jueves, 27 de febrero de 2014

FEBRERO (esta entrada apareció primero en el digital CanariasCultura)

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La tierra huele a néctar,
a miel
entre almendros floridos,
de rosa y fucsia engalanados,
bajo la lluvia lenta,
que fluye mansamente
hacia el útero de la isla.

http://canariascultura.com/2014/02/06/febrero/

La lluvia resbala por las laderas cubiertas de hierbas, gota a gota, como una medicina líquida para la tierra seca, hasta crear hilachuelos de agua que caen en minúsculas cascadas. Se mete entre las grietas, buscando la oscuridad, empapando las entrañas de la isla, para salir más abajo, entre manantiales olvidados.
Este año el invierno es generoso y lleva semanas empapando el norte de Gran Canaria, como si quisiera recuperar la selva de Doramas y el fayal-brezal de la Medianía, enviando oleadas de nubes preñadas de humedad a parir sobre la tierra, dejando entrever miriadas de arcos iris entre los grises celajes y regando mansamente los campos.
Los arroyuelos cantan con un agua mansa que fluye desde nacientes resucitados en dirección a los saltos de aguas de los caideros, remansándose entre cabucos cristalinos, antes de seguir barranco abajo para llenar aljibes, acequias y atarjeas.
Los almendros florecen en una sinfonía de nieve, fucsia y rosa, salpicando los paisajes de la vertiente central de la ínsula, como heraldo de la primavera isleña, a la sombra de los roques sagrados.
Este mes de febrero nace con el aire fresco del océano batiendo las costas con la fuerza del mar de leva que ha atravesado el Atlántico, impulsando las olas con enorme poder sobre la costa, salpicando los acantilados y quebrando algunas de nuestras obras costeras.
Mientras escribo esto, tengo en mente mi artículo del mes de septiembre, Tláloc, el dios de la lluvia llora sobre México, donde convocaba a Tláloc, el dios azteca de la lluvia. Lo recuerdo mientras observo la playa batida de olas y viento, con la añoranza del verano y la tranquilidad de las aguas de entonces, con la nostalgia de las margulladas pendientes.
La lógica y la razón me dicen que, seguramente, no he tenido nada que ver con este invierno de lluvias y viento, de mareas altas y lunas frías, que mi poema a Tláloc no ha causado otra cosa que reavivar mi vena poética, sacudirme la pereza y ponerme a escribir.
Reconozco que alguna vez me fascinó la idea de poder conjurar al viento, convocar la lluvia o invocar a las fuerzas de la naturaleza, de convertirme en un hechicero náhuatl o un gálapa australiano.
Afortunadamente, no tengo tales poderes. Entre otras cosas, porque sería una pesada carga la perspectiva de verme amenazado, como se le hace a algún santo, tras procesión rogativa correspondiente, si no lloviera al gusto de todos (lo cual es más que probable), y ser arrojado por el precipicio más próximo.
Por lo tanto, me debo conformar con la poesía mientras el agua corre por el barranco y el gofio moreno está oliendo en el hogar (parafraseando a Néstor Álamo ).

miércoles, 15 de enero de 2014

NUR, LA LUZ (2ª PARTE)

NUR, La luz (2ª parte)

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La luz que impregna la ciudad nos debió llevar al puesto solitario de don Francisco Rodríguez Estévez. Detrás del mostrador me pareció un noble romano, de ojos luminosos, perfil latino y pelo cano, que vendía jamones, embutidos y carnes.
Según nos cortaba unos perniles del mejor jamón que habíamos probado, nos contó, nos relató y nos encantó con sus narraciones. Según hablaba se me antojó que un narrador medieval se manifestaba ante nosotros en el zoco, enlazaba las historias mientras cortaba el jamón o nos ofrecía el mejor solomillo de cerdo ibérico que hemos catado.
Nos explicó que los cerdos procedían de la Sierra Norte de Sevilla, que pacían entre bellotas donde alguna vez el emperador Trajano se había hecho construir una villa. Cada cerdo tenía una hectárea entre Alanís y el Pedroso.
Por aquellas tierras los cerdos hozaban entre las encinas desde tiempos inmemoriales mientras los romanos obtenían los proyectiles de piedra para  sus catapultas, lastrados por la alta densidad de la roca ferrosa.
De las piedras pasó don Francisco al cine, donde ha actuado en varias decenas de películas y más tarde nos habló de la puerta, de la puerta del mercado, se debe entender. Nos preguntó si habíamos encontrado la entrada; a lo que respondimos que habíamos entrado por un acceso sin marcas.
Nos dijo que había escrito más de seis mil cartas reclamando una puerta para el mercado. Nos enseñó artículos de prensa donde se le entrevistaba para que manifestara su descontento por la destrucción del antiguo mercado y las capas de restos arqueológicos subyacentes.
Nos indicó que el Antiquarium era un mero esqueleto de lo que hubo, que unos pelaron las cáscaras de la cebolla hasta dejar un hueco desnudo. Que los que se decían sabios, excavaron o saquearon para obtener beneficio, que no conocimiento; que se demoraron interminablemente, y no recuerdo qué más cosas terribles que hicieron humedecer los ojos del viejo placero.
Nos dio la dirección de su altar de lloros y lamentos, pidiendo una puerta para que el mercado no deje escapar a sus fantasmas, los conjure y atraiga clientes: www.laencarnaciondesevilla.blogspot.com.es
Desde entonces no dejo de leer al viejo Séneca de la Encarnación, a aquel maestro que he conocido ahora, maestro de la vida, narrador sublime, que empezó tres carreras y se decidió por la del último sabio de Sevilla, memoria de un mercado, defensor de los creyentes, mi amigo Francisco Rodríguez Estévez.
En algún otro momento del viaje nos encontramos con otro amigo del alma, el poeta onubense Antonio Núñez Torrescusa, que subió aguas arriba con su mujer, desde Sanlúcar de Barrameda, para traerme recuerdos comunes de Flandes, caldos de manzanilla y cantos “jondos” de su poesía medieval.
Fue Antonio mi primer lector, crítico y corrector. Leyó en las grises tardes de Eindhoven el manuscrito de “El anillo del pulpo” y en las luminosidades de La Jara de Sanlúcar, el correspondiente de “Kopi Luwak”. Sus doctas observaciones, sus eruditas correcciones me ayudaron a cribar el manuscrito y librarlo de gazapos e inconveniencias que se nos habían escapado a mi esposa y a mí.
Hacía casi diez años que no me encontraba con el poeta, que empieza a ser conocido y reconocido después de décadas de cultivar la poesía con un arte renacentista, más propio de Quevedo que de estos días. Me habló del premio recibido, de sus nanas, de la novela escrita en versos octosílabos, de su creatividad en la plena madurez de jubilado.
En Sevilla nos guió desde los jardines de Murillo, entre callejas, por el Callejón del Agua hasta una placa dedicada al poema en prosa Ocnos, de Luis Cernuda. No lo conocía y desde entonces ando a la búsqueda del Magnolio del poeta sevillano exiliado. Un poco más allá de la placa dedicada a Cernuda, tocaba la guitarra una muchacha de aspecto oriental, pensamos que japonesa, con acordes andaluces. Un sombrero en el suelo esperaba la donación de las hordas de turistas que seguían a guías provistos de un paraguas amarillo, a modo de estandarte.
Llegamos a la vista de la Catedral y la Giralda, desde la sombra de un pasadizo de bóveda alambicada, altiva la torre, resplandeciente al último sol de diciembre, marcando como faro las alturas celestiales, con su acceso sin escaleras, en pendiente helicoidal hasta los 98 metros y medio de altura, por donde la reina Isabel I de Castilla ascendió a caballo y los mortales suben a pie hasta la cumbre de Sevilla.
Las horas volaron en compañía de los amigos, que nos llevaron a La Bodega, un típico bar sevillano, abarrotado de turistas y de andaluces conocedores de la excelencia de la comida. Nos despedimos en la certidumbre de seguir unidos por la amistad, sabiendo que desde Sanlúcar de Barrameda hasta el puerto de las Isletas sólo hay una travesía de tres días en carabela.
Teníamos ya el mal de Stendhal, sin duda, cuando entramos en la basílica catedralicia de Sevilla. Los días anteriores nos habían impresionado mucho más que si hubiésemos andado por Florencia, Venecia y Roma sucesivamente. Casi siempre a pie, volamos desde las alfarerías de Triana –la aberante torre Pelli en lontananza- hasta las riberas del Guadalquivir, llenas de palmeras canarias. Por allí anduvimos, unas veces sin rumbo, otras dirigidos hacia el Museo Arqueológico o a una iglesia determinada. Vimos las cistas de los tartesios y la cerámica pintada con almagra –tan parecidas a las canarias que me hicieron temblar; admiramos las estatuas romanas, testigos de la importancia de la Hispania romana.
Al entrar en el templo principal de la ciudad, la sensación fue de vértigo ante la inmensidad. Era difícil buscar un único punto donde centrar nuestro interés, desde la altura de las naves, la luz que entraba por las vidrieras, el órgano central, los cuadros, las tumbas, las capillas o, incluso el soberbio patio poblado por naranjos con los dorados frutos adornando la vista.
Nos perdimos por la esférica sala cabildicia, con la sensación de entrar en el lugar donde se tomaron las decisiones de la iglesia española durante muchos siglos y, previamente, las de otras creencias, alumbradas por la luz de Sevilla.
El culmen de nuestro viaje nos encontró en nuestra visita al Museo del Hospital de los Venerables. Allí, en un antiguo edificio del siglo XVII, que pertenece hoy día a la Fundación Focus-Abengoa,  http://www.focus.abengoa.es/web/es/index.html
se encuentran, un museo, una pinacoteca, una biblioteca del barroco, un órgano y salas para conciertos y exposiciones varias. Después de haber visto los cuadros de Velázquez, Murillo y Zurbarán, admiramos los frescos de la antigua iglesia, obra del maestro Valdés Leal.
Lo que realmente nos impactó fue la exposición “Luz Nur”, La luz en el arte y la ciencia del mundo islámico. La exposición ha sido recopilada por la erudita Sabiha Al Khemir y estará en Sevilla hasta el día 9 de febrero; después cruzará el Atlántico para ir a Texas, al Dallas Museum of Arts.
Es una exposición única y por primera vez en la historia se han recopilado objetos, libros, tapices, piezas de madera, de cerámica y de otros materiales donde se refleja el interés islámico por la luz, el tiempo y el espacio; desde los tratados de anatomía y cirugía a los astrolabios; desde los fabricantes de autómatas a los de vidrieras y celosías.
El compendio de artes, artesanías y ciencias islámicas son el reflejo del pasado cultural islámico en el Mediterráneo, desde ambas orillas del Estrecho de Gibraltar hasta las fronteras del río Indo. La exposición en sí merecería una dedicación mucho más extensa de lo que es el propósito de este artículo y recomiendo la visita antes de que sus tesoros vuelvan a sus lugares de origen.
Hemos regresado del viaje a Sevilla impregnados por la luz y el interés humano en comprenderla, por entender el mundo que nos rodea, sea de la cultura, etnia o religión que seamos. Hemos tenido contacto con varias personas singulares que se cruzaron en nuestro camino para iluminarnos y apreciar su Sevilla universal. Ante ello sólo podemos musitar, con el oleaje batiendo las playas de Gran Canaria, muchas gracias: “Civis hispalensis sumus”

Enlace al folleto digital de la exposición ‘Luz, Nur’, La luz en el arte y  la ciencia del mundo islámico. Fundación Focus-Abengoa, Sevilla, España. Del 26 de octubre de 2013 – 9 de febrero de 2014.
*Imagen superior: Fragmento de la segunda página de dicho folleto.

NUR, LA LUZ

NUR, La luz (1ª parte)

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Sevilla es luz, la luz que se cuela por las celosías, la que atraviesa los patios, la que se esconde en las callejuelas del antiguo barrio judío, la que se refleja en los naranjos, la que trepa por las enredaderas, la que se mece en las hojas de las palmeras canarias y la que riela en el Guadalquivir.
He concluido el año y empezado esa ilusión de otro nuevo, midiendo el tiempo con un reloj andaluz, con un astrolabio persa y un dios judío. El tránsito de Venus lo atestiguaron estatuas romanas y lo iluminaron lámparas hebreas.
He vuelto de un viaje iniciático a la ciudad que inspiró a la mía, de la imperial Sevilla al Real de Las Palmas de Gran Canaria, en un viaje de ida y vuelta que me causó el tremor volcánico de los ecos de la Historia.
En algún momento me sentí como un astronauta que volvía a su planeta después de andar orbitando el espacio exterior. Fui a Sevilla con mi amada para enamorarme de mis raíces, para sentirme unido a una tierra que sentí como propia, para sentirme tan mestizo como puro, tan andalusí como canario, tan africano como europeo, tan americano como judío, tan árabe como romano, tan tartesio como español.
Llegamos a Sevilla al atardecer, después de la lluvia, con las marismas llenas de agua y el río de barro alfarero, cantando por los jardines de naranjos repletos. El camino del hotel moderno hasta el centro histórico de la ciudad mientras caía la luz con lentitud fue el comienzo de la sorpresa: la ciudad era un jardín, lleno de naranjas orientales ficus americanos y palmeras canarias.
Entramos por la llamada Puerta de la Carne (donde más tarde supimos se encontraba el cementerio judío bajo el aparcamiento), buscando algún sitio donde comer.
Ahí empezó la conjura: unas campanas sonaban muy próximas, con unos tañidos musicales llamando a oración. Tardamos unos minutos en girarnos en la dirección correcta para ver desde dónde nos daban la bienvenida. Al otro lado de la calle destacaba una iglesia pequeña con un pórtico barroco flanqueado por columnas de mármol rojizo y coronada por un campanario triple.
Al entrar en el templo, nos dimos cuenta de que el piso estaba por debajo del nivel de la calle y todo el techo estaba lleno de yeserías barrocas, de una luminosidad nívea. La atmósfera que emanaba el recinto era de serenidad contenida y parecía retener algún misterio que se nos revelaría días más tarde.
Ese atardecer degustamos un plato de “pescaíto” frito, formado por longorones, salmonetes, calamares y algún pez desconocido para mí, pero que nos recordaron a los lagartos de los fondos arenosos de Canarias. Nos supo a manjar de pescadores del estuario, aguas abajo.
En esa primera exploración del barrio de Santa Cruz, nos perdimos en un dédalo de callejuelas retorcidas, donde nos atrajo un museo flamenco detrás de las ventanas enrejadas.
Al día siguiente nos dirigimos hacia la puerta de Carmona, con un mapa para perdernos y el tiempo para hacerlo. Nos metimos a ciegas en una calleja que más tarde sabríamos que se llamaba Verde, repleta de celosías y patios misteriosos. Una voz detrás de nosotros dejó paso a uno de los duendes de la ciudad, que se personificó en doña Encarnación Guillén León, quien volvía de la compra con su tesoro de verduras frescas y tenía el tiempo justo para guiarnos en el laberinto antes de que su hijo llegara de Flandes con la familia.
Doña Encarnación nos abrió los ojos a un patio lleno de enredaderas en los muros y hojas de acanto en los parterres, reflejando la sabiduría en sus ojos claros. Nos dijo donde secaba los cuadros Bartolomé Murillo, al calor de los patios sevillanos, en el Patio de los Cuadros.
Nos guió por la calle Verde, callándose que los judíos resistieron en esa última vía las matanzas de 1391, pero enseñándonos una obra actual, en cuyo sótano tenían lugar las abluciones  rituales de los judíos antes de entrar en la sinagoga cercana, hoy iglesia de San Bartolomé del Compás.
Nos ilustró doña Encarna con la vida y milagros de Miguel de Mañara, quien aparentemente inspiró el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Visitamos el palacio renacentista de la calle Levíes, sede de la Consejería de Educación de Andalucía, que respira la historia y está habitado por funcionarios autómatas en el periodo navideño, remedando el movimiento de los ingeniosos mecanismos que posteriormente veríamos en la exposición Nur.
Mientras andábamos leguas entre las callejas, descubrimos rincones insospechados: en una dirección la callejuela era oscura y en la opuesta luminosa, alumbrada por el reflejo solar; aquí una columna de mármol cubría una esquina, en la otra un capitel visigodo asomaba entre el encalado.
Otra noche entramos en el Museo de la Judería de Sevilla, donde nos atendió un joven de perfil moruno, nombre judío y apellido canario: Jaime Moreno Tamarán, licenciado en Historia y guía.
Nos convenció para hacer una visita nocturna guiada por el barrio de Santa Cruz, la antigua judería, mientras nos preguntábamos mutuamente por el Tamarán que adornaba su apellido.
Nos dijo que, según el censo del Gobierno Andaluz, sólo existen unas 40 personas en toda España con ese apellido, todas de su familia, originaria de Los Molares, población de la Campiña, muy conocida por haber contado con el mercado de la seda más importante del país.
Quedamos en hacer averiguaciones para saber si, como intuimos, el apellido es originario de Gran Canaria, donde Tamarán es uno de los supuestos nombres prehispánicos de la isla. Lo que es evidente es que tamarán, significa palmera y también  su fruto, el dátil. Quizás algún indígena grancanario fuera llevado como esclavo hasta la Sevilla colonial, dejando su estirpe a la orilla del Al-Wad-al-Kebir, lejos del Guini –al-wada.
Le contamos acerca de Tamaraceite, la antigua Atamaraseid; sus relaciones etimológicas con el enclave de Tamanrasset en el desierto argelino, con las ciudades de Tamra en el norte de Israel o su homónima en Túnez. Nos entretuvimos hablando de las similitudes profundas entre Canarias y Sevilla, yéndonos hasta más allá, a las costas orientales del Mediterráneo en una conversación llena de palmeras y dátiles.
Nos guió Tamarán por los límites de la Judería, entre las masas de turistas, presente bajo los niveles del asfalto, en los sótanos llenos de arcos, tinajas y misterios. Nos habló del fatídico año de 1391, de las matanzas, del fanatismo de Ferrán Martínez; de Susona, la traidora. Nos confirmó los datos sabios de Encarnación León y nos descubrió las columnas tardo-romanas de la puerta lateral de Santa María la Blanca, templo sagrado sucesivamente para romanos, visigodos, judíos y cristianos; un compendio de la ciudad espiritual, que nos dio la bienvenida el primer día.
Al tercer día cruzamos el Guadalquivir en dirección a Triana, buscando el mercado. Entramos en él para sorprendernos de los aceites, los jamones y las excelentes tapas de tortillas de camarones, rabo de toro y aceitunas jugosas. Bajo el mercado encontramos las tétricas ruinas del  Castillo de San Jorge, sede del Tribunal de la Santa Inquisición, después de haber sido el último bastión musulmán antes de la rendición de la ciudad a las tropas castellanas en 1248.
Volvimos a cruzar el Guadalquivir sobre un puente pétreo en dirección al centro, buscando la luz. Esa luz se nos manifestó en otro mercado, que no lo parecía, en un sitio extraño, cubierto por unas raras y gigantescas formas de madera, donde conocimos a un hidalgo sevillano singular.
Sobre el antiguo mercado de la Encarnación, en el barrio Alfalfa, alguien había decidido construir uno nuevo, tirando la edificación existente. El concurso público lo ganó el arquitecto berlinés Jürgen Mayer, con un proyecto futurista denominado Metropol Parasol.  Sobre el centro norte de Sevilla se levantaron seis exóticas construcciones, similares a grandes hongos para dar techo al nuevo mercado, más centro comercial futurista que otra cosa. Los sevillanos las bautizaron rápidamente como Las Setas de la Encarnación mientras la construcción se demoraba durante años, el costo se multiplicaba hasta cifras desmesuradas que no permitieron acabar bien la obra y, hasta hoy, el mercado sigue sin puerta principal ni señal que indique su situación.
Excavando el suelo encontraron el pasado y nosotros nos encontramos a Séneca redivivo cuando buscábamos un poco de jamón entre los puestos llenos de pescados de la desembocadura del río, olivas árabes, quesos de cabras moriscas y carnes de liebre o faisán.

lunes, 9 de diciembre de 2013

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El hechicero de la luz y la mirada, por Antonio Cabrera Cruz

Quien vaya a ver esta exposición debe estar advertido desde ahora. Lo debe estar por varios motivos: el primero, y el más accesorio, es que esta crítica no es objetiva, no puede serlo, por razones que más abajo se explican. Y el segundo, mucho más trascendental, es que va contemplar algo excepcional: quizás se vea a usted mismo reflejado en alguno de los cuadros, retratado por el pincel de un pintor único.
Debe observar la luz que llega  a los cuadros y mirar como se refleja en las pupilas que le siguen desde los cuadros; contemple atentamente los ojos que lo miran, sienta los colores, los matices, los relieves de la pintura, los brochazos brutos, los trazos finos. Perciba la magia que emanan.
Estará viendo algo único. Es la obra de Juan Santiago Cabrera Cruz. Soy testigo de que lleva mirando a la Humanidad desde el momento en que nació, escrutando almas y miradas; midiendo proporciones y gestos; grabando muecas y sonrisas. Después de cuarenta y siete años lo ha sublimado en esta exposición.
El camino ha sido largo y tortuoso. Pero aquí está lo mejor de sí mismo: pintado en esos lienzos que nos rodean. Es la obra de uno de esos pocos artistas que marcan su época. Él mismo lo duda; yo no.
Ha aprendido el Arte a la antigua: solo. Sí, lo ha hecho él solo, sin escuelas, sin facultades, sin otro maestro que la vida y la luz. Es verdad que ha visto museos, conocido a otros pintores y asistido a las clases de la Escuela Luján Pérez. Pero lo esencial lo aprendió él solo. Nunca le hizo caso ni a mí ni a nadie. No le hacía falta. Estaba tocado por la Musa, marcado en los genes.
Desde pequeño pintaba. Aprendió a dibujar antes que a escribir, a pintar antes que a sumar o resolver ecuaciones. Lo hacía con un solo ojo; o mejor dicho, usaba uno de ellos para las cosas normales y el otro se lo dedicaba a la luz y a sus matices.
Sus libretas escolares ya estaban llenas de “muñequitos”, para mi desesperación; después descubrió los cómics y un poco más tarde trazó un “jóker” vestido de verde para una discoteca oscura. A partir de allí siguió bregando para aprender un oficio en la Escuela de Artes y Oficios y después ganarse la vida diseñando carteles y llaveros. Pero tenía una pasión que no lo dejaba respirar sin crear, sin pintar.
Lo vi de lejos, pintando en un sótano y en una azotea, manchado de óleo, oliendo a tabaco y dibujando caras, sombras y luces; creciendo. Me acerqué sin comprenderlo todavía, yo tan miope como él, tan sordos ambos, tan parecidos; dos hermanos: uno ciego, el otro sordo, buscando lo mismo, sin entender lo distinto en nuestra similitud.
Ahora me he alejado más para acercarme a su Arte, para asombrarme de sus luces, de sus caras, de sus cuerpos desgarrados, de su madurez. Sólo desde la perspectiva de los años, de la lejanía para ver los lienzos de grandes dimensiones, llenos de Goya en sus desgarradas imágenes del Dos de Mayo, en los indignados enfrentados a la policía antidisturbios, cargando unos contra otros en escenas cinematográficas, con los azules y grises de su estilo. Sólo ahora empiezo a ver, a entenderlo apenas.
Su inconfundible estilo, clásico casi siempre, a veces grafitero, a veces comiquero, siempre genial, llena esta sala que fue cine para deleite del espectador, al que no dejará indiferente, ni viendo a los políticos actuales desfigurados, ni a los policías desgarrados por la dureza de su trabajo -porra en ristre-, ni a los manifestantes corriendo y luchando, defendiendo sus creencias. A nadie dejará frío.
A todos ellos los disecciona Juan Santiago con su bisturí, trastocado en pincel de precisión, sin prejuzgarlos. Ninguno de ellos es condenado, todos están retratados para la Historia, como lo fueron los mercenarios mamelucos o la familia de Fernando VII, inmortalizándolos en su miseria. Quedan, eso sí, desnudados, libres de los oropeles y maquillajes de televisión, expuestos a la vista de todos, paralizados por la magia de este hechicero de la pintura.
A veces aparecen trazos de los cuadros de Oskar Kokotcha, que horrorizaba a sus retratados o de los de Lucien Freud, que hacía honores a su abuelo, psicoanalizando a su madre o de los de Francis Bacon, despreciados por Margareth Thatcher.
De todos ellos se nutre Juan Santiago, los vampiriza, les arrebata una luz, una sombra o una actitud. Pero no es como ninguno de ellos. Es él mismo. Sus cuadros serían inconfundibles en cualquier rueda de identificación. Eso lo dice todo. Un “Juan Santiago Cabrera Cruz” es único.
Por si la serie de cuadros principales fuera poco, también nos presenta una magistral serie de caras, pensadas para ser usadas como palos de la baraja: aquí tenemos personalizados los pecados capitales o las artes, unos masculinos otros femeninos, algunos jóvenes otros viejos. La humanidad desfila en estos retratos. Todos nos podremos sentir reflejados, incluso a nuestro pesar. ¡Búsquense!
Esta última serie se me antoja antológica, como un catálogo de las capturas de personajes y momentos, como si un fotógrafo le hubiera dejado su  dossier para usarlos como modelos de la obra del Teatro del Mundo. Aquí hay 53 arquetipos humanos y un par de “jókers” –comodines-, para que nos podamos reconocer en ellos.
En suma: contemplen, horrorícense, admiren y disfruten; están ante el trabajo de un pintor excepcional, aunque soy consciente de mi falta de objetividad porque soy su hermano. Lo que yo lo atestiguo por escrito, ustedes pueden verlo pintado y juzgar por ustedes mismos.

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Canarias Cultura

martes, 12 de noviembre de 2013

ORNITOLOGÍA URBANA (Esta entrada apareció primero en http://canariascultura.com/2013/11/04/ornitologia-urbana/)

Gaviotas en la grúa_wide_color
Estos tres días de fiesta, huyendo de Jack O’lantern, comiendo alguna que otra castaña y descansando, se tiene tiempo para observar el mundo alrededor. En estas estaba cuando la vi desde la calle: era la tórtola de ayer, que se había posado en el pretil de la ventana del vecino.
La mirada al reloj me convenció. Eran las nueve menos cuarto y acudía puntual a su cita para desayunar. Primero visitaba el balcón de al lado, donde picoteaba las sobras del pienso del perro: un lulú de Pomerania, tan pequeño como callado. Subí a tiempo el ascensor para verla saltar a nuestro balcón, donde estaba buscando las migajas de nuestro desayuno –en vano, porque nosotros nos habíamos retrasado, haciendo honor al día festivo.
Cuando abrí la puerta se asustó y siguió su recorrido subiendo a la terraza del piso superior derecha, donde se entretuvo durante unos diez minutos fuera de mi vista, supongo que dando cuenta de los restos del desayuno de los inquilinos, más madrugadores que nosotros.
Esto ha confirmado mi sospecha de que el ave, pariente de las palomas, tiene una rutina alimenticia regular. La había visto otros días mientras nos íbamos a trabajar, aterrizando en el suelo y picoteando las migas de pan y los fragmentos de muesli que caían al suelo, casi insignificantes para nosotros.
Es un ejemplar de tórtola turca, Streptopelia decaocto, con su pelaje gris y un collar de plumas negras en torno al cuello. Estos animales proceden de Asia Menor y se extendieron por Europa después de la segunda mitad del siglo XX, habiendo sido vistas por primera vez en Viena hacia 1940 y en España en 1960.
En Canarias yo no recuerdo haberlas visto hasta los años ochenta, sobre todo en los jardines del Sur de Gran Canaria. Ahora están presentes en todas las zonas urbanas de la isla, anidando entre el ramaje de los árboles y compitiendo con las palomas por las sobras que dejamos en todas partes. Son animales muy sociales y adaptables, mostrando una inteligencia singular para aprender y prosperar. He visto, incluso, algún ejemplar hibridado con paloma común.
El ser humano está cambiando muchos biotopos naturales, destruyendo hábitats completos de forma acelerada; pero también hay animales que se están adaptando a ello y prosperando en los nuevos medios que creamos. Las tórtolas son una buena prueba de ello.
Otro ejemplo de adaptación de una especie al medio humano es el de las gaviotas. La gaviota común, Larus argentatus, está prosperando de forma extraordinaria en nuestras islas; y además lo está haciendo asociada a nosotros.
En Gran Canaria la podemos encontrar hoy día prácticamente desde la costa hasta la Cumbre. Su capacidad para alimentarse de cualquier resto orgánico la hace visitante regular de todos los lugares de la Isla, siendo residente, cuando no inquilina, de los vertederos. Su número ha aumentado de tal manera que se la ve, tanto volando como posada en cualquier poste elevado, que le permita emprender el vuelo fácilmente.
Las farolas de las autovías que rodean Las Palmas de Gran Canaria son unas magníficas perchas para pasar las noches: allí se las puede ver al anochecer, buscando cada una la suya. Los responsables del alumbrado están empezando a darse cuenta que la presencia de estas aves palmípedas son un problema y han comenzado a instalar barreras de alambre anti-pájaros en algunas de ellas.
Gaviotas en la grúa_Foto Antonio Cabrera Cruz
Foto: Antonio Cabrera Cruz
Pero son tan adaptables las gaviotas que buscan rápidamente alternativas para pernoctar: la última que he visto es una grúa situada en una obra de la calle Grau Bassas, en la zona de la playa de Las Canteras de la capital grancanaria.
La máquina se alza sobre los edificios circundantes, con una magnífica estructura metálica de color amarillo. La grúa debe ser de las de última generación y es, aparentemente, nueva. Allí han encontrado varias decenas de láridas su posadero.
El mar está a pocas decenas de metros, a vuelo de gaviota; un salto les basta para extender sus alas de más de un metro de envergadura y emprender el vuelo sin esfuerzo. Me imagino que los propietarios del edificio no se han dado cuenta de que los primeros inquilinos del edificio en construcción no son humanos.
Proliferan las gaviotas a nuestra costa. Aparentemente, viven mejor de nuestras sobras que antes con una dieta exclusivamente dependiente del océano. No sé si el exceso de pesca en nuestro litoral tiene algo que ver con ello. Habría que hacer un estudio serio, tomando datos y comprobando cuántas gaviotas siguen yendo a la mar y cuántas viven de desechos. Lo cierto es que nunca ha habido tantos ejemplares.
No son los únicos animales que se han ido adaptando a un mundo cada vez más humanizado. Entre otros, podemos mencionar apresuradamente: los pájaros palmeros (gorriones), los mirlos y los cernícalos. Mejor nos olvidamos de ratas, ratones y cucarachas.
Los días de viento, todavía se puede observar el magnífico vuelo de las gaviotas, sobre el mar ,dejándose llevar por el empuje del aire, planeando y oteando el horizonte con su pico anaranjado, lanzando su agudo grito, reclamando el aire para sí. Abajo, en la superficie del agua, están posados los ejemplares juveniles, todavía con su librea parda de inmadurez, mirando a las elegantes aves marinas adultas que las sobrevuelan, antes de enseñarles el camino. ¿Cuál será el destino de estos elegantes voladores de chillar risueño?

jueves, 17 de octubre de 2013

 

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Tláloc, el dios de la lluvia llora sobre México

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En este septiembre otoñal me siento mexica,
me siento náhuatl, esperando la lluvia,
al néctar de la tierra
lleno de pulque y arcilla;
esperando que penetre en el suelo,
que Tlaloc llueva sobre mis islas
el agua de la vida.
que cruce el océano y derrame aquí
sus lágrimas,
llenas de perlas,
preñadas de color,
que sus tlaloques se ciernan sobre las cumbres,
que toquen los tambores,
que piten,
que truenen,
que silben,
que dancen,
que exhiban sus penachos,
llenos de relámpagos,
pintados de fiesta,
que atronen por los barrancos,
que resuenen los ecos
de las aguas en descenso,
con ruido de callaos
rodantes hacia el mar.
y que vuelvan a empezar el ciclo.
Debe ser el calor. Este septiembre se va despidiendo con un calor retrasado. La mar de fondo del oeste llega a la orilla de la playa de Las Canteras con la fuerza de haber cruzado el océano, impulsada por una borrasca atlántica que nació a tres mil millas de aquí, en el Golfo de México.
Ha devuelto en dos días de furia la arena que se había llevado la marea durante el verano. La sacó del fondo y la ha depositado al pie de mi escalera de acceso a la playa. La mar ha cubierto lo que la mar descubrió. Debajo yacen las dunas fósiles de las que se nutre la arena; hasta que el próximo temporal reviva el ciclo y me enseñe los fósiles que atesora.
Como decía, debe ser el calor; y se me ha ido la memoria a un libro que leí en la ferocidad devoradora de la adolescencia: ‘Tlaloc, el dios de la lluvia llora sobre México’, escrito por el húngaro Laszlo Passuth.
Fue Passuth un enamorado hispanófilo y, por ende, americanófilo. Escribió su crónica novelada de la conquista de México desde el punto de vista de los vencedores, pero con la poesía de aquellos pueblos amerindios, con el misterio de sus culturas, la grandeza de sus construcciones y los dilemas que acompañan a los tiempos convulsos. Me encantó la novela, escrita en 1939; y que debió caer en mis manos hacia finales de los años setenta del pasado siglo.
Es curioso la escasez de autores y libros españoles dedicados a la novela histórica en fechas anteriores a los principios de este siglo XXI. Es verdad que ahora florecen estos autores, más guiados por intenciones poco literarias y más orientadas a servir de base a series televisivas o cinematográficas; pero en esos años juveniles había que irse a los anglosajones.
Quizás por casualidad llegué a Passuth, cuyo libro que me pareció más exótico y barroco que los elaborados con la habitual pulcritud de los británicos en esos territorios literarios. Me he negado sistemáticamente a leer la “hollywoodiense” Azteca de Gary Jennings de 1980, ni ninguna de sus secuelas.
Como decía al principio, debe ser el calor lo que me ha hecho rememorar un libro que leí hace más de treinta años y sacar un poema mientras escuchaba la canción “Dios de la Lluvia” de ‘El Último de la Fila’.
El dios de la cabeza de ocelote, Tlaloc, quinientos años más tarde sigue lloviendo sobre México, e impulsando los frentes de tormenta que giran levógiros a través del Océano en dirección a Canarias, a mi playa.

 

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Al principio era el verbo


Foto de un escrito antiguo a manoAndo estos días entre los comienzos del curso, enseñando a leer a un grupo de “hambrientos” niños de seis años y trazando las primeras letras de una nueva novela, combinando el noble arte de la escritura con el no menos noble de la enseñanza. Las palabras silban en la mente mientras las escribo, al mismo tiempo que dibujo en el aire de la clase la ele y la eme, recitando sílabas y palabras elementales para mis alumnos y para mí mismo.
“Mientras enhebraba las palabras en el sedal que corría en la estela del velero, iba dejando atrás el faro de La Isleta, dejando caer las letras al fondo, una tras otra, intentando pescar un bonito para la cena, tentando la liña y oliendo el salitre.
Cipriano Delgado pensaba en lo que había dejado mucho más allá del horizonte, detrás de sí, hacia el lejano occidente, de donde había huido antes de que la ballena de la Universidad de Berkeley acabara por engullirlo del todo.
Bryan le había prometido la cátedra de Semiótica en el último intento de retenerlo cerca de la bahía californiana, asegurándole que Moby Dick resoplaría frente a Alcatraz antes del final del semestre y vería al mismísimo Achab sucumbir altivo con ella…”
Dibujar un nuevo personaje incluye su bautizo: “Al principio era el verbo”. Acabo de elegir el de Cipriano Delgado para uno de los personajes principales de este embrión de novela que estoy gestando. Tiene el nombre de Cipriano ese componente de las dinastías familiares del que tanto gustaban las generaciones anteriores.
Un antecesor destacado tenía un nombre característico -muchas veces obtenido por las casualidades onomásticas del santoral- que heredaban los primogénitos hasta que las modas modernas los han hecho sustituir por otras alternativas, la mayoría de ellas nombres de actores, cantantes u otros personajes de efímera fama.
Así que yo, que no tengo hijos propios, he decidido que este último hijo literario se llame Cipriano Delgado, por razones que callaré, ya que no es conveniente que todo se sepa indiscriminadamente.
Yo me llamo Antonio por mi abuelo paterno y Ramón porque nací el día del santoral en que nací. Pocos saben eso. No uso mi segundo nombre, quizás por comodidad o quizás porque alguna vez leí que Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, fue un sanguinario general carlista, tan audaz en las batallas como implacable con los prisioneros. Y no quería compartir nombre y primer apellido con tal despiadado personaje. He sabido muchos años más tardes que Ramón Cabrera era tan sanguinario con los prisioneros, a quienes fusilaban sin remordimientos, porque las tropas isabelinas habían fusilado a su madre previamente.
Eso de estar marcado por el nombre que uno lleva formaba parte de los mitos de muchos pueblos. Desde tiempos inmemoriales se ha bautizado a los niños con apelativos procedentes de sus padres, de los santos o héroes del lugar, buscando que su destino fuera propicio desde el nacimiento, con un buen nombre.
Hoy día esas costumbres han ido dando lugar a otras más curiosas: durante los años ochenta y noventa del pasado siglo XX en Canarias se puso de moda bautizar a los niños con nombres de procedencia prehispánica, que se disputaban el honor de ser los nombres más usados con otros tomados de actores, actrices y otros famosos.
Cuando se bautizaban a los niños con los nombres de los abuelos o padres, se esperaban que los niños continuaran con la reputación de sus antecesores: eran comunes los Francisco, Pedro, Juan, Santiago, María, Carmen y un largo etcétera de nombres de tradición cristiana,  incluyendo algunos otros menos comunes como Nicanor, Paulino o Eufemiano, convertidos en dinastías patronímicas.
La costumbre de usar nombres de famosos procedentes de la canción, la cinematografía o el deporte, muchas veces cristianizada con un complemento del santoral, se ha ido imponiendo cada vez más, sustituyendo a las costumbres previas. Recuerdo una Alaska del Carmen o un Kevin Costner del Pino, destacando entre la pléyade de nombres procedentes de personajes de culebrones venezolanos, tertulianas de programas vespertinos y futbolistas sudamericanos.
No sé si todos los padres que bautizan así a su progenie son conscientes de lo que proyectan sobre ellos, marcándolos con el pesado estigma de compartir apelativo con determinado actor o actriz. Probablemente no mucho más que aquellos que anteriormente querían que su hija se pareciera a la abuela, ignorando que los antiguos judíos y griegos -por ejemplo- pensaban que el nombre llevaba el destino insertado en sí mismo.
En fin, yo acabo de bautizar al protagonista de mi nueva novela como Cipriano Delgado, a él le deseo larga vida literaria, pues lleva la vida novelesca marcada en los genes del nombre.