lunes, 9 de diciembre de 2013

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La Carga_Juan Cabrera_wide_color

El hechicero de la luz y la mirada, por Antonio Cabrera Cruz

Quien vaya a ver esta exposición debe estar advertido desde ahora. Lo debe estar por varios motivos: el primero, y el más accesorio, es que esta crítica no es objetiva, no puede serlo, por razones que más abajo se explican. Y el segundo, mucho más trascendental, es que va contemplar algo excepcional: quizás se vea a usted mismo reflejado en alguno de los cuadros, retratado por el pincel de un pintor único.
Debe observar la luz que llega  a los cuadros y mirar como se refleja en las pupilas que le siguen desde los cuadros; contemple atentamente los ojos que lo miran, sienta los colores, los matices, los relieves de la pintura, los brochazos brutos, los trazos finos. Perciba la magia que emanan.
Estará viendo algo único. Es la obra de Juan Santiago Cabrera Cruz. Soy testigo de que lleva mirando a la Humanidad desde el momento en que nació, escrutando almas y miradas; midiendo proporciones y gestos; grabando muecas y sonrisas. Después de cuarenta y siete años lo ha sublimado en esta exposición.
El camino ha sido largo y tortuoso. Pero aquí está lo mejor de sí mismo: pintado en esos lienzos que nos rodean. Es la obra de uno de esos pocos artistas que marcan su época. Él mismo lo duda; yo no.
Ha aprendido el Arte a la antigua: solo. Sí, lo ha hecho él solo, sin escuelas, sin facultades, sin otro maestro que la vida y la luz. Es verdad que ha visto museos, conocido a otros pintores y asistido a las clases de la Escuela Luján Pérez. Pero lo esencial lo aprendió él solo. Nunca le hizo caso ni a mí ni a nadie. No le hacía falta. Estaba tocado por la Musa, marcado en los genes.
Desde pequeño pintaba. Aprendió a dibujar antes que a escribir, a pintar antes que a sumar o resolver ecuaciones. Lo hacía con un solo ojo; o mejor dicho, usaba uno de ellos para las cosas normales y el otro se lo dedicaba a la luz y a sus matices.
Sus libretas escolares ya estaban llenas de “muñequitos”, para mi desesperación; después descubrió los cómics y un poco más tarde trazó un “jóker” vestido de verde para una discoteca oscura. A partir de allí siguió bregando para aprender un oficio en la Escuela de Artes y Oficios y después ganarse la vida diseñando carteles y llaveros. Pero tenía una pasión que no lo dejaba respirar sin crear, sin pintar.
Lo vi de lejos, pintando en un sótano y en una azotea, manchado de óleo, oliendo a tabaco y dibujando caras, sombras y luces; creciendo. Me acerqué sin comprenderlo todavía, yo tan miope como él, tan sordos ambos, tan parecidos; dos hermanos: uno ciego, el otro sordo, buscando lo mismo, sin entender lo distinto en nuestra similitud.
Ahora me he alejado más para acercarme a su Arte, para asombrarme de sus luces, de sus caras, de sus cuerpos desgarrados, de su madurez. Sólo desde la perspectiva de los años, de la lejanía para ver los lienzos de grandes dimensiones, llenos de Goya en sus desgarradas imágenes del Dos de Mayo, en los indignados enfrentados a la policía antidisturbios, cargando unos contra otros en escenas cinematográficas, con los azules y grises de su estilo. Sólo ahora empiezo a ver, a entenderlo apenas.
Su inconfundible estilo, clásico casi siempre, a veces grafitero, a veces comiquero, siempre genial, llena esta sala que fue cine para deleite del espectador, al que no dejará indiferente, ni viendo a los políticos actuales desfigurados, ni a los policías desgarrados por la dureza de su trabajo -porra en ristre-, ni a los manifestantes corriendo y luchando, defendiendo sus creencias. A nadie dejará frío.
A todos ellos los disecciona Juan Santiago con su bisturí, trastocado en pincel de precisión, sin prejuzgarlos. Ninguno de ellos es condenado, todos están retratados para la Historia, como lo fueron los mercenarios mamelucos o la familia de Fernando VII, inmortalizándolos en su miseria. Quedan, eso sí, desnudados, libres de los oropeles y maquillajes de televisión, expuestos a la vista de todos, paralizados por la magia de este hechicero de la pintura.
A veces aparecen trazos de los cuadros de Oskar Kokotcha, que horrorizaba a sus retratados o de los de Lucien Freud, que hacía honores a su abuelo, psicoanalizando a su madre o de los de Francis Bacon, despreciados por Margareth Thatcher.
De todos ellos se nutre Juan Santiago, los vampiriza, les arrebata una luz, una sombra o una actitud. Pero no es como ninguno de ellos. Es él mismo. Sus cuadros serían inconfundibles en cualquier rueda de identificación. Eso lo dice todo. Un “Juan Santiago Cabrera Cruz” es único.
Por si la serie de cuadros principales fuera poco, también nos presenta una magistral serie de caras, pensadas para ser usadas como palos de la baraja: aquí tenemos personalizados los pecados capitales o las artes, unos masculinos otros femeninos, algunos jóvenes otros viejos. La humanidad desfila en estos retratos. Todos nos podremos sentir reflejados, incluso a nuestro pesar. ¡Búsquense!
Esta última serie se me antoja antológica, como un catálogo de las capturas de personajes y momentos, como si un fotógrafo le hubiera dejado su  dossier para usarlos como modelos de la obra del Teatro del Mundo. Aquí hay 53 arquetipos humanos y un par de “jókers” –comodines-, para que nos podamos reconocer en ellos.
En suma: contemplen, horrorícense, admiren y disfruten; están ante el trabajo de un pintor excepcional, aunque soy consciente de mi falta de objetividad porque soy su hermano. Lo que yo lo atestiguo por escrito, ustedes pueden verlo pintado y juzgar por ustedes mismos.

Composición Juan Cabrera_wide_color

Canarias Cultura

martes, 12 de noviembre de 2013

ORNITOLOGÍA URBANA (Esta entrada apareció primero en http://canariascultura.com/2013/11/04/ornitologia-urbana/)

Gaviotas en la grúa_wide_color
Estos tres días de fiesta, huyendo de Jack O’lantern, comiendo alguna que otra castaña y descansando, se tiene tiempo para observar el mundo alrededor. En estas estaba cuando la vi desde la calle: era la tórtola de ayer, que se había posado en el pretil de la ventana del vecino.
La mirada al reloj me convenció. Eran las nueve menos cuarto y acudía puntual a su cita para desayunar. Primero visitaba el balcón de al lado, donde picoteaba las sobras del pienso del perro: un lulú de Pomerania, tan pequeño como callado. Subí a tiempo el ascensor para verla saltar a nuestro balcón, donde estaba buscando las migajas de nuestro desayuno –en vano, porque nosotros nos habíamos retrasado, haciendo honor al día festivo.
Cuando abrí la puerta se asustó y siguió su recorrido subiendo a la terraza del piso superior derecha, donde se entretuvo durante unos diez minutos fuera de mi vista, supongo que dando cuenta de los restos del desayuno de los inquilinos, más madrugadores que nosotros.
Esto ha confirmado mi sospecha de que el ave, pariente de las palomas, tiene una rutina alimenticia regular. La había visto otros días mientras nos íbamos a trabajar, aterrizando en el suelo y picoteando las migas de pan y los fragmentos de muesli que caían al suelo, casi insignificantes para nosotros.
Es un ejemplar de tórtola turca, Streptopelia decaocto, con su pelaje gris y un collar de plumas negras en torno al cuello. Estos animales proceden de Asia Menor y se extendieron por Europa después de la segunda mitad del siglo XX, habiendo sido vistas por primera vez en Viena hacia 1940 y en España en 1960.
En Canarias yo no recuerdo haberlas visto hasta los años ochenta, sobre todo en los jardines del Sur de Gran Canaria. Ahora están presentes en todas las zonas urbanas de la isla, anidando entre el ramaje de los árboles y compitiendo con las palomas por las sobras que dejamos en todas partes. Son animales muy sociales y adaptables, mostrando una inteligencia singular para aprender y prosperar. He visto, incluso, algún ejemplar hibridado con paloma común.
El ser humano está cambiando muchos biotopos naturales, destruyendo hábitats completos de forma acelerada; pero también hay animales que se están adaptando a ello y prosperando en los nuevos medios que creamos. Las tórtolas son una buena prueba de ello.
Otro ejemplo de adaptación de una especie al medio humano es el de las gaviotas. La gaviota común, Larus argentatus, está prosperando de forma extraordinaria en nuestras islas; y además lo está haciendo asociada a nosotros.
En Gran Canaria la podemos encontrar hoy día prácticamente desde la costa hasta la Cumbre. Su capacidad para alimentarse de cualquier resto orgánico la hace visitante regular de todos los lugares de la Isla, siendo residente, cuando no inquilina, de los vertederos. Su número ha aumentado de tal manera que se la ve, tanto volando como posada en cualquier poste elevado, que le permita emprender el vuelo fácilmente.
Las farolas de las autovías que rodean Las Palmas de Gran Canaria son unas magníficas perchas para pasar las noches: allí se las puede ver al anochecer, buscando cada una la suya. Los responsables del alumbrado están empezando a darse cuenta que la presencia de estas aves palmípedas son un problema y han comenzado a instalar barreras de alambre anti-pájaros en algunas de ellas.
Gaviotas en la grúa_Foto Antonio Cabrera Cruz
Foto: Antonio Cabrera Cruz
Pero son tan adaptables las gaviotas que buscan rápidamente alternativas para pernoctar: la última que he visto es una grúa situada en una obra de la calle Grau Bassas, en la zona de la playa de Las Canteras de la capital grancanaria.
La máquina se alza sobre los edificios circundantes, con una magnífica estructura metálica de color amarillo. La grúa debe ser de las de última generación y es, aparentemente, nueva. Allí han encontrado varias decenas de láridas su posadero.
El mar está a pocas decenas de metros, a vuelo de gaviota; un salto les basta para extender sus alas de más de un metro de envergadura y emprender el vuelo sin esfuerzo. Me imagino que los propietarios del edificio no se han dado cuenta de que los primeros inquilinos del edificio en construcción no son humanos.
Proliferan las gaviotas a nuestra costa. Aparentemente, viven mejor de nuestras sobras que antes con una dieta exclusivamente dependiente del océano. No sé si el exceso de pesca en nuestro litoral tiene algo que ver con ello. Habría que hacer un estudio serio, tomando datos y comprobando cuántas gaviotas siguen yendo a la mar y cuántas viven de desechos. Lo cierto es que nunca ha habido tantos ejemplares.
No son los únicos animales que se han ido adaptando a un mundo cada vez más humanizado. Entre otros, podemos mencionar apresuradamente: los pájaros palmeros (gorriones), los mirlos y los cernícalos. Mejor nos olvidamos de ratas, ratones y cucarachas.
Los días de viento, todavía se puede observar el magnífico vuelo de las gaviotas, sobre el mar ,dejándose llevar por el empuje del aire, planeando y oteando el horizonte con su pico anaranjado, lanzando su agudo grito, reclamando el aire para sí. Abajo, en la superficie del agua, están posados los ejemplares juveniles, todavía con su librea parda de inmadurez, mirando a las elegantes aves marinas adultas que las sobrevuelan, antes de enseñarles el camino. ¿Cuál será el destino de estos elegantes voladores de chillar risueño?

jueves, 17 de octubre de 2013

 

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Tláloc, el dios de la lluvia llora sobre México

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En este septiembre otoñal me siento mexica,
me siento náhuatl, esperando la lluvia,
al néctar de la tierra
lleno de pulque y arcilla;
esperando que penetre en el suelo,
que Tlaloc llueva sobre mis islas
el agua de la vida.
que cruce el océano y derrame aquí
sus lágrimas,
llenas de perlas,
preñadas de color,
que sus tlaloques se ciernan sobre las cumbres,
que toquen los tambores,
que piten,
que truenen,
que silben,
que dancen,
que exhiban sus penachos,
llenos de relámpagos,
pintados de fiesta,
que atronen por los barrancos,
que resuenen los ecos
de las aguas en descenso,
con ruido de callaos
rodantes hacia el mar.
y que vuelvan a empezar el ciclo.
Debe ser el calor. Este septiembre se va despidiendo con un calor retrasado. La mar de fondo del oeste llega a la orilla de la playa de Las Canteras con la fuerza de haber cruzado el océano, impulsada por una borrasca atlántica que nació a tres mil millas de aquí, en el Golfo de México.
Ha devuelto en dos días de furia la arena que se había llevado la marea durante el verano. La sacó del fondo y la ha depositado al pie de mi escalera de acceso a la playa. La mar ha cubierto lo que la mar descubrió. Debajo yacen las dunas fósiles de las que se nutre la arena; hasta que el próximo temporal reviva el ciclo y me enseñe los fósiles que atesora.
Como decía, debe ser el calor; y se me ha ido la memoria a un libro que leí en la ferocidad devoradora de la adolescencia: ‘Tlaloc, el dios de la lluvia llora sobre México’, escrito por el húngaro Laszlo Passuth.
Fue Passuth un enamorado hispanófilo y, por ende, americanófilo. Escribió su crónica novelada de la conquista de México desde el punto de vista de los vencedores, pero con la poesía de aquellos pueblos amerindios, con el misterio de sus culturas, la grandeza de sus construcciones y los dilemas que acompañan a los tiempos convulsos. Me encantó la novela, escrita en 1939; y que debió caer en mis manos hacia finales de los años setenta del pasado siglo.
Es curioso la escasez de autores y libros españoles dedicados a la novela histórica en fechas anteriores a los principios de este siglo XXI. Es verdad que ahora florecen estos autores, más guiados por intenciones poco literarias y más orientadas a servir de base a series televisivas o cinematográficas; pero en esos años juveniles había que irse a los anglosajones.
Quizás por casualidad llegué a Passuth, cuyo libro que me pareció más exótico y barroco que los elaborados con la habitual pulcritud de los británicos en esos territorios literarios. Me he negado sistemáticamente a leer la “hollywoodiense” Azteca de Gary Jennings de 1980, ni ninguna de sus secuelas.
Como decía al principio, debe ser el calor lo que me ha hecho rememorar un libro que leí hace más de treinta años y sacar un poema mientras escuchaba la canción “Dios de la Lluvia” de ‘El Último de la Fila’.
El dios de la cabeza de ocelote, Tlaloc, quinientos años más tarde sigue lloviendo sobre México, e impulsando los frentes de tormenta que giran levógiros a través del Océano en dirección a Canarias, a mi playa.

 

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Al principio era el verbo


Foto de un escrito antiguo a manoAndo estos días entre los comienzos del curso, enseñando a leer a un grupo de “hambrientos” niños de seis años y trazando las primeras letras de una nueva novela, combinando el noble arte de la escritura con el no menos noble de la enseñanza. Las palabras silban en la mente mientras las escribo, al mismo tiempo que dibujo en el aire de la clase la ele y la eme, recitando sílabas y palabras elementales para mis alumnos y para mí mismo.
“Mientras enhebraba las palabras en el sedal que corría en la estela del velero, iba dejando atrás el faro de La Isleta, dejando caer las letras al fondo, una tras otra, intentando pescar un bonito para la cena, tentando la liña y oliendo el salitre.
Cipriano Delgado pensaba en lo que había dejado mucho más allá del horizonte, detrás de sí, hacia el lejano occidente, de donde había huido antes de que la ballena de la Universidad de Berkeley acabara por engullirlo del todo.
Bryan le había prometido la cátedra de Semiótica en el último intento de retenerlo cerca de la bahía californiana, asegurándole que Moby Dick resoplaría frente a Alcatraz antes del final del semestre y vería al mismísimo Achab sucumbir altivo con ella…”
Dibujar un nuevo personaje incluye su bautizo: “Al principio era el verbo”. Acabo de elegir el de Cipriano Delgado para uno de los personajes principales de este embrión de novela que estoy gestando. Tiene el nombre de Cipriano ese componente de las dinastías familiares del que tanto gustaban las generaciones anteriores.
Un antecesor destacado tenía un nombre característico -muchas veces obtenido por las casualidades onomásticas del santoral- que heredaban los primogénitos hasta que las modas modernas los han hecho sustituir por otras alternativas, la mayoría de ellas nombres de actores, cantantes u otros personajes de efímera fama.
Así que yo, que no tengo hijos propios, he decidido que este último hijo literario se llame Cipriano Delgado, por razones que callaré, ya que no es conveniente que todo se sepa indiscriminadamente.
Yo me llamo Antonio por mi abuelo paterno y Ramón porque nací el día del santoral en que nací. Pocos saben eso. No uso mi segundo nombre, quizás por comodidad o quizás porque alguna vez leí que Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, fue un sanguinario general carlista, tan audaz en las batallas como implacable con los prisioneros. Y no quería compartir nombre y primer apellido con tal despiadado personaje. He sabido muchos años más tardes que Ramón Cabrera era tan sanguinario con los prisioneros, a quienes fusilaban sin remordimientos, porque las tropas isabelinas habían fusilado a su madre previamente.
Eso de estar marcado por el nombre que uno lleva formaba parte de los mitos de muchos pueblos. Desde tiempos inmemoriales se ha bautizado a los niños con apelativos procedentes de sus padres, de los santos o héroes del lugar, buscando que su destino fuera propicio desde el nacimiento, con un buen nombre.
Hoy día esas costumbres han ido dando lugar a otras más curiosas: durante los años ochenta y noventa del pasado siglo XX en Canarias se puso de moda bautizar a los niños con nombres de procedencia prehispánica, que se disputaban el honor de ser los nombres más usados con otros tomados de actores, actrices y otros famosos.
Cuando se bautizaban a los niños con los nombres de los abuelos o padres, se esperaban que los niños continuaran con la reputación de sus antecesores: eran comunes los Francisco, Pedro, Juan, Santiago, María, Carmen y un largo etcétera de nombres de tradición cristiana,  incluyendo algunos otros menos comunes como Nicanor, Paulino o Eufemiano, convertidos en dinastías patronímicas.
La costumbre de usar nombres de famosos procedentes de la canción, la cinematografía o el deporte, muchas veces cristianizada con un complemento del santoral, se ha ido imponiendo cada vez más, sustituyendo a las costumbres previas. Recuerdo una Alaska del Carmen o un Kevin Costner del Pino, destacando entre la pléyade de nombres procedentes de personajes de culebrones venezolanos, tertulianas de programas vespertinos y futbolistas sudamericanos.
No sé si todos los padres que bautizan así a su progenie son conscientes de lo que proyectan sobre ellos, marcándolos con el pesado estigma de compartir apelativo con determinado actor o actriz. Probablemente no mucho más que aquellos que anteriormente querían que su hija se pareciera a la abuela, ignorando que los antiguos judíos y griegos -por ejemplo- pensaban que el nombre llevaba el destino insertado en sí mismo.
En fin, yo acabo de bautizar al protagonista de mi nueva novela como Cipriano Delgado, a él le deseo larga vida literaria, pues lleva la vida novelesca marcada en los genes del nombre.

lunes, 16 de septiembre de 2013

LA FÓRMULA DEL ÉXITO


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No creo que haya habido época más prolífica que la de este comienzo de milenio en lo que se refiere a las distintas disciplinas del Arte. Las redes sociales y la gran difusión que permite Internet han posibilitado que cualquier creador exponga su obra, con la esperanza de ser descubiertos por el gran público.
Músicos, artistas gráficos, fotográficos, escultores, músicos, poetas, escritores, grafiteros, exhibicionistas todos, luchan (luchamos) a brazo partido para que se (nos) conozcan.
Hay una gran proliferación de blogs, salas de exposición virtuales, ediciones digitales, “youtubes” que, unidos a las grandes redes sociales como facebook, twitter, linkedin, pinterest y otras muchas que no cito porque el listado sería interminable, andan detrás del gran objetivo.
Todos buscan lo mismo: el éxito, la trascendencia, la fama, ser conocidos en todo el mundo. Cosa que no es fácil de encontrar, precisamente por la misma razón que les permite ‘colgar’: la enorme competencia. No es fácil encontrar el éxito singular en medios de masas, llenos de competidores que buscan lo mismo.
Como quiera que el asunto me interesa de forma particular: ¡yo también quiero trascender! Me he propuesto analizarlo de forma científica. Así que me he vuelto a repasar mi biblioteca de manuales matemáticos: Cálculo Infinitesimal, Análisis Estadístico y Lógica Matemática (Todavía recuerdo a Fernando Hernández Guarsch, en la Escuela de Magisterio diciendo: “Hay verdades, mentiras y estadísticas”, dicho que muchos años más tarde le devolví en una Mesa Sectorial, en oportunidad al caso)
Así que después de sesudas averiguaciones estoy en condiciones de ofrecer la fórmula para el éxito. Confieso que esta no es la primera vez que me ocupo de asuntos parecidos y remito a un artículo aparecido en mi blog en 2008.
Para aquellos que no quieran curiosear en mi prehistoria les resumo el asunto: Joel Stein, articulista de éxito de la revista TIME dice que la influencia (otra aproximación al éxito) se puede medir con una sencilla ecuación. Es verdad que es un poco más compleja que la famosa de Einstein, que se contenta con menos términos (E=m c2).
No nos vamos a liar con Einstein que juega en una división superior, sino con el más simple Stein (para los que no sepan mucho de alemán, Stein significa Piedra y Einstein, Unapiedra)
Pues el tal Stein, que no Einstein, dice que su ecuación debería ser formulada así:
Influencia =  ( G + Y +4W) x N
                                        F
Esta ecuación cifraría la influencia de una persona calculando sus entradas en Google, añadiendo sus vídeos en YouTube, más los enlaces de Wikipedia, multiplicados por 4. Estos elementos deben estar ponderados por dos constantes: N, que representa el índice de novedad, multiplicativo en sí mismo y la F, que representa el índice de frivolidad del personaje, claramente divisor.
Independientemente de que la elección de los parámetros sea más o menos afortunada, el señor Stein ha introducido con humor y cierto sentido la reflexión de poner orden al caos de no saber quién es influyente y por qué o, a lo mejor, uno terminaría de entender algunas apariciones fugaces como las de algún “famoso” de escándalos o las famas efímeras de programas tomateros y actrices conflictivas; por no hablar de políticos en el candelero o de cualquiera que se llame “influyente”.
Yo, que no soy menos pesado ni osado que Stein, me atrevo a formular la Ecuación del Éxito, basándome en las sesudas deducciones de los ambos, Stein y Einstein. Y aquí está la fórmula del éxito:
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donde E, es el éxito, considerado como la trascendencia temporal del mismo, no el efímero. I es el índice de influencia de Stein mencionado más arriba, A, el azar que juega con todos nosotros y Q es la constante de calidad absoluta de la obra.
Así que ya saben todos aquellos que busquen el éxito, decidan por qué factor apuestan. Yo tengo claro que la calidad eleva a todos los demás factores de forma exponencial.

Foto por avlxyz. Ver original.

lunes, 19 de agosto de 2013

VIAJE MÁGICO A LA ISLA DE LA PALMA

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He vuelto de un viaje donde se me quedó el espíritu entre los tiles, los laureles y el palo santo. Me traigo a cambio el vino del volcán, los amaneceres con sus brumas, el verde en la retina, la poesía y el amor en los ojos de mi amada.
Hemos pasado una semana en la isla bonita, en San Miguel de la Palma, en el corazón de la laurisilva, subiendo cerca de las estrellas, tocando la lava, respirando el aire seco del pinar en Taburiente y descubriendo seres mágicos en las profundidades del bosque.
Recuerdo todavía como canta, distante, el agua que entre la fajana de los barrancos fluye, siento como el fayal se mezcla con los brezos en una sinfonía de verdes que mueve el viento, de glaucos y esmeraldas engalanados, subiendo ladera arriba para unirse a los pinos y al palo santo, enmascarados por la neblina de la mañana mientras caminamos rumbo a los nacientes de Marcos y Cordero.
Todavía sentimos los músculos quebrados por una bajada a través de los grandes bloques de basalto del barranco del agua, rumbo a los Tiles, todavía oímos el graznar de la grajas y el canto del chiriví entre los árboles, el sonido del agua entre los helechos gigantescos y el aroma de la madera húmeda, después de volver sin habernos, del todo, ido de allí.
Poblando los laureles de la memoria sigue habiendo figuras míticas que nos observan: un oso erguido entre el sotobosque, un dragón con ojo rojo y una corte de hadas invisibles aleteando en la bruma, animándonos en nuestro descenso penoso.
Después repusimos fuerzas en la casa de Asterio, en Puntallana, reconfortados con el mejor queso palmero ahumado frito, acompañado de mermelada de tomate, carnes a la brasa y vino de la tierra, siempre el vino, elixir de la tierra benahorita.
Los vinos palmeros nos reanimaron después de ascender a la Cumbre o bajar a las Salinas de Fuencaliente, cruzando el volcán, fundiéndonos con la negra tierra. Probamos el malvasía shakespeariano, el albillo garafiano o el listán blanco. Nos recibieron como a los nobles en la bodega Carballo de Fuencaliente, que regula la temperatura con un tubo volcánico bajo el suelo y también Eufrosina nos abrió su bodega El Níspero en la medianía de Garafía, entre pinares y grajas, para ofrecernos sus galardonados vinos y regalarnos con su tiempo.
cuervo_la_palmaOtro día un cuervo ilustrado, de negro azulado, nos danzó a la vista de Taburiente, desde un mirador en la Cumbre. Nos miró y nos dio la bienvenida a su territorio en las alturas, mirándonos a los ojos para saber si éramos dignos de atravesar aquel espacio sagrado, poblado de espíritus.
Los nombres de algunos palmeros son sugerentes, originales, siderales, casi cabalístiscos: Asterio, Arsenio, Neólida, Eufrosina, Atanasio, Medardo, Melquíades. Quien así es bautizado está marcado para lo asombroso, lo sagrado, lo maravilloso. Son reflejo de la magia del territorio que habitan, una joya engastada en verde, una maravilla insular.
No quisimos ver los nuevos proyectos de carreteras ni la nueva terminal del aeropuerto, ni los grandes hoteles, ni otras amenazas que están presentes por doquier en otros sitios del Archipiélago.
Nos volvimos con los ojos prendados del verde, de las estrellas, de los dragones, del vuelo de las aves, del acento y la magia de La Palma.

miércoles, 7 de agosto de 2013

DE LIBROS, UTOPÍAS Y FUNICULARES

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(Sepa el lector que lo que va a leer ha perdido temporalidad, pero no vigencia)
Todavía colea mi artículo sobre el proyecto de teleférico al Roque Nublo y parece que algún político sigue empecinado en su ignorancia, sosteniendo que el proyecto seguirá adelante, se oponga quien se oponga, degradándolo de categoría y denominándolo como “funicular” e, incluso admitiendo, que si, al final del proceso, se viera que los cables molestan, pues se quitarían y ya está, o si no lo reconvertirán en telesilla… (al tiempo)
Me asusta la simpleza e ignorancia de los argumentos. Hace muchos más años de los que mi memoria quisiera recordar, vi desde el mar, montado en la proa de un pesquero artesanal de Arguineguín, como volaron los acantilados del oeste de Mogán para rellenar lo que hoy es el puerto que algunos vendieron como pesquero y hoy se llama la pequeña Venecia en folletos turísticos.
Aquella explosión me quebró en mil pedazos que no creo haber rehecho. E, incluso hoy, me sigo estremeciendo cada vez que entro en la cuenca de Mogán, con la sensación de haber sido testigo de un hecho crucial para la historia reciente de Canarias.
Aquella polvareda permaneció en el aire durante un tiempo que me pareció interminable. Cuando se disipó vi como los acantilados mostraban una cicatriz de doscientos metros de largo, descarnado el basalto, con muchas toneladas de material caídas sobre el veril.
Aunque a veces he querido olvidarlo, corría el mes de agosto del año 1982 y tenía veinte kilos menos, mucho más pelo, más atrevimiento y más ilusión, sobre todo, la ilusión de que el mundo podría ser modificado; cambiado desde la escuela y la educación. Por eso me había hecho maestro. La voladura de los acantilados de Mogán quebró algo más que muchas toneladas de basalto de la serie uno. Para mí aquello significó la pérdida de la inocencia.
Para explicar esto debo llevar al lector a un viaje al pasado y hablarle de algunas personas y acontecimientos relacionados con lo que narro:
Empezaré citando a Víctor Grau Bassas i Mas, que nació en Barcelona en 1847, pero vino a Gran Canaria a la edad de cuatro años ya que su padre decidió instalar una farmacia en la calle de La Pelota de la capital insular. Estudió en el colegio de San Agustín –donde también lo hicieron otros próceres insulares, como Fernando León y Castillo, Benito Pérez Galdós, el Doctor Chil y Naranjo. Posteriormente volvería a Barcelona para estudiar Medicina.
Grau Bassas regresó a la isla en 1860, donde pronto se vería atraído por la Villa de Teror, donde fijó su residencia y consulta, representándola en la Diputación. Asimismo, debido a su empeño, se levantó una cruz en el lugar donde estuvo el pino en el que en el siglo XV se apareció la imagen de la Virgen. También se le debe a Grau Bassas la instalación en Gran Canaria de la Cruz Roja, en 1874.
Pero fue en el Museo Canario donde desarrolló la labor más importante de su vida. Fue el primer conservador de la Institución, en colaboración estrecha con el doctor Chil y Naranjo, fundador del Museo. Organizó expediciones arqueológicas a yacimientos indígenas, encontrando numerosos restos prehispánicos que enriquecieron las vitrinas del Museo y escribió varios libros sobre ellas. Destacan:
-Usos y costumbres de la población campesina de Gran Canaria (1885-1888), Editado por El Museo Canario en 1980, y reeditado de forma digital recientemente.
-Viajes de exploración a diversos sitios y localidades de la Gran Canaria El Museo Canario 1980 (facsímil de la obra de 1886)
En 1884 naufragó en la Baja de Gando el buque francés Ville de Para.  A continuación ocurrió un confuso episodio en el que se vio envuelto el médico y explorador. Aparentemente, los pescadores de Gando arriesgaron sus vidas para salvar a los náufragos y como recompensa les fueron regalados los fardos que flotaban sobre el agua. Varios de ellos fueron vendidos a Grau Bassas. Enterado del hecho el responsable de Marina, acusó al médico de apropiación indebida. De nada sirvieron las explicaciones del ilustre personaje.
La acusación siguió adelante sin que nadie tuviera interés en descubrir la verdad, lo que obligó a Grau Bassas a recluirse en Teror. Cansado y desilusionado al ver que su honradez quedaba en entredicho, decidió emigrar a Buenos Aires dejando en Gran Canaria a los suyos.
En América lo esperaba un modesto empleo en el Museo de la Plata. Tras revalidar su título de médico, su familia se reunió con él. Falleció en Argentina en 1917.
Nuestra atención se concentra en la segunda obra mencionada, “Viajes de exploración a diversos sitios y localidades de la Gran Canaria”  Esta obra fue editada en facsímil por  El Museo Canario en 1980 y reproduce la obra manuscrita original de 1886. Es ésta  una obra repleta de dibujos, esquemas y explicaciones ilustradas acerca de los materiales y las características de las construcciones en los asentamientos de los antiguos canarios de Gran Canaria. El manuscrito puede verse en Internet en el siguiente enlace:
http://fundacionorotava.es/pynakes/lise/graub_viaje_es_01_1886/27/
He reproducido dos páginas de la expedición a Mogán de este libro, donde he intentado interpretar en letra impresa la caligrafía del explorador, donde se citan los parajes a los que me he referido desde el principio. Son las páginas consignadas como 5 y 5v.
“(…) La figura (   ) representa la punta de Mogán en la cual señalada con puntos aparecen las cuevas señaladas en esta expedición y la cueva donde en 1879 se encontraron tantos (¿?) objetos (a). Esta punta tiene la misma formación geológica que las lomas del Barranco de Mogán (véase el croquis de la localidad recorrida) fig.  ) traquita y luego …ach (¿?) alternado con fonolitas laminosas y de fácil destrucción.
Es este un risco imponente de más de trescientos metros, cortado a pico sobre el mar muy profundo a su pie; en este risco han ya encontrado la muerte unos desgraciados enriscadores, un hijo de José Díaz, un hermano de Francisco Rodríguez, y el padre de éste- en este risco me avasalló el miedo y hube de renunciar a pasar por el andén.
Pasé muy malos ratos con Francisco Rodríguez, pues si bien es un valiente, le conocí en la cara, cada vez que se colgaba, que recordaba a su hermano y a su padre, cuya tumba tenía a sus pies.
Sólo el deseo de no quedar desairado me obligó a continuar la exploración en condiciones tan excepcionales. Por mi parte, la Punta de Mogán queda explorada.
Hay un paso que llaman Paso del Rey; dicho paso tiene de ancho como una cuarta, se halla a menos de 200 varas sobre el mar, de allí abajo es el mar tan llano como un plato y perfectamente vertical. De allí arriba tendrá cien varas y, contando de la misma manera; no se puede pasar de frente, hay que pasar de espaldas contra el muro.
El paso es corto, tendrá dos o tres varas (de largo), dicen que (¿?) al que le falte la serenidad que no pase.
Me aseguraron que pasan por este sitio hasta de noche. No sé porque le llaman el Paso del Rey, muy bien pudiera ser entre los canarios un paso de prueba, lo que sí puedo afirmar es que el que lo pase sin miedo merece una corona.
Yo lo he visto desde el mar a trescientas varas de distancia y confieso que da miedo. En la cueva (d) al principio del andén encontré una resinita roja que considero un ejemplar de grande estimación.
Como hago la consideración de que el fin de las exploraciones no debe limitarse a buscar objetos procedentes de los antiguos canarios, ni aquellos tienen valor alguno si se les considera aislados, he procurado estudiar la zona recorrida geológica y orográficamente, añadiendo nombres que no se ven en el mapa y rectificando alguna equivocación que se notase. (…)”
A continuación le ofrezco al lector el texto que me sirvió para presentar el libro “El anillo del pulpo” editado por Anroart  y presentado en el Gabinete Literario el 31 de marzo de 1995. Como quiera que nada ha cambiado, y si lo ha hecho no ha sido para mejor, sigue estando vigente, ahora en los tiempos del teleférico-funicular-telesilla al Roque Nublo.

DE GLOSARIOS Y CORSARIOS, DE LIBROS Y DE UTOPÍAS
“El anillo del pulpo” es un libro de aventuras que alguna vez quise presentar a un concurso de literatura juvenil. Esto no quiere decir que esté exclusivamente destinado a ese público Los libros más leídos de la literatura universal han sido catalogados como “juveniles” por la costumbre del siglo XX de reducirlos y ofrecerlos en ediciones abreviadas para las lecturas escolares. Cualquiera de los asistentes a este acto recordará con agrado aquellos libros leídos en la infancia y la juventud: Julio Verne, Alejandro Dumas, Hermann Melville, William Dafoe y otros, han hecho inmortales a muchos caracteres y arquetipos que todos reconocemos. Pero ninguno de sus autores hubiese  estigmatizados sus creaciones como “literatura juvenil”.
Este libro que hoy les presento, además, tiene una historia aventurera y azarosa como los caracteres que la pueblan. Fue escrito y publicado hace más de una década; pero nunca llegó a  distribuirse en su ámbito natural: en Canarias. Se convirtió en un libro fantasma: escrito y editado, perdido y vuelto a encontrar; pero nunca distribuido al público.
Después de una década, mi amigo Jorge Liria ha conseguido convencerme para volverla a la vida, rehabilitando al pirata Van Venlo, y ofrecerla a los lectores de Canarias. Llega de nuevo a la luz en un tiempo donde lo que la novela describe se ha hecho realidad, superada, corregida y aumentada, a lo ancho y largo de nuestra geografía. La destrucción de la costa se ha extremado en estos pasados años, la especulación gobierna en Canarias, los valores tradicionales desaparecen con las influencias externas y el materialismo erosiona paisajes y personas.
El origen de este libro se remonta a muchos más años de los que mi memoria quisiera recordar, cuando vi desde el mar, montado en la proa de un pesquero artesanal de Arguineguín, como volaron los acantilados de Mogán para rellenar lo que hoy es el puerto que algunos vendieron como pesquero. La explosión me quebró en mil pedazos que no creo haber rehecho. E, incluso hoy, me sigo estremeciendo cada vez que entro en la cuenca de Mogán. La nube explosiva del aquel medio día terrible permaneció en el aire durante un tiempo que me pareció interminable. Cuando se disipó vi como los acantilados mostraban una cicatriz de doscientos metros de largo, descarnando el basalto, con muchas toneladas de material sobre el veril.
Aunque a veces he querido olvidarlo, corría el mes de agosto del año 1982 y tenía veinte quilos menos, mucho más pelo, más atrevimiento más ilusión, sobre todo, la esperanza de que el mundo podría ser mejorado; cambiado desde la escuela, la educación y la cultura. Por eso me hice maestro. La voladura de los acantilados de Mogán, créanme, quebró algo más que muchas toneladas de la serie basal. Esa voladura se llevó por delante mi inocencia.
En junio, dos meses antes de la voladura de los negros riscos de basalto, había estado con otros dos entusiastas amigos, Javier Gil y Francisco Peinado, buscando la “Cueva del Rey”, con el manual de don Víctor Grau-Bassas i Mas, “Viajes de Exploración a Diversos Sitios y Localidades de la Gran Canaria”, bajo el brazo, buscando el estrecho paso que nos llevaría a la Cueva. Éramos tres jóvenes que apenas alcanzábamos la veintena, pero estábamos en forma y curtidos por múltiples pateadas buscando yacimientos arqueológicos, playas fósiles o insectos extraños a lo largo y ancho de la Gran Canaria.
Jesús Cantero Sarmiento –sabedor del destino de los acantilados- nos había hablado del texto de Grau Bassas y nos animamos a buscar el Paso del Rey, después de leer el libro.
Cuenta el explorador catalán como un pastor de Mogán le había llevado en siglo XIX hasta la cueva colgada sobre el acantilado, diciéndole que el rey de la isla debía mostrar su valor llegando hasta la cueva por una estrecha vereda, de un pie de ancho, caminando unos trescientos metros pegado al risco y a más de 50 metros sobre el mar para recoger un gánigo de barro. Esa era la prueba que debían superar los reyes de la Gran Canaria para mostrar su valor.
Una mañana de Junio de 1982, tres jovenzuelos inconscientes: Javier Gil, Francisco Peinado y yo buscamos el “Paso de Rey” bajo un torreón aborigen situado encima de las casas del Puerto de Mogán. La línea de voladura se encontraba algunos cientos de metros más hacia el oeste. Los operarios llevaban algunas semanas perforando barrenos al borde de los acantilados y algunos de sus vehículos estaban como vigías cerca del mismo. Había muchas veredas de cabra que zigzagueaban por la ladera. Después de un rato dimos con un camino estrecho que se perdía en la pared del acantilado en dirección al oeste. Nos pareció el más adecuado conforme a la descripción del libro.
Había cagarrutas de cabra y parecía ser transitable. Caminamos uno tras otro con inconsciencia y cierto cuidado mientras nos adentrábamos en la vereda. Al principio el camino permitía un paso cómodo por una senda de medio metro de ancho. Según se adentraba en el acantilado sobre el mar se estrechaba por momentos.
Estábamos en el tercio superior de los acantilados de basalto y ya habíamos avanzado unos cien metros desde el inicio de la vereda. Veíamos el mar a nuestros pies, rompiendo con suavidad contra base de los paredones de basalto, formando un veril cubierto de aguas verdosas. El sendero mostraba algunas cuevas de pardelas excavadas en el risco y con cada metro que avanzábamos se estrechaba cada vez más. No había viento y el sol caía directamente sobre nosotros. La vista estaba limitada por la típica formación columnar del basalto, no pudiendo columbrar mucho más allá de un par de metros. Empezamos a preocuparnos porque no llevábamos material de escalada que nos permitiera asegurarnos en caso de perder pie. Cuando estábamos empezando a dudar de nuestra cordura y de la oportunidad de haber emprendido el “Paso del Rey” sin medidas de seguridad, nos encontramos que el camino desaparecía tras un recodo.
Un poco más allá no había nada sino una fuga directa hasta el mar que lamía el pie del acantilado. Un derrumbe –quizás procedente de los barreneros- había hecho caer el “Paso del Rey”. No pudimos salvar el espacio y retrocedimos lentamente con la frustración, no sólo por no haber podido alcanzar la cueva donde el rey de la Gran Canaria debía probar su valor, sino a sabiendas de que todo aquello que pisábamos iba a desaparecer para siempre unas semanas más tarde.
Sin haber podido encontrar argumentos para evitar la destrucción de los acantilados, la voladura fue inevitable. En cinco minutos cayeron toneladas de roca, arrastrando la Cueva y el Paso del Rey de la Gran Canaria. La nube que rodeó los acantilados nunca se ha disipado del todo de mi vista. Procuro evitar el Puerto de Mogán en mis recorridos por la isla. A veces he dirigido una mirada furtiva desde lo alto de la Cañada de los Gatos en dirección al torreón aborigen que sobrevive entre antenas de televisión y telefonía móvil mirando un puerto que algunos llaman la Venecia Canaria. Yo lo llamaría de otra manera, pero me lo callo.
“El anillo del pulpo” recoge muchas vistas de la costa moganera antes de la caída de los acantilados, ciertos caracteres de personas que alguna vez conocí, algunas visiones submarinas de Fuerteventura , donde me fui algo más tarde y el mar por doquiera; el mar en el recuerdo del exilio. La luz transparente de Canarias en la memoria del invierno de Europa.
Todo ello se encuentra en el manuscrito, fundido con la preocupación creciente por el futuro del territorio, la perplejidad por la política a porcentaje, la irritación por la destrucción de valores en personas y paisajes. El anillo del pulpo es un libro naïve, lo reconozco. Tiene la inocencia de la juventud perdida. Tiene un final feliz; pero es un final donde los seres humanos ya no intervienen. Sólo la naturaleza: una tormenta, un maremoto y la erupción de un volcán, la explosión del volcán que yo llamé Van Venlo en honor a la ciudad limburguesa que fue mi hogar durante seis años, es quien pone fin a la desesperada lucha de quienes defienden el medio frente a los especuladores. Sólo la naturaleza le pone coto a los especuladores en mi libro.
He vivido lo suficiente para darme cuenta del ritmo de degradación del territorio. Cada año que pasa estas islas atlánticas donde vivimos se ven mordidas en su originalidad paisajística. La costa está sepultada y perdida en gran medida, el mar muestra  crecientes señales de esterilidad, el asfalto y el cemento zigzaguean por doquier en dirección al último rincón de cada isla. Los recursos hídricos fósiles – a pesar de la bondad del pasado invierno- están esquilmados. Y además seguimos vertiendo al mar el agua que usamos. En suma, el suicidio ecológico programado.
El debate de la nacionalidad canaria, celebrado esta semana, no menciona prácticamente la situación del medio ambiente en Canarias. La mayoría de los políticos eluden referencias o pronunciamientos a temas claves sobre extracciones petrolíferas en nuestras aguas próximas o maniobras militares que matan a los cetáceos. Las moratorias turísticas aceleran la construcción como cruel paradoja de las leyes al servicio de los negocios y no al servicio de los ciudadanos. Las energías alternativas sólo sirven para que las concesiones se las lleven los amigos que crean empresas ad hoc. La lista es inacabable.
Nadie quiere ver que nos estamos devorando a nosotros mismos. Estamos hipotecando nuestro territorio, dando mordidas a nuestros barrancos – (tenemos los mejores skylines del hemisferio. Cada ladera de nuestros barrancos forman líneas del cielo, horizontes únicos, maravillosos en las tonalidades de la primavera canaria, cubiertos de tabaibas y cardones) -,  estamos sepultando la costa. Ya no quedan los barrancos que yo anduve en mis soledades juveniles: Mogán no existe más allá de Lomo Quiebre. El Medio Almud no sirve para medir granos. Taurito está lleno de agujeros de golf y urbanizaciones, Amadores está pintado de blanco granuloso. Mejor no sigo.
Todavía queda Veneguera amenazada por los amigos de algún político que ha pasado por casi todos los partidos y todas las piedras, buscando indemnizaciones multimillonarias…
En fin, no quiero cansarles, me está saliendo un discurso pesimista que no quería; solo presento un libro de literatura juvenil, casi pasado de moda, muy naïve, de final feliz. Esperemos que nuestras islas no pasen de moda también. Que nos demos cuenta y reaccionemos a tiempo. Vivimos en un territorio finito que no soporta nada más que un número finito de personas con sus infraestructuras correspondientes. La época de los negocios desarrollistas y especulativos tiene que concluir ya y ser substituidos por políticas de modelos conservacionistas y de desarrollo sostenible.
Este es el debate crucial: el de nuestra supervivencia armónica con el medio. No podemos esperar que unas erupciones volcánicas nos solventen los dilemas. Debemos, todos, tomar conciencia de la gravedad del problema y crear las condiciones sociales y políticas necesarias para que los próximos debates sobre la nacionalidad canaria incluyan la protección integral de nuestras islas.
Cuando decidimos volver a editar el libro que hoy les presento, alguien opinó que el libro tenía muchos términos “raros” y me aconsejó que hiciera un glosario para aclarar a los lectores de esta supuesta novela juvenil lo que significaban palabras como nasa, apnea o farallón. Estuve un par de días dándole vueltas al asunto e, incluso, me puse a escribirlos.
Después de un par de páginas de glosarios y de corsarios me di cuenta que este libro es algo más que una novela para adolescentes; este es un libro para aquellos que todavía no han olvidado la juventud, aquellos que creen y luchan por ideales que otros dieron por perdidos. Este libro va dedicado a aquellos que creen en un mundo mejor y en las utopías. Aquellos que se arriesgan cada día a buscar los “pasos del rey” ocultos en la brega diaria. Y esos no necesitan de glosarios, esos saben leer entre líneas, averiguar lo que dicen las palabras y lo que callan los silencios. A ellos dedico este libro.”

Amen.
Ha pasado el tiempo y hemos seguido “progresando”. Las infraestructuras insulares han mejorado mucho. Hemos construido autopistas, túneles, viaductos, puertos deportivos, centros comerciales y urbanizaciones de “alto standing” que facilitan las comunicaciones y el desarrollo turístico, haciendo irreconocible muchos de nuestros paisajes tradicionales.
Se ha apostado todo -o casi- a estas cartas. Las consecuencias están a la vista. Parece que los políticos no entienden de otras alternativas ni modelos de vida. Algunos pocos se han enriquecido en el proceso y la mayoría se ha conformado con los placebos de la sociedad de consumo.
La última vuelta de tuerca parece ser el teleférico-funicular-telesilla al Roque Nublo. Quieren destruir la última frontera: la línea del cielo.
Espero que al final impere la cordura entre los políticos y los ciudadanos, pudiendo evitar la catástrofe paisajística. Si no, sólo quedaría invocar a Guayota (o al pirata Van Venlo) para que se vuelvan a abrir las profundidades de la tierra para cubrir todos nuestros desmanes con lava ardiente  (y ojalá nos dé tiempo a evacuarnos).