jueves, 17 de octubre de 2013

 

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Tláloc, el dios de la lluvia llora sobre México

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En este septiembre otoñal me siento mexica,
me siento náhuatl, esperando la lluvia,
al néctar de la tierra
lleno de pulque y arcilla;
esperando que penetre en el suelo,
que Tlaloc llueva sobre mis islas
el agua de la vida.
que cruce el océano y derrame aquí
sus lágrimas,
llenas de perlas,
preñadas de color,
que sus tlaloques se ciernan sobre las cumbres,
que toquen los tambores,
que piten,
que truenen,
que silben,
que dancen,
que exhiban sus penachos,
llenos de relámpagos,
pintados de fiesta,
que atronen por los barrancos,
que resuenen los ecos
de las aguas en descenso,
con ruido de callaos
rodantes hacia el mar.
y que vuelvan a empezar el ciclo.
Debe ser el calor. Este septiembre se va despidiendo con un calor retrasado. La mar de fondo del oeste llega a la orilla de la playa de Las Canteras con la fuerza de haber cruzado el océano, impulsada por una borrasca atlántica que nació a tres mil millas de aquí, en el Golfo de México.
Ha devuelto en dos días de furia la arena que se había llevado la marea durante el verano. La sacó del fondo y la ha depositado al pie de mi escalera de acceso a la playa. La mar ha cubierto lo que la mar descubrió. Debajo yacen las dunas fósiles de las que se nutre la arena; hasta que el próximo temporal reviva el ciclo y me enseñe los fósiles que atesora.
Como decía, debe ser el calor; y se me ha ido la memoria a un libro que leí en la ferocidad devoradora de la adolescencia: ‘Tlaloc, el dios de la lluvia llora sobre México’, escrito por el húngaro Laszlo Passuth.
Fue Passuth un enamorado hispanófilo y, por ende, americanófilo. Escribió su crónica novelada de la conquista de México desde el punto de vista de los vencedores, pero con la poesía de aquellos pueblos amerindios, con el misterio de sus culturas, la grandeza de sus construcciones y los dilemas que acompañan a los tiempos convulsos. Me encantó la novela, escrita en 1939; y que debió caer en mis manos hacia finales de los años setenta del pasado siglo.
Es curioso la escasez de autores y libros españoles dedicados a la novela histórica en fechas anteriores a los principios de este siglo XXI. Es verdad que ahora florecen estos autores, más guiados por intenciones poco literarias y más orientadas a servir de base a series televisivas o cinematográficas; pero en esos años juveniles había que irse a los anglosajones.
Quizás por casualidad llegué a Passuth, cuyo libro que me pareció más exótico y barroco que los elaborados con la habitual pulcritud de los británicos en esos territorios literarios. Me he negado sistemáticamente a leer la “hollywoodiense” Azteca de Gary Jennings de 1980, ni ninguna de sus secuelas.
Como decía al principio, debe ser el calor lo que me ha hecho rememorar un libro que leí hace más de treinta años y sacar un poema mientras escuchaba la canción “Dios de la Lluvia” de ‘El Último de la Fila’.
El dios de la cabeza de ocelote, Tlaloc, quinientos años más tarde sigue lloviendo sobre México, e impulsando los frentes de tormenta que giran levógiros a través del Océano en dirección a Canarias, a mi playa.

 

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Al principio era el verbo


Foto de un escrito antiguo a manoAndo estos días entre los comienzos del curso, enseñando a leer a un grupo de “hambrientos” niños de seis años y trazando las primeras letras de una nueva novela, combinando el noble arte de la escritura con el no menos noble de la enseñanza. Las palabras silban en la mente mientras las escribo, al mismo tiempo que dibujo en el aire de la clase la ele y la eme, recitando sílabas y palabras elementales para mis alumnos y para mí mismo.
“Mientras enhebraba las palabras en el sedal que corría en la estela del velero, iba dejando atrás el faro de La Isleta, dejando caer las letras al fondo, una tras otra, intentando pescar un bonito para la cena, tentando la liña y oliendo el salitre.
Cipriano Delgado pensaba en lo que había dejado mucho más allá del horizonte, detrás de sí, hacia el lejano occidente, de donde había huido antes de que la ballena de la Universidad de Berkeley acabara por engullirlo del todo.
Bryan le había prometido la cátedra de Semiótica en el último intento de retenerlo cerca de la bahía californiana, asegurándole que Moby Dick resoplaría frente a Alcatraz antes del final del semestre y vería al mismísimo Achab sucumbir altivo con ella…”
Dibujar un nuevo personaje incluye su bautizo: “Al principio era el verbo”. Acabo de elegir el de Cipriano Delgado para uno de los personajes principales de este embrión de novela que estoy gestando. Tiene el nombre de Cipriano ese componente de las dinastías familiares del que tanto gustaban las generaciones anteriores.
Un antecesor destacado tenía un nombre característico -muchas veces obtenido por las casualidades onomásticas del santoral- que heredaban los primogénitos hasta que las modas modernas los han hecho sustituir por otras alternativas, la mayoría de ellas nombres de actores, cantantes u otros personajes de efímera fama.
Así que yo, que no tengo hijos propios, he decidido que este último hijo literario se llame Cipriano Delgado, por razones que callaré, ya que no es conveniente que todo se sepa indiscriminadamente.
Yo me llamo Antonio por mi abuelo paterno y Ramón porque nací el día del santoral en que nací. Pocos saben eso. No uso mi segundo nombre, quizás por comodidad o quizás porque alguna vez leí que Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, fue un sanguinario general carlista, tan audaz en las batallas como implacable con los prisioneros. Y no quería compartir nombre y primer apellido con tal despiadado personaje. He sabido muchos años más tardes que Ramón Cabrera era tan sanguinario con los prisioneros, a quienes fusilaban sin remordimientos, porque las tropas isabelinas habían fusilado a su madre previamente.
Eso de estar marcado por el nombre que uno lleva formaba parte de los mitos de muchos pueblos. Desde tiempos inmemoriales se ha bautizado a los niños con apelativos procedentes de sus padres, de los santos o héroes del lugar, buscando que su destino fuera propicio desde el nacimiento, con un buen nombre.
Hoy día esas costumbres han ido dando lugar a otras más curiosas: durante los años ochenta y noventa del pasado siglo XX en Canarias se puso de moda bautizar a los niños con nombres de procedencia prehispánica, que se disputaban el honor de ser los nombres más usados con otros tomados de actores, actrices y otros famosos.
Cuando se bautizaban a los niños con los nombres de los abuelos o padres, se esperaban que los niños continuaran con la reputación de sus antecesores: eran comunes los Francisco, Pedro, Juan, Santiago, María, Carmen y un largo etcétera de nombres de tradición cristiana,  incluyendo algunos otros menos comunes como Nicanor, Paulino o Eufemiano, convertidos en dinastías patronímicas.
La costumbre de usar nombres de famosos procedentes de la canción, la cinematografía o el deporte, muchas veces cristianizada con un complemento del santoral, se ha ido imponiendo cada vez más, sustituyendo a las costumbres previas. Recuerdo una Alaska del Carmen o un Kevin Costner del Pino, destacando entre la pléyade de nombres procedentes de personajes de culebrones venezolanos, tertulianas de programas vespertinos y futbolistas sudamericanos.
No sé si todos los padres que bautizan así a su progenie son conscientes de lo que proyectan sobre ellos, marcándolos con el pesado estigma de compartir apelativo con determinado actor o actriz. Probablemente no mucho más que aquellos que anteriormente querían que su hija se pareciera a la abuela, ignorando que los antiguos judíos y griegos -por ejemplo- pensaban que el nombre llevaba el destino insertado en sí mismo.
En fin, yo acabo de bautizar al protagonista de mi nueva novela como Cipriano Delgado, a él le deseo larga vida literaria, pues lleva la vida novelesca marcada en los genes del nombre.

lunes, 16 de septiembre de 2013

LA FÓRMULA DEL ÉXITO


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No creo que haya habido época más prolífica que la de este comienzo de milenio en lo que se refiere a las distintas disciplinas del Arte. Las redes sociales y la gran difusión que permite Internet han posibilitado que cualquier creador exponga su obra, con la esperanza de ser descubiertos por el gran público.
Músicos, artistas gráficos, fotográficos, escultores, músicos, poetas, escritores, grafiteros, exhibicionistas todos, luchan (luchamos) a brazo partido para que se (nos) conozcan.
Hay una gran proliferación de blogs, salas de exposición virtuales, ediciones digitales, “youtubes” que, unidos a las grandes redes sociales como facebook, twitter, linkedin, pinterest y otras muchas que no cito porque el listado sería interminable, andan detrás del gran objetivo.
Todos buscan lo mismo: el éxito, la trascendencia, la fama, ser conocidos en todo el mundo. Cosa que no es fácil de encontrar, precisamente por la misma razón que les permite ‘colgar’: la enorme competencia. No es fácil encontrar el éxito singular en medios de masas, llenos de competidores que buscan lo mismo.
Como quiera que el asunto me interesa de forma particular: ¡yo también quiero trascender! Me he propuesto analizarlo de forma científica. Así que me he vuelto a repasar mi biblioteca de manuales matemáticos: Cálculo Infinitesimal, Análisis Estadístico y Lógica Matemática (Todavía recuerdo a Fernando Hernández Guarsch, en la Escuela de Magisterio diciendo: “Hay verdades, mentiras y estadísticas”, dicho que muchos años más tarde le devolví en una Mesa Sectorial, en oportunidad al caso)
Así que después de sesudas averiguaciones estoy en condiciones de ofrecer la fórmula para el éxito. Confieso que esta no es la primera vez que me ocupo de asuntos parecidos y remito a un artículo aparecido en mi blog en 2008.
Para aquellos que no quieran curiosear en mi prehistoria les resumo el asunto: Joel Stein, articulista de éxito de la revista TIME dice que la influencia (otra aproximación al éxito) se puede medir con una sencilla ecuación. Es verdad que es un poco más compleja que la famosa de Einstein, que se contenta con menos términos (E=m c2).
No nos vamos a liar con Einstein que juega en una división superior, sino con el más simple Stein (para los que no sepan mucho de alemán, Stein significa Piedra y Einstein, Unapiedra)
Pues el tal Stein, que no Einstein, dice que su ecuación debería ser formulada así:
Influencia =  ( G + Y +4W) x N
                                        F
Esta ecuación cifraría la influencia de una persona calculando sus entradas en Google, añadiendo sus vídeos en YouTube, más los enlaces de Wikipedia, multiplicados por 4. Estos elementos deben estar ponderados por dos constantes: N, que representa el índice de novedad, multiplicativo en sí mismo y la F, que representa el índice de frivolidad del personaje, claramente divisor.
Independientemente de que la elección de los parámetros sea más o menos afortunada, el señor Stein ha introducido con humor y cierto sentido la reflexión de poner orden al caos de no saber quién es influyente y por qué o, a lo mejor, uno terminaría de entender algunas apariciones fugaces como las de algún “famoso” de escándalos o las famas efímeras de programas tomateros y actrices conflictivas; por no hablar de políticos en el candelero o de cualquiera que se llame “influyente”.
Yo, que no soy menos pesado ni osado que Stein, me atrevo a formular la Ecuación del Éxito, basándome en las sesudas deducciones de los ambos, Stein y Einstein. Y aquí está la fórmula del éxito:
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donde E, es el éxito, considerado como la trascendencia temporal del mismo, no el efímero. I es el índice de influencia de Stein mencionado más arriba, A, el azar que juega con todos nosotros y Q es la constante de calidad absoluta de la obra.
Así que ya saben todos aquellos que busquen el éxito, decidan por qué factor apuestan. Yo tengo claro que la calidad eleva a todos los demás factores de forma exponencial.

Foto por avlxyz. Ver original.

lunes, 19 de agosto de 2013

VIAJE MÁGICO A LA ISLA DE LA PALMA

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He vuelto de un viaje donde se me quedó el espíritu entre los tiles, los laureles y el palo santo. Me traigo a cambio el vino del volcán, los amaneceres con sus brumas, el verde en la retina, la poesía y el amor en los ojos de mi amada.
Hemos pasado una semana en la isla bonita, en San Miguel de la Palma, en el corazón de la laurisilva, subiendo cerca de las estrellas, tocando la lava, respirando el aire seco del pinar en Taburiente y descubriendo seres mágicos en las profundidades del bosque.
Recuerdo todavía como canta, distante, el agua que entre la fajana de los barrancos fluye, siento como el fayal se mezcla con los brezos en una sinfonía de verdes que mueve el viento, de glaucos y esmeraldas engalanados, subiendo ladera arriba para unirse a los pinos y al palo santo, enmascarados por la neblina de la mañana mientras caminamos rumbo a los nacientes de Marcos y Cordero.
Todavía sentimos los músculos quebrados por una bajada a través de los grandes bloques de basalto del barranco del agua, rumbo a los Tiles, todavía oímos el graznar de la grajas y el canto del chiriví entre los árboles, el sonido del agua entre los helechos gigantescos y el aroma de la madera húmeda, después de volver sin habernos, del todo, ido de allí.
Poblando los laureles de la memoria sigue habiendo figuras míticas que nos observan: un oso erguido entre el sotobosque, un dragón con ojo rojo y una corte de hadas invisibles aleteando en la bruma, animándonos en nuestro descenso penoso.
Después repusimos fuerzas en la casa de Asterio, en Puntallana, reconfortados con el mejor queso palmero ahumado frito, acompañado de mermelada de tomate, carnes a la brasa y vino de la tierra, siempre el vino, elixir de la tierra benahorita.
Los vinos palmeros nos reanimaron después de ascender a la Cumbre o bajar a las Salinas de Fuencaliente, cruzando el volcán, fundiéndonos con la negra tierra. Probamos el malvasía shakespeariano, el albillo garafiano o el listán blanco. Nos recibieron como a los nobles en la bodega Carballo de Fuencaliente, que regula la temperatura con un tubo volcánico bajo el suelo y también Eufrosina nos abrió su bodega El Níspero en la medianía de Garafía, entre pinares y grajas, para ofrecernos sus galardonados vinos y regalarnos con su tiempo.
cuervo_la_palmaOtro día un cuervo ilustrado, de negro azulado, nos danzó a la vista de Taburiente, desde un mirador en la Cumbre. Nos miró y nos dio la bienvenida a su territorio en las alturas, mirándonos a los ojos para saber si éramos dignos de atravesar aquel espacio sagrado, poblado de espíritus.
Los nombres de algunos palmeros son sugerentes, originales, siderales, casi cabalístiscos: Asterio, Arsenio, Neólida, Eufrosina, Atanasio, Medardo, Melquíades. Quien así es bautizado está marcado para lo asombroso, lo sagrado, lo maravilloso. Son reflejo de la magia del territorio que habitan, una joya engastada en verde, una maravilla insular.
No quisimos ver los nuevos proyectos de carreteras ni la nueva terminal del aeropuerto, ni los grandes hoteles, ni otras amenazas que están presentes por doquier en otros sitios del Archipiélago.
Nos volvimos con los ojos prendados del verde, de las estrellas, de los dragones, del vuelo de las aves, del acento y la magia de La Palma.

miércoles, 7 de agosto de 2013

DE LIBROS, UTOPÍAS Y FUNICULARES

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(Sepa el lector que lo que va a leer ha perdido temporalidad, pero no vigencia)
Todavía colea mi artículo sobre el proyecto de teleférico al Roque Nublo y parece que algún político sigue empecinado en su ignorancia, sosteniendo que el proyecto seguirá adelante, se oponga quien se oponga, degradándolo de categoría y denominándolo como “funicular” e, incluso admitiendo, que si, al final del proceso, se viera que los cables molestan, pues se quitarían y ya está, o si no lo reconvertirán en telesilla… (al tiempo)
Me asusta la simpleza e ignorancia de los argumentos. Hace muchos más años de los que mi memoria quisiera recordar, vi desde el mar, montado en la proa de un pesquero artesanal de Arguineguín, como volaron los acantilados del oeste de Mogán para rellenar lo que hoy es el puerto que algunos vendieron como pesquero y hoy se llama la pequeña Venecia en folletos turísticos.
Aquella explosión me quebró en mil pedazos que no creo haber rehecho. E, incluso hoy, me sigo estremeciendo cada vez que entro en la cuenca de Mogán, con la sensación de haber sido testigo de un hecho crucial para la historia reciente de Canarias.
Aquella polvareda permaneció en el aire durante un tiempo que me pareció interminable. Cuando se disipó vi como los acantilados mostraban una cicatriz de doscientos metros de largo, descarnado el basalto, con muchas toneladas de material caídas sobre el veril.
Aunque a veces he querido olvidarlo, corría el mes de agosto del año 1982 y tenía veinte kilos menos, mucho más pelo, más atrevimiento y más ilusión, sobre todo, la ilusión de que el mundo podría ser modificado; cambiado desde la escuela y la educación. Por eso me había hecho maestro. La voladura de los acantilados de Mogán quebró algo más que muchas toneladas de basalto de la serie uno. Para mí aquello significó la pérdida de la inocencia.
Para explicar esto debo llevar al lector a un viaje al pasado y hablarle de algunas personas y acontecimientos relacionados con lo que narro:
Empezaré citando a Víctor Grau Bassas i Mas, que nació en Barcelona en 1847, pero vino a Gran Canaria a la edad de cuatro años ya que su padre decidió instalar una farmacia en la calle de La Pelota de la capital insular. Estudió en el colegio de San Agustín –donde también lo hicieron otros próceres insulares, como Fernando León y Castillo, Benito Pérez Galdós, el Doctor Chil y Naranjo. Posteriormente volvería a Barcelona para estudiar Medicina.
Grau Bassas regresó a la isla en 1860, donde pronto se vería atraído por la Villa de Teror, donde fijó su residencia y consulta, representándola en la Diputación. Asimismo, debido a su empeño, se levantó una cruz en el lugar donde estuvo el pino en el que en el siglo XV se apareció la imagen de la Virgen. También se le debe a Grau Bassas la instalación en Gran Canaria de la Cruz Roja, en 1874.
Pero fue en el Museo Canario donde desarrolló la labor más importante de su vida. Fue el primer conservador de la Institución, en colaboración estrecha con el doctor Chil y Naranjo, fundador del Museo. Organizó expediciones arqueológicas a yacimientos indígenas, encontrando numerosos restos prehispánicos que enriquecieron las vitrinas del Museo y escribió varios libros sobre ellas. Destacan:
-Usos y costumbres de la población campesina de Gran Canaria (1885-1888), Editado por El Museo Canario en 1980, y reeditado de forma digital recientemente.
-Viajes de exploración a diversos sitios y localidades de la Gran Canaria El Museo Canario 1980 (facsímil de la obra de 1886)
En 1884 naufragó en la Baja de Gando el buque francés Ville de Para.  A continuación ocurrió un confuso episodio en el que se vio envuelto el médico y explorador. Aparentemente, los pescadores de Gando arriesgaron sus vidas para salvar a los náufragos y como recompensa les fueron regalados los fardos que flotaban sobre el agua. Varios de ellos fueron vendidos a Grau Bassas. Enterado del hecho el responsable de Marina, acusó al médico de apropiación indebida. De nada sirvieron las explicaciones del ilustre personaje.
La acusación siguió adelante sin que nadie tuviera interés en descubrir la verdad, lo que obligó a Grau Bassas a recluirse en Teror. Cansado y desilusionado al ver que su honradez quedaba en entredicho, decidió emigrar a Buenos Aires dejando en Gran Canaria a los suyos.
En América lo esperaba un modesto empleo en el Museo de la Plata. Tras revalidar su título de médico, su familia se reunió con él. Falleció en Argentina en 1917.
Nuestra atención se concentra en la segunda obra mencionada, “Viajes de exploración a diversos sitios y localidades de la Gran Canaria”  Esta obra fue editada en facsímil por  El Museo Canario en 1980 y reproduce la obra manuscrita original de 1886. Es ésta  una obra repleta de dibujos, esquemas y explicaciones ilustradas acerca de los materiales y las características de las construcciones en los asentamientos de los antiguos canarios de Gran Canaria. El manuscrito puede verse en Internet en el siguiente enlace:
http://fundacionorotava.es/pynakes/lise/graub_viaje_es_01_1886/27/
He reproducido dos páginas de la expedición a Mogán de este libro, donde he intentado interpretar en letra impresa la caligrafía del explorador, donde se citan los parajes a los que me he referido desde el principio. Son las páginas consignadas como 5 y 5v.
“(…) La figura (   ) representa la punta de Mogán en la cual señalada con puntos aparecen las cuevas señaladas en esta expedición y la cueva donde en 1879 se encontraron tantos (¿?) objetos (a). Esta punta tiene la misma formación geológica que las lomas del Barranco de Mogán (véase el croquis de la localidad recorrida) fig.  ) traquita y luego …ach (¿?) alternado con fonolitas laminosas y de fácil destrucción.
Es este un risco imponente de más de trescientos metros, cortado a pico sobre el mar muy profundo a su pie; en este risco han ya encontrado la muerte unos desgraciados enriscadores, un hijo de José Díaz, un hermano de Francisco Rodríguez, y el padre de éste- en este risco me avasalló el miedo y hube de renunciar a pasar por el andén.
Pasé muy malos ratos con Francisco Rodríguez, pues si bien es un valiente, le conocí en la cara, cada vez que se colgaba, que recordaba a su hermano y a su padre, cuya tumba tenía a sus pies.
Sólo el deseo de no quedar desairado me obligó a continuar la exploración en condiciones tan excepcionales. Por mi parte, la Punta de Mogán queda explorada.
Hay un paso que llaman Paso del Rey; dicho paso tiene de ancho como una cuarta, se halla a menos de 200 varas sobre el mar, de allí abajo es el mar tan llano como un plato y perfectamente vertical. De allí arriba tendrá cien varas y, contando de la misma manera; no se puede pasar de frente, hay que pasar de espaldas contra el muro.
El paso es corto, tendrá dos o tres varas (de largo), dicen que (¿?) al que le falte la serenidad que no pase.
Me aseguraron que pasan por este sitio hasta de noche. No sé porque le llaman el Paso del Rey, muy bien pudiera ser entre los canarios un paso de prueba, lo que sí puedo afirmar es que el que lo pase sin miedo merece una corona.
Yo lo he visto desde el mar a trescientas varas de distancia y confieso que da miedo. En la cueva (d) al principio del andén encontré una resinita roja que considero un ejemplar de grande estimación.
Como hago la consideración de que el fin de las exploraciones no debe limitarse a buscar objetos procedentes de los antiguos canarios, ni aquellos tienen valor alguno si se les considera aislados, he procurado estudiar la zona recorrida geológica y orográficamente, añadiendo nombres que no se ven en el mapa y rectificando alguna equivocación que se notase. (…)”
A continuación le ofrezco al lector el texto que me sirvió para presentar el libro “El anillo del pulpo” editado por Anroart  y presentado en el Gabinete Literario el 31 de marzo de 1995. Como quiera que nada ha cambiado, y si lo ha hecho no ha sido para mejor, sigue estando vigente, ahora en los tiempos del teleférico-funicular-telesilla al Roque Nublo.

DE GLOSARIOS Y CORSARIOS, DE LIBROS Y DE UTOPÍAS
“El anillo del pulpo” es un libro de aventuras que alguna vez quise presentar a un concurso de literatura juvenil. Esto no quiere decir que esté exclusivamente destinado a ese público Los libros más leídos de la literatura universal han sido catalogados como “juveniles” por la costumbre del siglo XX de reducirlos y ofrecerlos en ediciones abreviadas para las lecturas escolares. Cualquiera de los asistentes a este acto recordará con agrado aquellos libros leídos en la infancia y la juventud: Julio Verne, Alejandro Dumas, Hermann Melville, William Dafoe y otros, han hecho inmortales a muchos caracteres y arquetipos que todos reconocemos. Pero ninguno de sus autores hubiese  estigmatizados sus creaciones como “literatura juvenil”.
Este libro que hoy les presento, además, tiene una historia aventurera y azarosa como los caracteres que la pueblan. Fue escrito y publicado hace más de una década; pero nunca llegó a  distribuirse en su ámbito natural: en Canarias. Se convirtió en un libro fantasma: escrito y editado, perdido y vuelto a encontrar; pero nunca distribuido al público.
Después de una década, mi amigo Jorge Liria ha conseguido convencerme para volverla a la vida, rehabilitando al pirata Van Venlo, y ofrecerla a los lectores de Canarias. Llega de nuevo a la luz en un tiempo donde lo que la novela describe se ha hecho realidad, superada, corregida y aumentada, a lo ancho y largo de nuestra geografía. La destrucción de la costa se ha extremado en estos pasados años, la especulación gobierna en Canarias, los valores tradicionales desaparecen con las influencias externas y el materialismo erosiona paisajes y personas.
El origen de este libro se remonta a muchos más años de los que mi memoria quisiera recordar, cuando vi desde el mar, montado en la proa de un pesquero artesanal de Arguineguín, como volaron los acantilados de Mogán para rellenar lo que hoy es el puerto que algunos vendieron como pesquero. La explosión me quebró en mil pedazos que no creo haber rehecho. E, incluso hoy, me sigo estremeciendo cada vez que entro en la cuenca de Mogán. La nube explosiva del aquel medio día terrible permaneció en el aire durante un tiempo que me pareció interminable. Cuando se disipó vi como los acantilados mostraban una cicatriz de doscientos metros de largo, descarnando el basalto, con muchas toneladas de material sobre el veril.
Aunque a veces he querido olvidarlo, corría el mes de agosto del año 1982 y tenía veinte quilos menos, mucho más pelo, más atrevimiento más ilusión, sobre todo, la esperanza de que el mundo podría ser mejorado; cambiado desde la escuela, la educación y la cultura. Por eso me hice maestro. La voladura de los acantilados de Mogán, créanme, quebró algo más que muchas toneladas de la serie basal. Esa voladura se llevó por delante mi inocencia.
En junio, dos meses antes de la voladura de los negros riscos de basalto, había estado con otros dos entusiastas amigos, Javier Gil y Francisco Peinado, buscando la “Cueva del Rey”, con el manual de don Víctor Grau-Bassas i Mas, “Viajes de Exploración a Diversos Sitios y Localidades de la Gran Canaria”, bajo el brazo, buscando el estrecho paso que nos llevaría a la Cueva. Éramos tres jóvenes que apenas alcanzábamos la veintena, pero estábamos en forma y curtidos por múltiples pateadas buscando yacimientos arqueológicos, playas fósiles o insectos extraños a lo largo y ancho de la Gran Canaria.
Jesús Cantero Sarmiento –sabedor del destino de los acantilados- nos había hablado del texto de Grau Bassas y nos animamos a buscar el Paso del Rey, después de leer el libro.
Cuenta el explorador catalán como un pastor de Mogán le había llevado en siglo XIX hasta la cueva colgada sobre el acantilado, diciéndole que el rey de la isla debía mostrar su valor llegando hasta la cueva por una estrecha vereda, de un pie de ancho, caminando unos trescientos metros pegado al risco y a más de 50 metros sobre el mar para recoger un gánigo de barro. Esa era la prueba que debían superar los reyes de la Gran Canaria para mostrar su valor.
Una mañana de Junio de 1982, tres jovenzuelos inconscientes: Javier Gil, Francisco Peinado y yo buscamos el “Paso de Rey” bajo un torreón aborigen situado encima de las casas del Puerto de Mogán. La línea de voladura se encontraba algunos cientos de metros más hacia el oeste. Los operarios llevaban algunas semanas perforando barrenos al borde de los acantilados y algunos de sus vehículos estaban como vigías cerca del mismo. Había muchas veredas de cabra que zigzagueaban por la ladera. Después de un rato dimos con un camino estrecho que se perdía en la pared del acantilado en dirección al oeste. Nos pareció el más adecuado conforme a la descripción del libro.
Había cagarrutas de cabra y parecía ser transitable. Caminamos uno tras otro con inconsciencia y cierto cuidado mientras nos adentrábamos en la vereda. Al principio el camino permitía un paso cómodo por una senda de medio metro de ancho. Según se adentraba en el acantilado sobre el mar se estrechaba por momentos.
Estábamos en el tercio superior de los acantilados de basalto y ya habíamos avanzado unos cien metros desde el inicio de la vereda. Veíamos el mar a nuestros pies, rompiendo con suavidad contra base de los paredones de basalto, formando un veril cubierto de aguas verdosas. El sendero mostraba algunas cuevas de pardelas excavadas en el risco y con cada metro que avanzábamos se estrechaba cada vez más. No había viento y el sol caía directamente sobre nosotros. La vista estaba limitada por la típica formación columnar del basalto, no pudiendo columbrar mucho más allá de un par de metros. Empezamos a preocuparnos porque no llevábamos material de escalada que nos permitiera asegurarnos en caso de perder pie. Cuando estábamos empezando a dudar de nuestra cordura y de la oportunidad de haber emprendido el “Paso del Rey” sin medidas de seguridad, nos encontramos que el camino desaparecía tras un recodo.
Un poco más allá no había nada sino una fuga directa hasta el mar que lamía el pie del acantilado. Un derrumbe –quizás procedente de los barreneros- había hecho caer el “Paso del Rey”. No pudimos salvar el espacio y retrocedimos lentamente con la frustración, no sólo por no haber podido alcanzar la cueva donde el rey de la Gran Canaria debía probar su valor, sino a sabiendas de que todo aquello que pisábamos iba a desaparecer para siempre unas semanas más tarde.
Sin haber podido encontrar argumentos para evitar la destrucción de los acantilados, la voladura fue inevitable. En cinco minutos cayeron toneladas de roca, arrastrando la Cueva y el Paso del Rey de la Gran Canaria. La nube que rodeó los acantilados nunca se ha disipado del todo de mi vista. Procuro evitar el Puerto de Mogán en mis recorridos por la isla. A veces he dirigido una mirada furtiva desde lo alto de la Cañada de los Gatos en dirección al torreón aborigen que sobrevive entre antenas de televisión y telefonía móvil mirando un puerto que algunos llaman la Venecia Canaria. Yo lo llamaría de otra manera, pero me lo callo.
“El anillo del pulpo” recoge muchas vistas de la costa moganera antes de la caída de los acantilados, ciertos caracteres de personas que alguna vez conocí, algunas visiones submarinas de Fuerteventura , donde me fui algo más tarde y el mar por doquiera; el mar en el recuerdo del exilio. La luz transparente de Canarias en la memoria del invierno de Europa.
Todo ello se encuentra en el manuscrito, fundido con la preocupación creciente por el futuro del territorio, la perplejidad por la política a porcentaje, la irritación por la destrucción de valores en personas y paisajes. El anillo del pulpo es un libro naïve, lo reconozco. Tiene la inocencia de la juventud perdida. Tiene un final feliz; pero es un final donde los seres humanos ya no intervienen. Sólo la naturaleza: una tormenta, un maremoto y la erupción de un volcán, la explosión del volcán que yo llamé Van Venlo en honor a la ciudad limburguesa que fue mi hogar durante seis años, es quien pone fin a la desesperada lucha de quienes defienden el medio frente a los especuladores. Sólo la naturaleza le pone coto a los especuladores en mi libro.
He vivido lo suficiente para darme cuenta del ritmo de degradación del territorio. Cada año que pasa estas islas atlánticas donde vivimos se ven mordidas en su originalidad paisajística. La costa está sepultada y perdida en gran medida, el mar muestra  crecientes señales de esterilidad, el asfalto y el cemento zigzaguean por doquier en dirección al último rincón de cada isla. Los recursos hídricos fósiles – a pesar de la bondad del pasado invierno- están esquilmados. Y además seguimos vertiendo al mar el agua que usamos. En suma, el suicidio ecológico programado.
El debate de la nacionalidad canaria, celebrado esta semana, no menciona prácticamente la situación del medio ambiente en Canarias. La mayoría de los políticos eluden referencias o pronunciamientos a temas claves sobre extracciones petrolíferas en nuestras aguas próximas o maniobras militares que matan a los cetáceos. Las moratorias turísticas aceleran la construcción como cruel paradoja de las leyes al servicio de los negocios y no al servicio de los ciudadanos. Las energías alternativas sólo sirven para que las concesiones se las lleven los amigos que crean empresas ad hoc. La lista es inacabable.
Nadie quiere ver que nos estamos devorando a nosotros mismos. Estamos hipotecando nuestro territorio, dando mordidas a nuestros barrancos – (tenemos los mejores skylines del hemisferio. Cada ladera de nuestros barrancos forman líneas del cielo, horizontes únicos, maravillosos en las tonalidades de la primavera canaria, cubiertos de tabaibas y cardones) -,  estamos sepultando la costa. Ya no quedan los barrancos que yo anduve en mis soledades juveniles: Mogán no existe más allá de Lomo Quiebre. El Medio Almud no sirve para medir granos. Taurito está lleno de agujeros de golf y urbanizaciones, Amadores está pintado de blanco granuloso. Mejor no sigo.
Todavía queda Veneguera amenazada por los amigos de algún político que ha pasado por casi todos los partidos y todas las piedras, buscando indemnizaciones multimillonarias…
En fin, no quiero cansarles, me está saliendo un discurso pesimista que no quería; solo presento un libro de literatura juvenil, casi pasado de moda, muy naïve, de final feliz. Esperemos que nuestras islas no pasen de moda también. Que nos demos cuenta y reaccionemos a tiempo. Vivimos en un territorio finito que no soporta nada más que un número finito de personas con sus infraestructuras correspondientes. La época de los negocios desarrollistas y especulativos tiene que concluir ya y ser substituidos por políticas de modelos conservacionistas y de desarrollo sostenible.
Este es el debate crucial: el de nuestra supervivencia armónica con el medio. No podemos esperar que unas erupciones volcánicas nos solventen los dilemas. Debemos, todos, tomar conciencia de la gravedad del problema y crear las condiciones sociales y políticas necesarias para que los próximos debates sobre la nacionalidad canaria incluyan la protección integral de nuestras islas.
Cuando decidimos volver a editar el libro que hoy les presento, alguien opinó que el libro tenía muchos términos “raros” y me aconsejó que hiciera un glosario para aclarar a los lectores de esta supuesta novela juvenil lo que significaban palabras como nasa, apnea o farallón. Estuve un par de días dándole vueltas al asunto e, incluso, me puse a escribirlos.
Después de un par de páginas de glosarios y de corsarios me di cuenta que este libro es algo más que una novela para adolescentes; este es un libro para aquellos que todavía no han olvidado la juventud, aquellos que creen y luchan por ideales que otros dieron por perdidos. Este libro va dedicado a aquellos que creen en un mundo mejor y en las utopías. Aquellos que se arriesgan cada día a buscar los “pasos del rey” ocultos en la brega diaria. Y esos no necesitan de glosarios, esos saben leer entre líneas, averiguar lo que dicen las palabras y lo que callan los silencios. A ellos dedico este libro.”

Amen.
Ha pasado el tiempo y hemos seguido “progresando”. Las infraestructuras insulares han mejorado mucho. Hemos construido autopistas, túneles, viaductos, puertos deportivos, centros comerciales y urbanizaciones de “alto standing” que facilitan las comunicaciones y el desarrollo turístico, haciendo irreconocible muchos de nuestros paisajes tradicionales.
Se ha apostado todo -o casi- a estas cartas. Las consecuencias están a la vista. Parece que los políticos no entienden de otras alternativas ni modelos de vida. Algunos pocos se han enriquecido en el proceso y la mayoría se ha conformado con los placebos de la sociedad de consumo.
La última vuelta de tuerca parece ser el teleférico-funicular-telesilla al Roque Nublo. Quieren destruir la última frontera: la línea del cielo.
Espero que al final impere la cordura entre los políticos y los ciudadanos, pudiendo evitar la catástrofe paisajística. Si no, sólo quedaría invocar a Guayota (o al pirata Van Venlo) para que se vuelvan a abrir las profundidades de la tierra para cubrir todos nuestros desmanes con lava ardiente  (y ojalá nos dé tiempo a evacuarnos).

martes, 18 de junio de 2013

OLIVOS (A modo de reflexión sobre la reformas educativa)

Esta entrada apareció primero enwww.canariascultura.com

Cuando me voy a margullar (lo cual en sí mismo es una declaración de intenciones lingüísticas; pues me niego a decir el barbarismo “snorkeling”) aprovecho mi paseo lento a flor de agua para pensar, mientras fluyo con la corriente hacia Los Lisos.
Bajo mi piel de neopreno curtida por mil mareas se desliza el somero fondo de la Playa de las Canteras, poblado de sabias viejas, fulas azules y pejeverdes danzarines, contemplados por mi gran ojo de cíclope artificial.
El otro día mientras me abría paso entre un cardúmen de irisados longorones blancos, traslúcidos en su pequeñez, se me fue la mente tierra adentro, hacia unos viejos olivos que alguien había plantado en la carretera del centro de la isla, poco antes de llegar a San Mateo.
Eran varios ejemplares que hace algún tiempo me pareció ver en un vivero. Los olivos habían sido importados de la Península porque hoteles, fincas particulares y ayuntamientos varios los demandaban para sus jardines. Y qué mejor idea que traerlos de ultramar ya crecidos. Los olivos están poniéndose de moda y, como su crecimiento es lento, se prefiere trasplantar ejemplares de cierto porte.
Es conocido el dicho popular relativo a los olivos: Los planta el abuelo, los cuida el hijo y empieza a recoger el fruto el nieto. Se necesitan tres generaciones humanas para que el frutal sea rentable. Pero en estos tiempos de vértigo, parece que no se quiere esperar entre cincuenta y setenta años para recoger una buena cosecha, aparentemente todos tenemos prisa para conseguir nuestros objetivos.
Es verdad que en tiempos recientes se ha incrementado la superficie original dedicada al olivo en el sur de Gran Canaria y hasta en Fuerteventura, pero los matos son todavía muy jóvenes y la cosecha de aceitunas no es muy grande.
Los interminables olivares de Andalucía han necesitado siglos de cultivo para desarrollarse. Son testigos de otras épocas donde el tiempo se medía con otra escala, la de una vida tradicional, lenta y pausada, pensada a largos plazos y para las siguientes generaciones.
Después de dejarme llevar por la corriente de salida del estrecho de Los Lisos, “el efecto Venturi” ha acelerado mi navegación hasta las mayores profundidades frente a la Peña la Vieja. Allí compruebo que los temporales del invierno y las marejadas del oeste han denudado los fondos, cambiando los vericuetos entre el arrecife.
La mirada se me va hasta los perfiles del interior de la isla y los pensamientos me recuerdan un encuentro de hace unos cuantos años. Estaba en los locales del sindicato cuando entró un joven alto y delgado, de melena rizada hasta los hombros y ojos de mirada penetrante.
Empezó diciendo que acababa de regresar a la isla después de terminar no sé qué máster en Filosofía y que buscaba información sobre la reciente convocatoria de oposiciones para el cuerpo de profesores de secundaria u otras ofertas de trabajo en colegios privados o, incluso, en el propio sindicato.
Empecé a buscar información sobre lo que me pedía, como solíamos hacer con muchos otros recién licenciados, hasta que sus ojos se encontraron con los míos, diciéndome: “Tú me diste clases cuando era niño en la escuela de Barranco Hondo”.
Me fijé con mejor atención en aquellos ojos brillantes y mis recuerdos me llevaron a mi juventud de maestro en aquella escuela unitaria perdida entre las casas-cueva de Juncalillo. Recordaba vagamente aquel grupo de niños aplicados que no querían irse de allí cuando se acababan las clases en mi tercer o cuarto año de profesión, abrigados dentro del aula, sin calefacción en el crudo invierno de El Tablado a 1400 metros de altura sobre el nivel del mar.
Habían pasado más de veinte años y me encantó que uno de aquellos niños me reconociera después de todo ese tiempo. Me habló el joven de sus estudios, me puso al día de varios de sus antiguos compañeros de escuela, algunos habían estudiado Ciencias Matemáticas, otros Derecho y alguno se había quedado en las altas medianías cultivando las terrazas familiares en el barranco. Sobre todo me dijo que recordaba con mucho agrado aquellos cursos donde aprendíamos y nos divertíamos todos con los pocos medios con los que contábamos, en aquella escuela sin calefacción, ni teléfono, ni fotocopiadora, donde nos fabricamos una copiadora “vietnamita” con gelatina y papel carbón.
Me contó sus proyectos alternativos si no podía dedicarse a la docencia, entre los que estaba una estadía en una ONG en Sudamérica. De alguna manera me sentí orgulloso de aquel joven licenciado. Quise pensar que alguna mínima influencia pude haber tenido en la formación de aquel filósofo.
Los maestros de cierta edad tenemos la suerte de encontrarnos de vez en cuando con algunos de nuestros alumnos, que nos recuerdan los tiempos que compartimos en las aulas, y haciéndonos sentir que -al menos- algunas de nuestras enseñanzas no cayeron en saco roto.
Tengo más de treinta años de experiencia como docente, desde la primera línea del aula a la representación sindical, pasando por un destino en el Extranjero e incluso un par de años en el Consejo Escolar de Canarias.
He conocido, con mayor o menor grado de consciencia y conocimiento, cinco Leyes Orgánicas de Educación, he “servido” bajo tres distintas administraciones políticas españolas, bajo más de diez distintos Ministros y Consejeros del Ramo, he estado  a las órdenes de varias decenas de directores generales, he negociado con otros varios y he hablado con decenas de Inspectores y con muchos cientos de profesores y maestros, individualmente y dentro de las organizaciones sindicales que (les) representaban.
He vivido esta trayectoria con pasión y compromiso, intentando hacer mi trabajo lo mejor que sabía en cada momento. Puedo decir que la mayoría de todas estas personas intentaban hacer lo mismo desde su propia perspectiva. Los profesionales de la Educación en España son tan buenos como en cualquier país europeo.
La principal diferencia es que en España no se tiene la paciencia necesaria para esperar a recoger los frutos, para que los olivos que plantamos fructifiquen. Los éxitos educativos de otros países se basan fundamentalmente en la paciencia, en la confianza en los profesores y en el consenso político. Si se mira a modelos de éxito, como el de algunos países orientales o la recurrida Finlandia, se observa que hay una gran estabilidad en las leyes educativas y una mayor autonomía de las escuelas, unidas a un gran respeto por los maestros.
Sufrimos en las escuelas la enorme presión de los políticos que quieren ver cómo las encuestas y los análisis de resultados estadísticos como los del informe PISA se mejoran de forma inmediata. Pocos se ocupan de conseguir la estabilidad en los colegios y en las familias, para que todos, familias, niños y maestros podamos disfrutar del aprendizaje común, dándole tiempo al tiempo para que las nuevas generaciones sean capaces de crecer en el conocimiento.
Se cambian las leyes educativas con cada cambio electoral, olvidándose que ninguna ley cambia al individuo por decreto, ninguna ley es capaz de motivar, ninguna ley es capaz de inspirar, ninguna ley hace que los olivos crezcan y fructifiquen antes de tiempo, ninguna ley sirve más allá que para ordenar papeleos y títulos.

jueves, 6 de junio de 2013

"MIS ORÍGENES LITERARIOS ESTÁN EN UNA NIÑEZ SIN TELEVISIÓN"




Como los lectores habituales de este blog ya saben, desde hace unas semanas colaboro con un medio digital. Les incluyo un enlace al periódico digital www.canariascultura.com con una entrevista realizada por su director, Enrique Mateu.




ENTREVISTA