré una resinita roja que considero un ejemplar de grande estimación.
Como hago la consideración de que el fin de las exploraciones no debe limitarse a buscar objetos procedentes de los antiguos canarios, ni aquellos tienen valor alguno si se les considera aislados, he procurado estudiar la zona recorrida geológica y orográficamente, añadiendo nombres que no se ven en el mapa y rectificando alguna equivocación que se notase. (…)”
A continuación le ofrezco al lector el texto que me sirvió para presentar el libro “El anillo del pulpo” editado por Anroart  y presentado en el Gabinete Literario el 31 de marzo de 1995. Como quiera que nada ha cambiado, y si lo ha hecho no ha sido para mejor, sigue estando vigente, ahora en los tiempos del teleférico-funicular-telesilla al Roque Nublo.

DE GLOSARIOS Y CORSARIOS, DE LIBROS Y DE UTOPÍAS
“El anillo del pulpo” es un libro de aventuras que alguna vez quise presentar a un concurso de literatura juvenil. Esto no quiere decir que esté exclusivamente destinado a ese público Los libros más leídos de la literatura universal han sido catalogados como “juveniles” por la costumbre del siglo XX de reducirlos y ofrecerlos en ediciones abreviadas para las lecturas escolares. Cualquiera de los asistentes a este acto recordará con agrado aquellos libros leídos en la infancia y la juventud: Julio Verne, Alejandro Dumas, Hermann Melville, William Dafoe y otros, han hecho inmortales a muchos caracteres y arquetipos que todos reconocemos. Pero ninguno de sus autores hubiese  estigmatizados sus creaciones como “literatura juvenil”.
Este libro que hoy les presento, además, tiene una historia aventurera y azarosa como los caracteres que la pueblan. Fue escrito y publicado hace más de una década; pero nunca llegó a  distribuirse en su ámbito natural: en Canarias. Se convirtió en un libro fantasma: escrito y editado, perdido y vuelto a encontrar; pero nunca distribuido al público.
Después de una década, mi amigo Jorge Liria ha conseguido convencerme para volverla a la vida, rehabilitando al pirata Van Venlo, y ofrecerla a los lectores de Canarias. Llega de nuevo a la luz en un tiempo donde lo que la novela describe se ha hecho realidad, superada, corregida y aumentada, a lo ancho y largo de nuestra geografía. La destrucción de la costa se ha extremado en estos pasados años, la especulación gobierna en Canarias, los valores tradicionales desaparecen con las influencias externas y el materialismo erosiona paisajes y personas.
El origen de este libro se remonta a muchos más años de los que mi memoria quisiera recordar, cuando vi desde el mar, montado en la proa de un pesquero artesanal de Arguineguín, como volaron los acantilados de Mogán para rellenar lo que hoy es el puerto que algunos vendieron como pesquero. La explosión me quebró en mil pedazos que no creo haber rehecho. E, incluso hoy, me sigo estremeciendo cada vez que entro en la cuenca de Mogán. La nube explosiva del aquel medio día terrible permaneció en el aire durante un tiempo que me pareció interminable. Cuando se disipó vi como los acantilados mostraban una cicatriz de doscientos metros de largo, descarnando el basalto, con muchas toneladas de material sobre el veril.
Aunque a veces he querido olvidarlo, corría el mes de agosto del año 1982 y tenía veinte quilos menos, mucho más pelo, más atrevimiento más ilusión, sobre todo, la esperanza de que el mundo podría ser mejorado; cambiado desde la escuela, la educación y la cultura. Por eso me hice maestro. La voladura de los acantilados de Mogán, créanme, quebró algo más que muchas toneladas de la serie basal. Esa voladura se llevó por delante mi inocencia.
En junio, dos meses antes de la voladura de los negros riscos de basalto, había estado con otros dos entusiastas amigos, Javier Gil y Francisco Peinado, buscando la “Cueva del Rey”, con el manual de don Víctor Grau-Bassas i Mas, “Viajes de Exploración a Diversos Sitios y Localidades de la Gran Canaria”, bajo el brazo, buscando el estrecho paso que nos llevaría a la Cueva. Éramos tres jóvenes que apenas alcanzábamos la veintena, pero estábamos en forma y curtidos por múltiples pateadas buscando yacimientos arqueológicos, playas fósiles o insectos extraños a lo largo y ancho de la Gran Canaria.
Jesús Cantero Sarmiento –sabedor del destino de los acantilados- nos había hablado del texto de Grau Bassas y nos animamos a buscar el Paso del Rey, después de leer el libro.
Cuenta el explorador catalán como un pastor de Mogán le había llevado en siglo XIX hasta la cueva colgada sobre el acantilado, diciéndole que el rey de la isla debía mostrar su valor llegando hasta la cueva por una estrecha vereda, de un pie de ancho, caminando unos trescientos metros pegado al risco y a más de 50 metros sobre el mar para recoger un gánigo de barro. Esa era la prueba que debían superar los reyes de la Gran Canaria para mostrar su valor.
Una mañana de Junio de 1982, tres jovenzuelos inconscientes: Javier Gil, Francisco Peinado y yo buscamos el “Paso de Rey” bajo un torreón aborigen situado encima de las casas del Puerto de Mogán. La línea de voladura se encontraba algunos cientos de metros más hacia el oeste. Los operarios llevaban algunas semanas perforando barrenos al borde de los acantilados y algunos de sus vehículos estaban como vigías cerca del mismo. Había muchas veredas de cabra que zigzagueaban por la ladera. Después de un rato dimos con un camino estrecho que se perdía en la pared del acantilado en dirección al oeste. Nos pareció el más adecuado conforme a la descripción del libro.
Había cagarrutas de cabra y parecía ser transitable. Caminamos uno tras otro con inconsciencia y cierto cuidado mientras nos adentrábamos en la vereda. Al principio el camino permitía un paso cómodo por una senda de medio metro de ancho. Según se adentraba en el acantilado sobre el mar se estrechaba por momentos.
Estábamos en el tercio superior de los acantilados de basalto y ya habíamos avanzado unos cien metros desde el inicio de la vereda. Veíamos el mar a nuestros pies, rompiendo con suavidad contra base de los paredones de basalto, formando un veril cubierto de aguas verdosas. El sendero mostraba algunas cuevas de pardelas excavadas en el risco y con cada metro que avanzábamos se estrechaba cada vez más. No había viento y el sol caía directamente sobre nosotros. La vista estaba limitada por la típica formación columnar del basalto, no pudiendo columbrar mucho más allá de un par de metros. Empezamos a preocuparnos porque no llevábamos material de escalada que nos permitiera asegurarnos en caso de perder pie. Cuando estábamos empezando a dudar de nuestra cordura y de la oportunidad de haber emprendido el “Paso del Rey” sin medidas de seguridad, nos encontramos que el camino desaparecía tras un recodo.
Un poco más allá no había nada sino una fuga directa hasta el mar que lamía el pie del acantilado. Un derrumbe –quizás procedente de los barreneros- había hecho caer el “Paso del Rey”. No pudimos salvar el espacio y retrocedimos lentamente con la frustración, no sólo por no haber podido alcanzar la cueva donde el rey de la Gran Canaria debía probar su valor, sino a sabiendas de que todo aquello que pisábamos iba a desaparecer para siempre unas semanas más tarde.
Sin haber podido encontrar argumentos para evitar la destrucción de los acantilados, la voladura fue inevitable. En cinco minutos cayeron toneladas de roca, arrastrando la Cueva y el Paso del Rey de la Gran Canaria. La nube que rodeó los acantilados nunca se ha disipado del todo de mi vista. Procuro evitar el Puerto de Mogán en mis recorridos por la isla. A veces he dirigido una mirada furtiva desde lo alto de la Cañada de los Gatos en dirección al torreón aborigen que sobrevive entre antenas de televisión y telefonía móvil mirando un puerto que algunos llaman la Venecia Canaria. Yo lo llamaría de otra manera, pero me lo callo.
“El anillo del pulpo” recoge muchas vistas de la costa moganera antes de la caída de los acantilados, ciertos caracteres de personas que alguna vez conocí, algunas visiones submarinas de Fuerteventura , donde me fui algo más tarde y el mar por doquiera; el mar en el recuerdo del exilio. La luz transparente de Canarias en la memoria del invierno de Europa.
Todo ello se encuentra en el manuscrito, fundido con la preocupación creciente por el futuro del territorio, la perplejidad por la política a porcentaje, la irritación por la destrucción de valores en personas y paisajes. El anillo del pulpo es un libro naïve, lo reconozco. Tiene la inocencia de la juventud perdida. Tiene un final feliz; pero es un final donde los seres humanos ya no intervienen. Sólo la naturaleza: una tormenta, un maremoto y la erupción de un volcán, la explosión del volcán que yo llamé Van Venlo en honor a la ciudad limburguesa que fue mi hogar durante seis años, es quien pone fin a la desesperada lucha de quienes defienden el medio frente a los especuladores. Sólo la naturaleza le pone coto a los especuladores en mi libro.
He vivido lo suficiente para darme cuenta del ritmo de degradación del territorio. Cada año que pasa estas islas atlánticas donde vivimos se ven mordidas en su originalidad paisajística. La costa está sepultada y perdida en gran medida, el mar muestra  crecientes señales de esterilidad, el asfalto y el cemento zigzaguean por doquier en dirección al último rincón de cada isla. Los recursos hídricos fósiles – a pesar de la bondad del pasado invierno- están esquilmados. Y además seguimos vertiendo al mar el agua que usamos. En suma, el suicidio ecológico programado.
El debate de la nacionalidad canaria, celebrado esta semana, no menciona prácticamente la situación del medio ambiente en Canarias. La mayoría de los políticos eluden referencias o pronunciamientos a temas claves sobre extracciones petrolíferas en nuestras aguas próximas o maniobras militares que matan a los cetáceos. Las moratorias turísticas aceleran la construcción como cruel paradoja de las leyes al servicio de los negocios y no al servicio de los ciudadanos. Las energías alternativas sólo sirven para que las concesiones se las lleven los amigos que crean empresas ad hoc. La lista es inacabable.
Nadie quiere ver que nos estamos devorando a nosotros mismos. Estamos hipotecando nuestro territorio, dando mordidas a nuestros barrancos – (tenemos los mejores skylines del hemisferio. Cada ladera de nuestros barrancos forman líneas del cielo, horizontes únicos, maravillosos en las tonalidades de la primavera canaria, cubiertos de tabaibas y cardones) -,  estamos sepultando la costa. Ya no quedan los barrancos que yo anduve en mis soledades juveniles: Mogán no existe más allá de Lomo Quiebre. El Medio Almud no sirve para medir granos. Taurito está lleno de agujeros de golf y urbanizaciones, Amadores está pintado de blanco granuloso. Mejor no sigo.
Todavía queda Veneguera amenazada por los amigos de algún político que ha pasado por casi todos los partidos y todas las piedras, buscando indemnizaciones multimillonarias…
En fin, no quiero cansarles, me está saliendo un discurso pesimista que no quería; solo presento un libro de literatura juvenil, casi pasado de moda, muy naïve, de final feliz. Esperemos que nuestras islas no pasen de moda también. Que nos demos cuenta y reaccionemos a tiempo. Vivimos en un territorio finito que no soporta nada más que un número finito de personas con sus infraestructuras correspondientes. La época de los negocios desarrollistas y especulativos tiene que concluir ya y ser substituidos por políticas de modelos conservacionistas y de desarrollo sostenible.
Este es el debate crucial: el de nuestra supervivencia armónica con el medio. No podemos esperar que unas erupciones volcánicas nos solventen los dilemas. Debemos, todos, tomar conciencia de la gravedad del problema y crear las condiciones sociales y políticas necesarias para que los próximos debates sobre la nacionalidad canaria incluyan la protección integral de nuestras islas.
Cuando decidimos volver a editar el libro que hoy les presento, alguien opinó que el libro tenía muchos términos “raros” y me aconsejó que hiciera un glosario para aclarar a los lectores de esta supuesta novela juvenil lo que significaban palabras como nasa, apnea o farallón. Estuve un par de días dándole vueltas al asunto e, incluso, me puse a escribirlos.
Después de un par de páginas de glosarios y de corsarios me di cuenta que este libro es algo más que una novela para adolescentes; este es un libro para aquellos que todavía no han olvidado la juventud, aquellos que creen y luchan por ideales que otros dieron por perdidos. Este libro va dedicado a aquellos que creen en un mundo mejor y en las utopías. Aquellos que se arriesgan cada día a buscar los “pasos del rey” ocultos en la brega diaria. Y esos no necesitan de glosarios, esos saben leer entre líneas, averiguar lo que dicen las palabras y lo que callan los silencios. A ellos dedico este libro.”

Amen.
Ha pasado el tiempo y hemos seguido “progresando”. Las infraestructuras insulares han mejorado mucho. Hemos construido autopistas, túneles, viaductos, puertos deportivos, centros comerciales y urbanizaciones de “alto standing” que facilitan las comunicaciones y el desarrollo turístico, haciendo irreconocible muchos de nuestros paisajes tradicionales.
Se ha apostado todo -o casi- a estas cartas. Las consecuencias están a la vista. Parece que los políticos no entienden de otras alternativas ni modelos de vida. Algunos pocos se han enriquecido en el proceso y la mayoría se ha conformado con los placebos de la sociedad de consumo.
La última vuelta de tuerca parece ser el teleférico-funicular-telesilla al Roque Nublo. Quieren destruir la última frontera: la línea del cielo.
Espero que al final impere la cordura entre los políticos y los ciudadanos, pudiendo evitar la catástrofe paisajística. Si no, sólo quedaría invocar a Guayota (o al pirata Van Venlo) para que se vuelvan a abrir las profundidades de la tierra para cubrir todos nuestros desmanes con lava ardiente  (y ojalá nos dé tiempo a evacuarnos).

martes, 18 de junio de 2013

OLIVOS (A modo de reflexión sobre la reformas educativa)

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Cuando me voy a margullar (lo cual en sí mismo es una declaración de intenciones lingüísticas; pues me niego a decir el barbarismo “snorkeling”) aprovecho mi paseo lento a flor de agua para pensar, mientras fluyo con la corriente hacia Los Lisos.
Bajo mi piel de neopreno curtida por mil mareas se desliza el somero fondo de la Playa de las Canteras, poblado de sabias viejas, fulas azules y pejeverdes danzarines, contemplados por mi gran ojo de cíclope artificial.
El otro día mientras me abría paso entre un cardúmen de irisados longorones blancos, traslúcidos en su pequeñez, se me fue la mente tierra adentro, hacia unos viejos olivos que alguien había plantado en la carretera del centro de la isla, poco antes de llegar a San Mateo.
Eran varios ejemplares que hace algún tiempo me pareció ver en un vivero. Los olivos habían sido importados de la Península porque hoteles, fincas particulares y ayuntamientos varios los demandaban para sus jardines. Y qué mejor idea que traerlos de ultramar ya crecidos. Los olivos están poniéndose de moda y, como su crecimiento es lento, se prefiere trasplantar ejemplares de cierto porte.
Es conocido el dicho popular relativo a los olivos: Los planta el abuelo, los cuida el hijo y empieza a recoger el fruto el nieto. Se necesitan tres generaciones humanas para que el frutal sea rentable. Pero en estos tiempos de vértigo, parece que no se quiere esperar entre cincuenta y setenta años para recoger una buena cosecha, aparentemente todos tenemos prisa para conseguir nuestros objetivos.
Es verdad que en tiempos recientes se ha incrementado la superficie original dedicada al olivo en el sur de Gran Canaria y hasta en Fuerteventura, pero los matos son todavía muy jóvenes y la cosecha de aceitunas no es muy grande.
Los interminables olivares de Andalucía han necesitado siglos de cultivo para desarrollarse. Son testigos de otras épocas donde el tiempo se medía con otra escala, la de una vida tradicional, lenta y pausada, pensada a largos plazos y para las siguientes generaciones.
Después de dejarme llevar por la corriente de salida del estrecho de Los Lisos, “el efecto Venturi” ha acelerado mi navegación hasta las mayores profundidades frente a la Peña la Vieja. Allí compruebo que los temporales del invierno y las marejadas del oeste han denudado los fondos, cambiando los vericuetos entre el arrecife.
La mirada se me va hasta los perfiles del interior de la isla y los pensamientos me recuerdan un encuentro de hace unos cuantos años. Estaba en los locales del sindicato cuando entró un joven alto y delgado, de melena rizada hasta los hombros y ojos de mirada penetrante.
Empezó diciendo que acababa de regresar a la isla después de terminar no sé qué máster en Filosofía y que buscaba información sobre la reciente convocatoria de oposiciones para el cuerpo de profesores de secundaria u otras ofertas de trabajo en colegios privados o, incluso, en el propio sindicato.
Empecé a buscar información sobre lo que me pedía, como solíamos hacer con muchos otros recién licenciados, hasta que sus ojos se encontraron con los míos, diciéndome: “Tú me diste clases cuando era niño en la escuela de Barranco Hondo”.
Me fijé con mejor atención en aquellos ojos brillantes y mis recuerdos me llevaron a mi juventud de maestro en aquella escuela unitaria perdida entre las casas-cueva de Juncalillo. Recordaba vagamente aquel grupo de niños aplicados que no querían irse de allí cuando se acababan las clases en mi tercer o cuarto año de profesión, abrigados dentro del aula, sin calefacción en el crudo invierno de El Tablado a 1400 metros de altura sobre el nivel del mar.
Habían pasado más de veinte años y me encantó que uno de aquellos niños me reconociera después de todo ese tiempo. Me habló el joven de sus estudios, me puso al día de varios de sus antiguos compañeros de escuela, algunos habían estudiado Ciencias Matemáticas, otros Derecho y alguno se había quedado en las altas medianías cultivando las terrazas familiares en el barranco. Sobre todo me dijo que recordaba con mucho agrado aquellos cursos donde aprendíamos y nos divertíamos todos con los pocos medios con los que contábamos, en aquella escuela sin calefacción, ni teléfono, ni fotocopiadora, donde nos fabricamos una copiadora “vietnamita” con gelatina y papel carbón.
Me contó sus proyectos alternativos si no podía dedicarse a la docencia, entre los que estaba una estadía en una ONG en Sudamérica. De alguna manera me sentí orgulloso de aquel joven licenciado. Quise pensar que alguna mínima influencia pude haber tenido en la formación de aquel filósofo.
Los maestros de cierta edad tenemos la suerte de encontrarnos de vez en cuando con algunos de nuestros alumnos, que nos recuerdan los tiempos que compartimos en las aulas, y haciéndonos sentir que -al menos- algunas de nuestras enseñanzas no cayeron en saco roto.
Tengo más de treinta años de experiencia como docente, desde la primera línea del aula a la representación sindical, pasando por un destino en el Extranjero e incluso un par de años en el Consejo Escolar de Canarias.
He conocido, con mayor o menor grado de consciencia y conocimiento, cinco Leyes Orgánicas de Educación, he “servido” bajo tres distintas administraciones políticas españolas, bajo más de diez distintos Ministros y Consejeros del Ramo, he estado  a las órdenes de varias decenas de directores generales, he negociado con otros varios y he hablado con decenas de Inspectores y con muchos cientos de profesores y maestros, individualmente y dentro de las organizaciones sindicales que (les) representaban.
He vivido esta trayectoria con pasión y compromiso, intentando hacer mi trabajo lo mejor que sabía en cada momento. Puedo decir que la mayoría de todas estas personas intentaban hacer lo mismo desde su propia perspectiva. Los profesionales de la Educación en España son tan buenos como en cualquier país europeo.
La principal diferencia es que en España no se tiene la paciencia necesaria para esperar a recoger los frutos, para que los olivos que plantamos fructifiquen. Los éxitos educativos de otros países se basan fundamentalmente en la paciencia, en la confianza en los profesores y en el consenso político. Si se mira a modelos de éxito, como el de algunos países orientales o la recurrida Finlandia, se observa que hay una gran estabilidad en las leyes educativas y una mayor autonomía de las escuelas, unidas a un gran respeto por los maestros.
Sufrimos en las escuelas la enorme presión de los políticos que quieren ver cómo las encuestas y los análisis de resultados estadísticos como los del informe PISA se mejoran de forma inmediata. Pocos se ocupan de conseguir la estabilidad en los colegios y en las familias, para que todos, familias, niños y maestros podamos disfrutar del aprendizaje común, dándole tiempo al tiempo para que las nuevas generaciones sean capaces de crecer en el conocimiento.
Se cambian las leyes educativas con cada cambio electoral, olvidándose que ninguna ley cambia al individuo por decreto, ninguna ley es capaz de motivar, ninguna ley es capaz de inspirar, ninguna ley hace que los olivos crezcan y fructifiquen antes de tiempo, ninguna ley sirve más allá que para ordenar papeleos y títulos.

jueves, 6 de junio de 2013

"MIS ORÍGENES LITERARIOS ESTÁN EN UNA NIÑEZ SIN TELEVISIÓN"




Como los lectores habituales de este blog ya saben, desde hace unas semanas colaboro con un medio digital. Les incluyo un enlace al periódico digital www.canariascultura.com con una entrevista realizada por su director, Enrique Mateu.




ENTREVISTA

lunes, 20 de mayo de 2013

ÁRBOLES

 
Esta entrada apareció primero en www.canariascultura.com

Hay un laurel de indias cerca de una de las rotondas de la salida de la GC-2 frente a Siete Palmas que destaca entre todos. El árbol pertenecía a la alameda de laureles que bordeaba la antigua carretera de acceso al cementerio de San Lázaro en Las Palmas de Gran Canaria y ahora sobresale por su frondosidad.
Los demás ejemplares están torcidos en la dirección opuesta al poderoso alisio del noreste y parecen sufrir los avatares de las sucesivas acometidas de obras y reformas a los accesos a los centros comerciales de la zona.
Pero este laurel concreto se eleva orgulloso dando sombra a los que le rodean, sitiados por el tráfico diario y el viento inclemente. Todos ellos fueron plantados a finales de la década de los sesenta cuando se abrió el nuevo cementerio de la ciudad y su crecimiento fue a la par que los problemas de abastecimiento de aguas de la ciudad y sus jardines.
Durante años sobrevivieron con los restos del acuífero de la finca de las Siete Palmas y su infraestructura de regadío y llenado de los estanques de barro de la zona, mucho más que por los riegos de los empleados de los parques y jardines municipales.
El ejemplar del que les hablo está situado muy cerca de una rotonda donde se ha preservado (con cierta visión histórica) uno de los acueductos que surtía a la citada finca, que cruzaba con un arco elevado sobre la antigua Carretera General del Norte. No sé si el denso follaje del árbol se debe a la cercanía a este acueducto o a los habitantes de una antigua casa con tejado a dos aguas.
La casa fue expropiada porque se quedaba aislada entre la maraña de viaductos, rotondas y carriles que circunda los accesos a los nuevos barrios-dormitorio de la zona. Casi nadie se acuerda que allí existió tal casa, ni de la antigua fábrica de tejas que se ubicaba casi enfrente o de la parada de guaguas que fue conocida hasta hace bien poco como “La del Olivo”, aludiendo a algún antiguo ejemplar que yo no conocí. La rotonda más próxima a estos lugares está hoy día plantada de distintas especies de cactus, agaves y opuntias y, si alguien se fija, podrá ver -incluso- un par de parras con racimos incipientes.
Lo que sí conocí fue esa casa a la que me refiero, hoy destruida, habitada por una señora mayor que trajinaba en los alrededores de ella, ajena al tráfico creciente de mediados de los años noventa del pasado siglo cuidando del pequeño huerto y de las macetas. Tenía gallinas sueltas y palomas que anidaban en un palomar adosado a la casa, como si quisiera ignorar el imparable destino que se cernía sobre ella.
En mi difuso recuerdo pienso que aquella era una antigua morada de peones camineros, situada a pie de carretera y dispuesta estratégicamente para el control del paso de vehículos y personas en ruta hacia el centro y norte de la isla.
Ahora que escribo esto pienso que quizás fuera la señora quien regó los primeros años del laurel y su actual frondosidad se debe a esos años de riego y cuidados. Después  de que se derribara la casa, tras la evacuación de sus inquilinos, las hogareñas palomas se negaron a abandonar el sitio, revoloteando durante un par de años por los alrededores por donde estuvo la casa y usando el laurel como percha y como nido, negándose a abandonar su hogar.
Soy testigo de lo que narro y cuento esta historia de la misma manera que mi madre cuenta que se midió con seis años en una palmera del Parque Doramas en compañía de su hermano Luis -que después emigró a Venezuela para no volver-, marcando su altura en la estipe del vegetal.
La palmera fue criada y plantada, al igual que muchas otras, por su abuelo José, mi bisabuelo, José Cruz Tejera, quien fue durante años el jardinero mayor del vivero municipal y quien supervisaba el cultivo de muchos de los viejos árboles y plantas del parque.
Hace unos pocos años mi madre quiso recordar el sitio donde se había medido y, después de buscar la palmera, siguiendo su memoria: “cerca de los olivos, detrás de la rosaleda, frente al muro del estanque, yendo hacia los dragos”, me señaló el ejemplar que se alza frente a las habitaciones traseras del hotel Santa Catalina.
Allí se midieron los hermanos antes de crecer y abandonar el jardín del edén infantil. Mi madre se quedó en la isla viendo como la palmera se alzaba hacia el cielo y ella envejecía. Cuando la volvió a identificar, me sentí vinculado a este particular ejemplar de Phoenix canariensis de la misma manera que las palomas siguen anidando en el laurel de indias del comienzo de esta historia, recordando quien los plantó y quien los cuidó.
Los seres humanos estamos, sin duda, unidos a nuestros árboles, a los que plantamos y a los que cuidamos, de los que nos alimentamos o debajo de los que buscamos sombra. Debe haber lazos invisibles entre todos los seres vivos. Nuestras memorias y nuestros actos perduran mientras existan testigos vivos.
Al menos, a mí así me lo parece.

lunes, 6 de mayo de 2013

BANCO DE ALIMENTOS (Y para el espíritu, a cambio, también)

Entrada publicada primero en www.canariascultura.com

Miedo a estas visiones           
tuve, pero luego
que he mirado a estotras,
mucho más les tengo
CALDERÓN DE LA BARCA

Ando entre las calles de mi ciudad, a veces con rumbo fijo, a veces errante sin una derrota clara. Despliego las velas latinas de mi equipaje básico y surco el piélago de la trama urbana de la zona portuaria, bloc de notas en ristre, gafas caladas. Miro con ojos de fotógrafo o trazo con mano alzada los perfiles de personajes para la cotidiana realidad novelesca: me fijo en una fachada peculiar, en un automóvil desvencijado o en una mora embozada. Aquí y acullá hay ingredientes para filmar un documental digno de del Gran Bazar de Ispahán o del Rastro de Tristán Narvaja en Montevideo.
Paseando cerca de la playa me topé con los puestos de los voluntarios de la Asociación de Vecinos Playa Chica, que en un tenderete improvisado ofrecen “Books for Food”. Allí tienen dispuestos multitud de libros en varios idiomas para que el pasante pueda elegir los que quiera, con el compromiso de traer alimentos a cambio, alimentos que después se distribuyen con la colaboración de Cáritas.
He tomado el puesto en la calle Torres Quevedo como referencia de paso en mis peripatéticas excursiones por la zona. De allí he sacado algunos ejemplares curiosos que alguna vez quise leer u otros que hube de leer en mi juventud introvertida, sin que me diese cuenta.
Según he ido adoptando los libros he ido acarreando paquetes de arroz, de legumbres, de aceite, tarros y latas varias e, incluso, he llevado algunos ejemplares de “El anillo del pulpo”, en la edición de Incipit Editores, como compensación para el banco de alimentos que gestiona la asociación.
A pocos pasos de la playa cosmopolita existe otra realidad ajena a los bañistas, los turistas y los paseantes: una de personas con necesidades básicas, de alimentos, de ropa, de alojamiento. Algunos bloques de apartamentos de los pioneros del turismo se han convertido en refugios de fortuna para inquilinos  pobres.
Algunos de los libros expuestos son enciclopedias educativas sin abrir, todavía con el folio plástico que los envolvía cuando se vendieron al peso y con un aparato de vídeo como incentivo, otros tienen el uso de miles de manos, algunos –incluso- están dedicados a un nieto o a una amada. Ahora sirven de moneda de intercambio para otras necesidades más primarias.
Casi la mitad de los libros expuestos están escritos en lenguas extranjeras: alemán, inglés o francés; aunque también destacan los de las lenguas escandinavas, sueco, noruego, danés o finlandés. La mayoría son de ediciones de bolsillo de “best-sellers” internacionales, mudos testigos de las horas de lecturas de los exiliados invernales del centro y norte de Europa; y de su solidaridad.
Entre los ejemplares que he adoptado quiero destacar dos de los tres tomos (el tercero no estaba allí) de las Obras Completas de Lenin, editado en la extinta Unión Soviética. Pero lo destacado de los dos tomos no es ni su autor ni su editora, sino que llevaba un “ex-libris” de la extinta Unión del Pueblo Canario, como mudo testigo de los convulsos años de la transición y los primeros experimentos de la llamada izquierda nacionalista canaria. Más de tres décadas más tarde, ni siquiera me apetece hacer una reflexión profunda sobre los orígenes o el destino de algunos de los políticos que pudieron haber hojeado los libros en aquellos días, para simplemente acabar de director general de algo.
Yo prefiero encantarme con los ejemplares de “El reino de este mundo” o “Ecué-Yamba-O” de Alejo Carpentier, editados en La Habana precastrista o con “La línea de sombra” de Joseph Conrad, mientras animo a los lectores a pasarse por la calle Torres Quevedo, provistos de algunos alimentos no perecederos, para ver si encuentran  un tesoro literario o un manual sobre el cultivo de bonsáis antes de que lo haga yo.